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La pareja y la pandemia: ¿Divorcio o baby boom?

Miriam Sobrino Olmedo

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Soy matrona y sexóloga. Una de mis mitades entra dentro de esa categorización de “esencial”. Las mujeres continúan pariendo, continúan naciendo bebes, ahí no hay contención posible. Un trabajo que estos días miro con cierta distancia, como desde otro cuerpo, también las mujeres y sus parejas que llegan a parir parecen que habitan otros cuerpos, cuerpos prestados.

Me pregunto, en medio de esta pandemia, de todo lo que ha traído y todo lo que se ha llevado, ¿qué les está pasando a las parejas en sus deseos y sus maneras de amarse?

Leo titulares llegados de China que anuncian un aumento de divorcios, otros anticipan un baby boom dentro de nueve meses. Intuyen que dentro de las limitaciones del confinamiento para esparcirse en actividades lúdicas y recreativas, el sexo copulativo ha de estar en el top ten de nuestras ocupaciones.

Escucho a una farmacéutica entrevistada, comparte su impresión sobre cómo la pandemia ha cambiado los hábitos de consumo de la población: “Prácticamente he dejado de vender condones”, concluye. Claro, este hecho constatado por cajas y cajas de preservativos a las que no da salida, podría confirmar varias hipótesis. La primera sería que las parejas tienen menos sexo penetrativo, puede que porque no se aguanten, puede que porque les preocupe cuestiones salubres del tema. Y así, inquietados por las posibilidades de contagio al conjugar sudores, fluidos, roces y alientos, han optado por el destierro de los cuerpos, al menos de alguno de sus lúdicos usos.

Pudiera ser también, que esas parejas que aumentaban las “sexo-estadísticas” y venta de condones, han dejado de colorear nuestro paisaje parejil, ahora parece que ni cuentan ni suman. Las parejas no convivientes, los amoríos incipientes, aquellas otras sin exclusividad erótica que mantenían encuentros con terceros o cuartos, quienes se lo montaban en parques, playas, festivales de música, el aquí y ahora de la última fila del cine, los que eran su excepción o desliz después de una fiesta trasnochada, los colegas de profesión y compañeras de trabajo que compartían horas extras… Estas y estos han dejado de contar, han pasado de ser amores cuestionados anteayer, a amores proscritos hoy. Prohibido jugar al balón y enrollarse en soportales. Repaso el maravilloso Inventario de lugares propicios al amor de Ángel González: “…Orillas de los ríos, bancos públicos, los contrafuertes exteriores de las viejas iglesias…”, voy tachando mentalmente cada una de sus invitaciones. Son pocos, anunciaba entonces el poeta, y ahora la mayoría de ellos ni son. Quizá tengamos que elaborar algún tipo de salva-conducto para los amantes.

Volviendo al misterio de los preservativos, cabe también la posibilidad de que, llamadas por un deseo de transcender a través de la gestación de un hijo o hija, las parejas hayan dejado de usar condones en estos días que andamos asomados al precipicio. Y puede incluso que bauticemos a esos bebes como generación confinamiento.

Bajo a comprar y en la escalera tropiezo con una vecina, imagino que va a llenar la despensa, pero me corrige: “No, no, voy al trastero a ver si consigo estudiar algo, no aguanto a mi marido”. Ante mi sorpresa contra ataca: “¿Es que acaso tú aguantas al tuyo?”. Y cada una sigue su trecho de escaleras, bajo enganchada a una frase de Alain de Botton: “Deberá aprender que el amor es una destreza, más que puro entusiasmo” (La fatiga del amor, 2017). No son buenos tiempos para el entusiasmo, especialmente después de ver las noticias, tampoco parece que nos aventuremos a llenar esa supuesta ociosidad desempolvando habilidades que nos hagan más diestros en el arte de amarnos. Tal vez, ante este nuevo escenario, podamos enfocar las cuestiones amorosas desde otros ángulos. Releo a Efigenio Amezúa: “La prisa y el mercado nos dan una idea trepidante de Eros, solo como pasión y excitación. Pero la madeja de Eros está hecha de muchas hebras. Algunos confunden el amor con un idilio paradisíaco. Cuando la realidad de la vida introduce elementos sin cesar ese idilio no puede mantenerse. Una relación pasa por fases muy diversas: a veces muy entusiastas, a veces muy confusas”. (Sexologmas, 2006).

Y en esa confusión puede que andemos. No sé si dos que “tienen que” estar juntos, anhelen estar juntos. Algunos plantean que al aumentar el confinamiento las oportunidades de coincidencia entre las parejas, (se ven más y tienen menos que hacer), los encuentros eróticos se dispararían. Podría ser, ya lo planteaba Isaac Rosa en una entrevista que le realizaron hace unos años con motivo de su novela Final Feliz: “La frase más repetida por la gente de mi entorno es 'no tengo tiempo'. Es nuestro lamento permanente: todo el mundo está con la sensación de que su vida se le escapa. Para quererse bien, hace falta tiempo. Hace falta eliminar esa prisa y esa obsesión productiva en la que vivimos”. (El Salto. 2019). Ahora tendríamos excedente de tiempo para querernos bien, para querernos mucho, tengo alguna duda de que esté ocurriendo. Cuenta Efigenio Amezúa que los deseos no entienden de deberes, y es que tener que compartir confinamiento no se traduce en desear compartirse durante el confinamiento.

El deseo acostumbra a necesitar cierto espacio y distancia que pueda recorrerse. De uno hacia el otro, del otro hacia una. Esa mujer que soy hoy, y ante esta nueva realidad se parezca mucho a la de antes, pero no del todo, y al otro u otra le pasará algo parecido. Buscarnos y encontrarnos desde nuestras nuevas versiones puede invitarnos a recorrer caminos poco explorados. Otras veces descubriremos que ese camino que nos llevaba al otro se ha vuelto embarrado, impracticable. Para la mayoría esta experiencia está trayendo tensiones que sin duda se manifiestan también en nuestras convivencias y relaciones de pareja. La enfermedad, el duelo en soledad, la pérdida de trabajo, el temor a que ocurra, la disminución de ingresos, la irritabilidad de nuestros hijos confinados y la nuestra, o la incertidumbre sobre aquellos proyectos que teníamos iniciados, pueden ser demasiadas presencias con las que los amantes compartan cama y casa estas semanas.

Ahora, las autoridades recomiendan una serie de pautas para mantener el necesario 'distanciamiento social', poco se han pronunciado sobre las maneras de gestionar esa pauta en la intimidad y complicidad de dos (se agradece ese pequeño resquicio). Y no sé si cuando todo esto pase también nos ofrecerán una serie de pautas sobre cómo retomarnos sin titubeos y volver a los cuerpos y las relaciones libres de suspicacias.

Pienso en la posibilidad de que, tal y como avanzan algunas noticias, volvamos a las calles vistiendo las bocas con mascarillas. Un minuto de silencio para las bocas del mundo. Labios pintados de rojo, dientes traviesos que se mordisquean, besos al aire, muecas guarras, palabras susurradas, alientos que cosquillean , lenguas juguetonas que pasean y perfilan labios, bocas que invitan y hablan con sonrisas. Seducirnos sin bocas será otra pequeña pérdida, quizá lleguen más y el deseo quede huérfano, desorientado entre el miedo y la asepsia.El naufragio del amor y el sexo, consecuencia de la pandemia, podría ser otra de las posibilidades. Ojalá que no y como canta Aute podamos seguir gritando 'Aleluya' ante “unos cuerpos que se anudan y unas almas que se dudan”, Aleluya.