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Queremos hijos brillantes, pero no frustrados

Inés Gordo Puertas

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Hace no tanto, pocas cosas eran tan valiosas para un niño como tener una tarde libre. Ahora se organiza cada minuto para que nunca se aburran. El aburrimiento se ha convertido en un enemigo cuando, durante generaciones, fue el lugar donde nacían los juegos, la imaginación y hasta las primeras vocaciones.

No sé muy bien en qué momento dejamos de criar hijos para empezar a gestionar proyectos. Ahora cada instante vacío necesita justificarse con una actividad. Queremos que desarrollen todas sus capacidades. Tienen que aprender idiomas, hacer deporte, estimular su creatividad y, por supuesto, saber de robótica o tocar un instrumento. Y no está mal; siempre hay cabida para el conocimiento. El problema empieza cuando confundimos enriquecer su infancia con no permitirles detenerse nunca. Las familias corren de una actividad a otra convencidas de que todo suma, de que cualquier oportunidad que dejen escapar puede convertirse en una desventaja el día de mañana, un mañana que, en realidad, nadie puede prever.

Queremos que nuestros hijos sean independientes. Lo celebramos cuando tienen tres años y consiguen ponerse los zapatos solos o dormirse sin nuestra ayuda. Aplaudimos cada pequeño paso hacia la autonomía, pero hay algo que me llama la atención. Mientras durante la infancia celebramos que sean capaces de afrontar actividades cada vez más exigentes, años después, en el instituto, se protesta cuando, por ejemplo, se les manda leer un clásico. Parece que el esfuerzo solo resulta admirable mientras pueda enseñarse como un logro. En cambio, cuando ese mismo esfuerzo implica no comprender un texto a la primera o aceptar que aprender también cuesta, esa dificultad empieza a interpretarse como un fracaso del sistema en lugar de como una oportunidad para el aprendizaje. Hemos entendido la infancia como una carrera de obstáculos y la adolescencia como una etapa en la que hay que protegerlos de la frustración.

Lo veo como madre y también como profesora. El instituto es el lugar donde, en teoría, deberían empezar a poner en práctica toda esa autonomía que tanto se celebraba cuando eran pequeños. Sin embargo, cada vez es más frecuente que sean las familias quienes resuelvan (o incluso generen) conflictos antes de que los hijos aprendan a afrontarlos. Escriben a los profesores para discutir una calificación que consideran injusta o para expresar su malestar porque leer a Cervantes, a Carmen de Burgos o a Delibes les parece excesivo.

La realidad es que cuanto más les allanamos el camino, menos posibilidades tienen de descubrir de qué son capaces por sí mismos. Sería absurdo pensar que estoy al margen de todo esto. A veces me descubro haciendo cosas que me prometí que nunca haría. También siento el impulso de solucionarle a mis hijos un problema antes de que lo intenten, aunque sé que la mejor herencia que puedo dejarles es la confianza de saber que, cuando no esté ahí para resolverles la vida, ellos serán capaces de hacerlo solos.