El silencio no siempre significa acuerdo
Existe cierta tendencia a interpretar que, cuando nadie rebate una afirmación es porque los demás la comparten, pero lo cierto es que detrás de un silencio también cabe la posibilidad de que haya una postura radicalmente opuesta.
Puede ocurrir que quien no responde disponga de argumentos suficientes para refutar lo que acaba de escuchar, pero que, simplemente, no encuentre sentido a hacerlo. No siempre por falta de valentía. A veces tan solo se trata del hartazgo que produce intentar razonar con quien no muestra el menor interés por revisar sus propias certezas.
Quizá esa interpretación del silencio tenga que ver con que se suele conceder demasiado valor a quien habla con seguridad, a quien afirma sin dejar espacio a la duda. La contundencia no siempre es sinónimo de razón. En ocasiones responde más al deseo de imponer una idea que al de contrastarla. Resulta agotador debatir con quien no distingue una evidencia de una ocurrencia o con quien descarta cualquier argumento que contradiga sus convicciones.
No pretendo hacer aquí un alegato a favor del silencio. Hay momentos en los que callar es una irresponsabilidad y alzar la voz resulta imprescindible. Hay injusticias que exigen respuesta y discursos que no deberían quedar sin réplica, por ejemplo, cuando se vulneran derechos o cuando se normaliza la mentira, pero entre el silencio cómplice y la discusión permanente existe un espacio del que apenas se habla, el de quien decide no malgastar su energía en un debate estéril.
Supongo que con los años se aprende que no toda afirmación exige una respuesta y no todas las conversaciones merecen el mismo esfuerzo. Precisamente por eso, cuando hablamos con una seguridad inquebrantable haríamos bien en no descuidar los silencios. Convendría observar mejor los instantes en los que se producen. La pausa antes de responder, la sonrisa breve, la pregunta repentina por otro asunto no siempre indican conformidad.
La respuesta inmediata puede nacer del impulso; el silencio, en cambio, a veces es el resultado de haberlo sopesado todo.