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Disculpe las molestias, alcalde

Nacho Molina

Miembro de la Asamblea Memorialista de la Gavidia y exparlamentario de Adelante Andalucía —

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La placita que da la bienvenida al recinto del cementerio de Sevilla estaba rebosante de vida, una paradoja, una cierta antítesis, en una mañana de todos los santos que tornó en mediodía de veranillo. Bullía de gente, unas apiñadas en la puerta, ávidas de flores en los kioskos, otras, cargadas con sus ramos camino de las sepulturas de los suyos.

Como cada uno de noviembre los vivos ceden el protagonismo a sus muertos. Dentro del cementerio miles de personas recuerdan a los que ya no están. El dolor se refleja especialmente entre quienes apenas hace meses, o quizás días, dejaron allí los cuerpos de quienes los amaron y fueron parte indisoluble de sus vidas. Contrasta con la alegría que se vive en algunas tumbas, donde la pena se combate con profusión de flores y hasta con alguna guitarra que toca por homenaje y despedida.

Allí nos refugiamos del calorcillo de este noviembre que se resiste a soltar la mano de un verano eterno, mis tres compañeras y yo, a la sombra de los naranjos que flanquean los edificios de servicios a la entrada al camposanto. Descansábamos del largo paseo compartido con unas pocas de decenas de personas, que, como todos los años, nos citamos para rendir homenaje a quienes aún no yacen donde sus familias puedan recordarlos o dejarles unas flores. Nadie limpia sus tumbas, porque nadie sabe aún de ellas.

Están amontonadas en enormes agujeros en la tierra, arrojadas, muchas con las manos atadas a la espalda, con los brazos o las piernas quebradas, con disparos de fusil en el pecho y cráneos perforados con tiros de gracia en sus cabezas. Sabemos mucho de ellas, sabemos que fueron conducidas en camiones durante muchas y muchas noches hasta la tapia del cementerio, donde allí, muertas de miedo, fueron asesinadas por orden de Queipo, el carnicero de Sevilla, ese siniestro personaje que el 23 de julio de 1936 arengaba desde la radio a que sus tropas violaran y demostraran a sus mujeres «lo que son hombres de verdad y no milicianos, no se librarán por mucho que forcejeen y pataleen.“

Sabemos de sus historias, de sus vidas, de sus anhelos, de sus oficios y de sus amores. Nos lo han contado cientos de familiares y descendientes.

Muertos sin tumba, y tumbas sin muertos. El movimiento memorialista de Sevilla, con la Asamblea de familiares de la Gavidia a la cabeza, rinde homenaje todos los uno de noviembre en dos -Pico Reja y Monumento- de las seis fosas a donde fueron arrojadas sin vida maestras, empleados municipales, concejales, albañiles, mineros, jornaleras, etc, que intentaron defender la libertad y la legalidad republicana. Lo pagaron muy caro, lo pagaron con su vida, segada con saña y con violencia, sin juicio previo, sin oportunidad ninguna, dejando algunos, a escondidas, alguna nota para los suyos. Hace tres años culminaron los trabajos de exhumación de la fosa de Pico Reja, 1.786 cuerpos con signos de violencia, tortura y asesinato. Fue un logro de la Memoria y de quienes combaten el olvido desde la organización colectiva.

El siguiente compromiso era exhumar la fosa Monumento, la mayor de las siete que están localizadas en el cementerio de Sevilla, donde se calcula que hay aproximadamente 7.440 cuerpos, de los cuales 2.616 serían víctimas de la represión franquista, según las investigaciones del historiador José Díaz Arriaza. Y se había avanzado, hace casi dos años se firmó un convenio de colaboración a cuatro bandas (Estado, Junta, Diputación y Ayuntamiento) donde se acuerda una financiación al 25% por cada administración, y la dirección del Ayuntamiento de Sevilla, a modo de réplica del proyecto iniciado y ejecutado finalmente en Pico Reja. Pero ¡ay!, con la ultraderecha hemos topado. El gobierno municipal del PP no para de poner palos en las ruedas del acuerdo. Sometido a la ultraderecha por mor del apoyo que necesita para sacar adelante presupuestos -donde por cierto ha consignado cero euros en políticas de memoria durante los ejercicios habidos en su mandato- y con la Junta ralentizando -acuérdense que gobiernan juntos- su puesta en marcha con propuestas que tratan de dilatar en el tiempo esa necesaria reparación para con las familias.

En esas estábamos los cuatro, comentando la impotencia que se siente, recordando a los abuelos y bisabuelos asesinados y no buscados, y no encontrados.

Y vimos al alcalde.

Salía del cementerio camino del coche oficial acompañado por varios concejales, asesores y policías de escolta. Era un día de pasear palmito y dar la mano. Y no pudieron reprimirse mis compañeras, tampoco yo; estaban aún calientes las palabras de impotencia y recuerdo de aquellos inocentes, y apenas a diez metros lo increpamos, le reprochamos su actitud, su comportamiento, de forma firme y acalorada. Y se molestó: “No es el día, ¿no les parece?”.

Puede que la rabia incontenida se expresara con vehemencia, puede que el sr. alcalde lo considerara una descortesía, y una falta de educación. Una de mis compañeras sostenía la foto de su abuelo junto a su pecho: “Mírelo, por favor, mírelo”

Puede que la rabia incontenida se expresara con vehemencia, puede que el sr. alcalde lo considerara una descortesía, y una falta de educación. Una de mis compañeras sostenía la foto de su abuelo junto a su pecho: “Mírelo, por favor, mírelo”.

Nos acercamos, apenas veinte segundos. No respondió a las preguntas, se refugió entre concejales, asesores y policías de paisano, y se escabulló. Se quedó con nosotros un par de minutos uno de sus tenientes de alcaldía que conozco desde la legislatura que compartimos. No tenía excusas, no pudo argumentar nada creíble ante la parálisis de las políticas de memoria y especialmente en los impedimentos que están poniendo -a pesar del acuerdo- para que se inicien los trabajos en la fosa Monumento.

Y se fue el alcalde molesto por la interpelación en ese mediodía caluroso de todos los santos. Y pareciera que los muertos sin tumba, y las tumbas sin muertos, no fueran una molestia para él, ni un problema, ni mucho menos una responsabilidad impelida por las leyes, y si las palabras en voz alta de dolor y de rabia que la nieta de uno de esos muertos le espetaba: “¡Mírelo, por favor, mírelo!.”

Pero el alcalde, no miró, no vaya que por si acaso hubiera alguien de Vox en la comitiva.

Disculpe las molestias, alcalde.