La ley de la calle
Suenan tambores de guerra en las calles del norte de Sevilla. Desde hace varios días, patrullas ciudadanas recorren de día y de noche el barrio de El Cerezo, en el distrito Macarena, para amedrentar a los gorrillas, aparcacoches ilegales, que, según los vecinos, se comportan de forma violenta e incluso cometen robos en los vehículos estacionados.
Según me releo, me asusta el tono que tiene lo que escribo en este primer párrafo. Además de alarmante, sensacionalista probablemente, tiene un tono que parece justificar que los residentes se tomen la justicia por su mano. Y no, no es esa mi intención. Pero así suenan las informaciones que se están leyendo y escuchando en esta ciudad en los últimos días.
Analicemos los hechos, en la medida de lo posible. En primer lugar, necesitamos contexto. En mi opinión, el de los gorrillas es uno de los grandes problemas de convivencia en esta ciudad desde hace ¿cuánto? Igual cincuenta años, desde los ochenta.
Hay de todo pero en la mayoría de los casos, y no es bueno generalizar, estos gorrillas son personas en situación de exclusión social, principalmente hombres, con problemas de adicciones y a veces de salud mental, sin hogar y crecientemente migrantes. Pasan el día en la calle, en zonas comerciales o residenciales, aparentemente aparcando coches. Es una actividad que esconde, en realidad, una percepción de amenaza para el conductor, que prefiere dejarle 50 céntimos o un euro al pseudo vigilante para evitar riesgos de daños a su coche recién aparcado.
La instauración de la zona azul los ha eliminado de zonas más céntricas, aunque reaparecen mágicamente a última hora de la tarde conforme termina el horario de pago obligatorio en la vía pública, y los ha desplazado a barrios más alejados del casco histórico como es el caso de El Cerezo, que ocupa las noticias estos días. Pero ocurre en muchas otras zonas de la ciudad.
¿Qué está pasando en los alrededores de la avenida Doctor Fedriani? Pues que la situación de degradación de las calles por culpa de la actividad ilegal de estos gorrillas ha llevado al límite a los vecinos, que han terminado por organizarse para vencer sus miedos, afrontar la amenaza y ahuyentarlos de sus calles. Denuncian amenazas, violencia, insultos y mucha suciedad y caos en la vía pública.
Y, sinceramente, mientras no medie violencia, no puedo culpar de nada a esos vecinos por reaccionar ante esta situación límite. Es más, lo que me extraña es que estas actividades de autogestión colectiva no hayan ocurrido antes, hace décadas, y en otros muchos puntos de la ciudad hispalense. No es tolerable que la calle, la vía pública, el espacio compartido, esté ocupado de forma exclusiva y abusiva por estas personas que, más allá de sus problemas individuales, generan una atmósfera de inseguridad e incomodidad insoportable en los barrios.
Como casi siempre, la responsabilidad de las administraciones públicas en esta situación es enorme. Agravada en este caso porque es un problema endémico en la ciudad, que viene degradando nuestras calles desde hace décadas y al que nunca se ha plantado cara realmente. Y no, imponer la zona azul, una medida recaudatoria y enormemente dañina para los vecinos, no es plantar cara al problema de los gorrillas.
Ayuntamiento y Junta de Andalucía deben atender las necesidades sociales y humanas de estas personas, sea cual sea cada caso individual. Plantear alternativas laborales, sociales y sanitarias. Estar en la calle cobrando un impuesto revolucionario a vecinos, visitantes y turistas no es una alternativa vital viable para nadie. Al margen de que Policía Local y Nacional deben velar por la seguridad de nuestras calles y barrios y evitar la comisión de delitos.
Me cuentan que es VOX quién está detrás de este movimiento vecinal. No lo sé, pero si así fuera no me extrañaría en absoluto porque la reacción de los habitantes de El Cerezo nace de un sentimiento de abandono y desesperanza hacia la administración pública del que los fascistas suelen servirse para alimentar el odio y el rechazo hacia los más pobres y necesitados, y que les resulta enormemente rentable en términos electorales. Pero no nos engañemos. Si fuera así, la ultraderecha sólo está ocupando un espacio abandonado por el resto de partidos políticos y otras entidades. Nada más.
Leo que, después de una semana, se reúnen Ayuntamiento y Subdelegación del Gobierno para abordar la problemática en El Cerezo. Pero deben ser conscientes de que ni un enfoque únicamente de seguridad ciudadana, obviando otros ejes como los del empleo o los servicios sociales, va a resolver este problema. Ni es un fenómeno limitado a esta zona de Macarena, aunque sea ahí donde ahora ha saltado la chispa.
Ante cada problema surge una oportunidad. Yo, al menos, lo veo así, llevado por un optimismo recalcitrante. Ojalá esta polémica no acabe en incidentes violentos pero sirva para traer al centro del debate público este fenómeno que lleva tantos años presente en nuestras calles y movilice a nuestros gobernantes para buscarle una solución a largo plazo.
Las personas que viven en sus carnes la exclusión social, la falta de oportunidades, la pobreza extrema, necesitan soluciones y alternativas. Habitacionales, laborales, educativas, sociales, sanitarias, etc… Y es responsabilidad de nuestros gobiernos local, autonómico y nacional ofrecérselas. La permanencia en la calle, ejerciendo una actividad ilegal, generando sensación de amenaza e inseguridad en los vecinos, no es una solución en ningún caso.
Sin gorrillas en las calles, el ambiente en la ciudad sería seguro más tranquilo y pacífico. Los conductores podrían aparcar sin sentir amenaza alguna y los vecinos no verían sus barrios ocupados por el miedo y la intranquilidad. Pero para lograrlo, hace falta que nuestros gobernantes asuman sus responsabilidades y dediquen tiempo, imaginación y recursos a solucionar este problema que tantos años lleva presente en nuestras calles que hemos llegado a aceptarlo como algo inevitable. Y no, no lo es.