Si tú te vas
Dios nos libre del día de las alabanzas, reza el dicho popular. Es una mierda escribir de alguien porque se muere. Pero, tristemente, ha llegado el momento para Rafael Amador, el compositor, cantante y guitarrista sevillano que definió junto a su hermano Raimundo y a Kiko Veneno la fusión perfecta entre el flamenco gitano y el rock más salvaje. El artista calé falleció este 8 de febrero, domingo, a los 65 años. Se ha ido a una edad temprana pero castigado por una vida de la que, durante décadas, bebió a morro hasta engolliparse.
En Veneno primero y como la mitad más creativa de Pata Negra después, Rafael cantó, creó y mezcló con la base de su tradición familiar flamenca pero llevado por la energía, la rabia y el ritmo del blues y el rock que les encandiló a él y a Raimundo en la adolescencia.
Sus letras, puro surrealismo, trabajadas en muchos casos con Kiko o con Ricardo Pachón, destilan una visión salvaje y gamberra de una ciudad que ya no existe, que ellos recorrieron desde muy niños como músicos callejeros entreteniendo a turistas y visitantes. “Sevilla tiene dos partes, dos partes bien diferentes; una la de los turistas y otra donde vive la gente”, cantan los hermanos Amador en el Rock del Cayetano, de 1986. ¿Se puede hacer un diagnóstico mejor de la capital andaluza con cuatro décadas de anticipación?
Yo les descubrí tarde, ya en los noventa, cuando tropecé por casualidad con el directo de Pata Negra grabado en la sala Zeleste de Barcelona, en 1989, cuando los hermanos Amador ya estaban en pleno proceso de separación artística. A pesar de las desavenencias, es un disco cargado de energía, potencia y buen rollo.
Aquella revelación me llevó al disco Veneno y a sus primeros trabajos como Pata Negra. Canciones con letras divertidas, absurdas y salvajes y una música reconocible para mis raíces combinada con el rock anglosajón que siempre me atrajo.
A Rafael le conocí fugazmente en 2001, cuando hice un reportaje para El País sobre el rodaje del documental Polígono Sur, de Dominique Abel, sobre el flamenco de las Tres Mil Viviendas. Entonces, con apenas 40 años, era ya un hombre mayor, muy avejentado, consumido por los malos hábitos
No pido mucho, Los delincuentes, Los Managers, Rock del Cayetano, La Muchachita, Yo me quedo en Sevilla, Pasa la vida, Juan Charrasqueado, Pata Palo, Ratitas Divinas, El Partido, Todo lo que me gusta es ilegal, … Son innumerables las canciones con el sello Amador que forman parte de mi biografía musical y que saltan habitualmente entre mis favoritos de Spotify. Se me saltan las lágrimas escribiendo estas líneas mientras escucho su música y recuerdo tantos momentos de mi vida a los que sirvió de banda sonora.
A Rafael le conocí fugazmente en 2001, cuando hice un reportaje para El País sobre el rodaje del documental Polígono Sur, de Dominique Abel, sobre el flamenco de las Tres Mil Viviendas. Entonces, con apenas 40 años, era ya un hombre mayor, muy avejentado, consumido por los malos hábitos. Como tantos músicos de su generación, como muchos sevillanos de su edad y como tantos vecinos de su barrio, Rafael Amador sufrió el impacto de las drogas y, quizás, fue ya tarde cuando intentó apartarse y recuperarse.
Tras la separación de Raimundo, Rafael mantuvo un tiempo la marca Pata Negra con la que aún grabó un par de discos de resultado irregular. Pero ya nada fue igual. La magia de aquella música mestiza, desvergonzada y directa se quedó para siempre en los ochenta y la luz del compositor y cantante fue apagándose poco a poco.
En fin, Rafael, que la tierra te sea leve. Si tú te vas, nosotros nos quedamos en Sevilla hasta el final.