La política y nosotr@s
Las personas podemos relacionarnos con la política como espectadoras más o menos informadas o críticas, como ciudadanas participantes o militantes y como voluntarias o profesionales de la política. Cualquiera de estas formas son legítimas, incluso la de pasar de la política o la de verla como una amenaza. Si bien la política es consustancial al 'animal social' que somos la especie humana y es que para convivir y organizarnos necesitamos instituciones y personas que ejerzan esta función. No desaparecerá la política porque una parte muy significativa de la sociedad desconfíe de la política y de las personas que se dedican profesionalmente a realizarla.
Entre los atributos de la política está el que es imprescindible y necesaria para vivir en sociedad. Es una ensoñación pensar en un mundo sin gobierno y, aunque hay ideologías que aspiran a ello, yo diría que en la mayoría de los casos este tipo de pensamientos se corresponden con un preocupante analfabetismo de una parte de la ciudadanía y, en este sentido, no puedo entender que alguien culmine la educación básica obligatoria pensando, por ejemplo, que no es necesario pagar impuestos. La tolerancia y la imparcialidad ideológica de la enseñanza no puede llevar a que una parte del alumnado tenga un nivel tan grande de ignorancia política. Otra cuestión debatible y pertinente sería qué tipo de impuestos hay que pagar, quién y para qué prestaciones o servicios públicos y, sobre todo, con qué niveles de eficacia y eficiencia se gestionan los mismos.
Sin embargo, la política no es una ciencia exacta, tiene diversidad ideológica y discrepancia de intereses y está impregnada de relaciones de poder. Esto hace que la mayor parte de las actuaciones se realicen en el plano de la confrontación, en muchos casos, legítima y comprensible y, en otros muchos, con malas artes, odio, y descalificaciones personales de los adversarios por motivos oscuros o poco entendibles. Son comportamientos que me atrevo a calificar de 'perverso', por más que sean reproducidos y destacados por los medios de comunicación o aplaudidos por sus simpatizantes o por su militancia más forofa. Estos comportamientos los califico así porque desvirtúan la función y la actividad política y conducen a la decepción y al desánimo de una parte de la ciudadanía que, los haya votado o no, se han atribuido su legítima representación.
Igual que sucede con las competiciones deportivas, abogo por que las discrepancias políticas tengan sus reglas de juego y se den las correspondientes explicaciones de las posiciones políticas y de las medidas que se proponen. Me parece un ejercicio de salud democrática que exige talante y capacidad (actitud y aptitud) para el desempeño de la política. Generan mucho daño los políticos y las políticas, de cualquier partido, que hacen de su lenguaje agresivo e hiriente su única virtud.
Más difícil me parece desprenderse de las relaciones de poder que siempre están presentes en la política y en cualquier actividad humana. La lucha por el poder explica en buena parte el comportamiento político, dentro y fuera de los partidos. Hay tacticismo, relaciones de conveniencia, extrañas alianzas, sobreactuaciones y comportamientos realmente canallescos en las luchas de poder y, sin embargo, son estas prácticas las que explican en muchos casos los posicionamientos políticos y las que, por otra parte, apartan de la política a muchas personas preparadas para la gestión de lo público, generando confusión en sus propios electorados, a los que les cuesta entender en clave ideológica y política este tipo de comportamientos.
El poder debiera ser un instrumento al servicio de la política, pero en demasiadas ocasiones se toma a la política como un medio para el ejercicio del poder. Y es aquí donde pienso que radica una buena parte de la desafección de la ciudadanía con la política y con los políticos.
En este sentido, es preocupante la actitud de las personas más jóvenes en relación con la política, porque una buena parte opta por la apatía y otra por posiciones ultras que tienen que ver más con su malestar que con una formación ideológica o política bien sustentada.
Es importante el rol político de las y los jóvenes que han de verse representados tanto en las políticas como en el lenguaje de los discursos. No se habla de sus problemas, no se aportan soluciones, pero tampoco se habla en su lenguaje, tal vez porque la mayoría de las y los políticos no piensan que una persona joven les está escuchado cuando hablan.
El poder debiera ser un instrumento al servicio de la política, pero en demasiadas ocasiones se toma a la política como un medio para el ejercicio del poder. Y es aquí donde pienso que radica una buena parte de la desafección de la ciudadanía con la política y con los políticos
También es importante el cansancio de la ciudadanía, incluso el de las personas que siempre han respondido a las citas electorales porque saben valorar la importancia de acudir a votar, pero sienten que cuando se habla de política apenas se habla de sus problemas ni se proponen medidas para mejorar su vida, individual y colectivamente.
Soy consciente de que este tipo de análisis es una generalización y puede no corresponderse, al menos de igual manera, con todos los partidos ni con determinadas personas que se dedican a la política con mucha vocación, oficio y dedicación; aunque con algunos matices, lo veo de manera generalizada en todos los ámbitos de la política y no solo en la política nacional, también en la política regional y local, así como en otro tipo de organizaciones y empresas. En posteriores artículos escribiré sobre situaciones concretas.
Generalizar es inevitable y a la vez necesario para analizar situaciones sociales, pero también para interpretar fenómenos complejos y prever tendencias. En este sentido, me preocupa la situación política actual, especialmente dos fenómenos que observo en crecimiento: el malestar de las y los jóvenes (que se encuentran con dificultades para vivir de manera independiente sin el apoyo de sus padres y madres) y el cansancio de las personas adultas (que han visto mejoradas sus condiciones materiales de vida, pero se sienten desilusionados con la política). Dos fenómenos que beben de fuentes diferentes, pero que peligrosamente se retroalimentan y a la vez conducen al enfrentamiento intergeneracional.
Algunas cosas habría que hacer para desactivar esta tendencia a la decepción y a la crispación: la primera, reconocer la gravedad de la situación e identificar las causas (no hay solución a un problema que no se ha reconocido), y después, analizarlo y proponer las soluciones que pasan por un cambio en la cultura política, dignificándola, haciéndola útil e incorporando la dimensión ética en el comportamiento político que va más allá de reprochar la corrupción del adversario.
Hay que prevenir la corrupción en todos los ámbitos, además y sobre todo hay que hacer la política más transparente, mejorar la calidad de la democracia y hablar más de las políticas de las cosas que de las cosas de la política. No es más aburrido hablar y conversar de las cosas importantes que hacer debates con insultos y broncas sobre cuestiones que poco tienen que ver con la vida real de la gente.
La desafección política tiene también un componente cíclico, a veces pasajero; aunque conviene tomarse en serio la situación en la que nos encontramos porque los vientos que soplan no parecen favorables para la convivencia y tienen componentes intransigentes que todavía no tenemos suficientemente identificados, pero se parecen a estadios a los que una gran mayoría de personas no queremos volver.
En todo caso, pienso que debemos actuar con más y mejor democracia, porque los problemas de la política no afectan solo a los partidos y a las personas que se dedican a la política. Los problemas de la política nos afectan a nosotr@s.
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