Es racismo
Las palabras de Pedro Sánchez y sus razones para la regularización de inmigrantes, recogidas en The New York Times, no son nuevas, se vienen repitiendo entre nosotros y desde organizaciones civiles y religiosas e instituciones supranacionales; tampoco son nuevas en Estados Unidos, allí saben que son también los inmigrantes los que cuidan a sus mayores, los que recogen las cosechas, trabajan en la construcción y en los peores trabajos, incluso engrosan la carne de cañón de sus ejércitos en sus incesantes guerras. El valor está en decirlo contra la corriente dominante, en un periódico estadounidense, en un ambiente de crispación general, de abuso, enfrentamiento y también de oposición y resistencia frente a las políticas muy violentas de Donald Trump. También en plena ola expansiva del extremismo de las derechas.
Por primera vez en mucho tiempo, en Milán-Cortina, en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno, el público ha abucheado al poderoso vicepresidente de EEUU, JD Vance, dicho católico, uno de los halcones de Trump y sus políticas, al igual que ha sido fuertemente criticada la presencia en Italia de la policía antiinmigración, ICE, con una hoja de servicios que a estas alturas podríamos considerar de criminal.
Una policía al servicio de unas políticas no sólo antimigratorias sino profundamente racistas. El cardenal Blase, arzobispo católico de Chicago, y otros prelados estadounidenses están denunciando cómo sacerdotes de sus diócesis están siendo detenidos sólo por el color de su piel; podríamos imaginar a los imitadores trumpistas españoles mandando detener a los curas racializados con los que cualquiera se puede cruzar en los aledaños seminaristas de Madrid o en cualquier parroquia de España, o practicando redadas contra las monjas que desde hace ya mucho tiempo pueblan los conventos de Sevilla.
Incluso líderes de las naciones originarias de los EEUU, estadounidenses, están denunciando cómo miembros de sus etnias están siendo detenidos en un delirante ejercicio de supremacismo blanco
Incluso líderes de las naciones originarias de los EEUU, estadounidenses, están denunciando cómo miembros de sus etnias están siendo detenidos en un delirante ejercicio de supremacismo blanco. La simbología racista de antaño como la actual se exhibe en la decoración personal de los mercenarios de Trump.
En los objetivos de Trump se mezclan razones legales, proteccionismo nacionalista, con acusaciones delictivas atribuidas a los inmigrantes o con una falsa defensa de los intereses de los trabajadores estadounidenses que esconden un racismo y xenofobia presentes en el tuétano de una parte muy importante de la sociedad estadounidense. En plena campaña electoral, Trump afirmó, émulo de la pureza racial de Hitler, que “los inmigrantes están envenenando la sangre de nuestra nación”; una vez electo, les negó naturaleza humana, son animales, dijo.
La adhesión de Trump en las redes sociales a un vídeo caricatura vergonzoso que presenta a los Obama con aspecto simiesco no es solo sino otra manifestación más de ese odio racial y xenofobia, de odio al otro, al diferente, que ya sufrió Obama, al que se racializó —es de madre blanca— o incluso se señaló con insinuaciones sobre su confesión religiosa por llevar tan solo el nombre de Barack. Semejantes reproches ha tenido que sufrir el nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, por el color de su piel y por su religión, ideológicamente enfrentado con las políticas del caudillo del partido republicano,
Este odio y racismo no es nuevo, lo sufrieron hace más de un siglo —y sigue— los habitantes de origen mexicano o español de los territorios arrebatados por EEUU a México, como luego las comunidades inmigrantes de origen italiano o irlandés.
El delirio llega a España —en una versión muy cateta— en donde incluso se pretende eliminar de nuestra cultura, hidrónimos como Guadalquivir, por ser palabra de origen árabe
El delirio llega a España —en una versión muy cateta— en donde incluso se pretende eliminar de nuestra cultura, hidrónimos como Guadalquivir, por ser palabra de origen árabe. Larga tarea les queda, desde eliminar Madrid, incluida la Almudena, a los miles de topónimos de origen árabe como los más de 4.000 arabismos que jalonan el idioma español, entre otros, mamarracho.
“Yo defiendo, pues, un principio universal: que en todas las regiones de la tierra no existe nadie ni tan enemigo… por odio o desacuerdo, ni tan adherido, por fidelidad o benevolencia, que no podamos acogerlo entre nosotros u obsequiarlo con la ciudadanía…”
No son palabras de Pedro Sánchez ni de ningún mandatario contemporáneo, son de la ardiente defensa de la inmigración ante el Senado de Marco Tulio Cicerón.
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