De origen kárstico, esta cueva de 1.400 metros alberga pozas, estalactitas, estalagmitas y hasta restos del Neolítico

Esta cueva es considerada un laboratorio natural de incalculable valor para la ciencia y el patrimonio de Castilla-La Mancha

Alberto Gómez

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La Cueva de la Ramera, tras abrir sus puertas al público después de permanecer ocho años en silencio, se ha vuelto a convertir en todo un emblemático rincón de la serranía de Cuenca. Situada en el municipio de Beteta, la gestión de las visitas corre a cargo de guías expertos que desvelan los secretos de esta cavidad kárstica fascinante. Y es que adentrarse en sus profundidades es mucho más que un simple paseo: es un viaje directo hacia el corazón de la tierra. Los visitantes pueden descubrir un espacio que combina de forma magistral la aventura, el misterio y la belleza. Es una oportunidad inmejorable para conectar con la fuerza transformadora de la naturaleza en un entorno que parece detenido. 

El entorno que rodea a la cueva es igualmente impresionante, situándose en el majestuoso monumento natural de la Hoz de Beteta. Este cañón fluvial, excavado por el río Guadiela durante milenios, ofrece acantilados que alcanzan los ochenta metros de altura. El paisaje está dominado por bosques de tilos, avellanos, acebos y especies vegetales endémicas como la planta carnívora Pinguicola mundi. Para llegar a la cavidad, los senderistas deben recorrer un paseo botánico que parte desde el área recreativa Fuente de los Tilos. Este trayecto de aproximadamente 25 minutos sumerge al viajero en una atmósfera de umbría y frescor constante. Desde las alturas de la cueva, las vistas hacia el desfiladero son simplemente sobrecogedoras y únicas en toda Cuenca. La combinación de geología viva y biodiversidad convierte a este paraje en uno de los más sorprendentes de toda nuestra geografía. El sonido del río y el vuelo de los buitres leonados completan una experiencia sensorial que es inolvidable.

Geológicamente, la Cueva de la Ramera es una obra maestra nacida de la disolución de la roca caliza durante millones de años. Con un sistema que supera los 1.400 metros de galerías, el tramo habilitado para el público, eso sí, es de unos 400 metros. En su interior, el visitante se encuentra con un inabarcable paisaje de estalactitas, estalagmitas y enormes columnas pétreas. También destacan los gours, pozas de agua natural que actúan como espejos en la penumbra de las salas subterráneas. Estas formaciones caprichosas cuentan la historia de un pasado remoto donde el agua fue el único y principal arquitecto. La humedad es elevada y la temperatura se mantiene constante, funcionando como un sistema de aire acondicionado natural muy agradable. 

Además de estalactitas y estalagmitas también destacan las pozas de agua natural que actúan como espejos en la penumbra de las salas subterráneas

Cada rincón de la cavidad revela estructuras complejas que han crecido milímetro a milímetro a lo largo de los siglos. La preservación de este ecosistema es prioritaria, por lo que el acceso está estrictamente regulado por guías. Uno de los mayores tesoros que alberga esta cueva es un espeleotema único en el mundo bautizado como La Milhoja. Esta formación en capas debe su nombre a su curiosa estructura rocosa, que recuerda poderosamente a la famosa pieza de repostería. Además de su valor visual, la cueva presenta una característica mineralógica que sorprende incluso a expertos a nivel internacional. Existe una concentración extraordinariamente alta de óxido de manganeso, un mineral cuya presencia masiva es rara en entornos subterráneos. Esta particularidad otorga a las paredes y formaciones tonalidades y texturas que no se encuentran en otras cuevas turísticas.

La visita permite comprender procesos químicos y geológicos complejos de una manera amena y muy visual. Es, sin duda, un laboratorio natural de incalculable valor para la ciencia y el patrimonio de Castilla-La Mancha. Pero, más allá de su evidente interés geológico, la Cueva de la Ramera es un yacimiento arqueológico que atestigua la presencia humana milenaria. Las excavaciones y estudios han confirmado que la cueva fue ocupada por nuestros antepasados ya desde el periodo del Neolítico. Incluso se han hallado vestigios de asentamientos que datan de la Edad del Bronce y restos de uso medieval. Resulta fascinante imaginar a las antiguas civilizaciones buscando refugio y protección entre estas mismas paredes de roca caliza. 

Una de las curiosidades históricas más llamativas es la existencia de una antigua alacena. Hasta bien entrado el siglo XX, la cueva fue utilizada por los pastores locales como refugio para su ganado. Este uso pastoril sorprende hoy debido a la dificultad del acceso actual, que requiere superar una gran pared vertical. Sin embargo, antiguamente existía una cornisa natural que facilitaba el paso antes de que un desprendimiento la inutilizara. La mitología popular también ha dejado su huella en este lugar a través de una romántica y trágica leyenda local. Se cuenta que la cueva fue el escenario de un amor prohibido entre un príncipe musulmán y una joven cristiana. Según el relato, el príncipe decidió ocultar a su amada en las profundidades de la roca para proteger su relación secreta. Para consolar a la joven en su soledad, el príncipe le entregó una imagen de la virgen que ella veneraba. La tradición sostiene que dicha imagen quedó finalmente integrada en la propia roca con el paso de los años. 

Un ecosistema singular

La cueva no es solo un depósito de piedras y leyendas, sino también el hogar de un ecosistema singular y frágil. Sus oscuras galerías constituyen un refugio vital para diversas especies de quirópteros, especialmente los murciélagos de herradura. Debido a la importancia de estas poblaciones, la cueva permanece cerrada durante los meses de hibernación para no molestarlos. Además de los murciélagos, habitan en su interior microorganismos e invertebrados adaptados a vivir en condiciones de humedad extrema. El equilibrio de este hábitat subterráneo es delicado y depende directamente del comportamiento respetuoso de los turistas. Fuera de la cueva, las buitreras en los acantilados de la Hoz de Beteta permiten observar al majestuoso buitre leonado. También es posible avistar otras aves como el alimoche, el búho real o el martín pescador cerca del río. La protección de este entorno natural es fundamental para garantizar que las futuras generaciones puedan seguir disfrutándolo.

El acceso a la Cueva de la Ramera representa un pequeño desafío de aventura que comienza en la Fuente de los Tilos. Tras caminar por el sendero botánico, el visitante se encuentra frente a una escalera metálica de 20 metros. Este ascenso vertical es necesario para alcanzar la boca de la cueva, situada estratégicamente en el escarpe del cañón. Aunque la subida requiere cierto esfuerzo físico, se considera apta para la mayoría de personas con movilidad normal. Sin embargo, debido a esta estructura y a la irregularidad del terreno interior, no es apta para carritos o personas con movilidad reducida. Se recomienda encarecidamente el uso de calzado cómodo, cerrado y que sea totalmente antideslizante para evitar caídas. 

Para planificar bien una visita, es esencial tener en cuenta los horarios y las recomendaciones de los expertos. En primavera y otoño, las visitas guiadas se concentran principalmente durante los sábados, domingos y días festivos. El recorrido completo, incluyendo el sendero de aproximación y la estancia interior, dura aproximadamente una hora y media. Los precios son de diez euros para adultos y ocho euros para niños de entre cinco y once años. Dado que en el interior la temperatura es fresca incluso en verano, se aconseja llevar una chaqueta ligera o sudadera. 

La recuperación de la Cueva de la Ramera como destino turístico supone un impulso vital para la comarca del Alto Tajo. Su reapertura no solo ofrece una alternativa de ocio, sino que pone en valor el rico patrimonio natural de Cuenca. Combinar la visita a la cueva con otras rutas cercanas, como el nacimiento del río Cuervo, es un plan ideal. También se puede disfrutar de actividades como el kayak en el río Tajo o el senderismo por los pinos cercanos. En cualquier caso se trata de una cueva que, en definitiva, es un abanico de alicientes para disfrutar de la madre naturaleza y desconectar de la rutina diaria.

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