El colapso del ecoturismo pone en riesgo de abandono a miles de animales en entornos naturales

Patrick Greenfield

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Desde las vastas llanuras de Masai Mara en Kenya hasta los delicados corales del atolón de Aldabra en las Seychelles, los esfuerzos de los ecologistas para proteger algunos de los ecosistemas más importantes del mundo se enfrentan a una grave amenaza debido a la caída del ecoturismo ocasionada por la pandemia de la COVID-19.

Según han indicado diversas ONG centradas en la protección de la fauna y flora silvestres, las organizaciones que dependen de la llegada de turistas para financiar proyectos de protección de especies en peligro crítico y hábitats raros podrían verse obligadas a suspender su actividad. El cierre de fronteras y la prohibición de viajar han frenado abruptamente la llegada de turistas y estas organizaciones han dejado de percibir millones de euros.

Desde el inicio de la pandemia, los científicos han subrayado la importancia de que los humanos restablezcan su relación con la naturaleza ya que de lo contrario se pueden producir brotes peores que el actual.

Sin embargo, las medidas que se han impulsado para frenar el avance de la pandemia han tenido un impacto negativo sobre los ecosistemas que sustentan la vida ya que ha aumentado la caza furtiva y la pesca y la deforestación ilegales. Por otra parte, el sector del ecoturismo podría perder decenas de miles de puestos de trabajo en todo el mundo.

“Es correcto que ahora la prioridad sea proteger las vidas humanas de esta pandemia devastadora. Sin embargo, en los lugares donde trabajamos ya estamos constatando el impacto económico de las medidas, especialmente en áreas donde las comunidades dependen del ecoturismo para ganarse la vida”, indica Mike Barrett, director ejecutivo del departamento de Ciencia y Protección del Medioambiente de WWF Reino Unido.

Según la Wildlife Conservation Society, en Camboya, unos cazadores furtivos que querían la carne de los animales mataron a tres ibis gigantes en peligro crítico de extinción. En África central, las medidas para proteger a los gorilas de montaña del coronavirus han comportado la caída de visitantes y la disminución de unos ingresos que son vitales. El mes pasado, fueron asesinados doce guardabosques que custodiaban el parque nacional de Virunga, donde viven los gorilas, en la parte oriental de la República Democrática del Congo.

“Podrían pasar años antes de que estos lugares se recuperen plenamente, lo que aumenta el riesgo de que la gente llegue a depender de otras actividades para ganarse la vida, y esto represente una presión insostenible sobre los recursos naturales”, alerta Bartlett. “Además, en el contexto actual también es mucho más difícil controlar la apropiación ilegal de tierras y la caza furtiva”.

Si bien la caza furtiva de rinocerontes, grandes felinos y especies en peligro crítico de extinción ha continuado con las medidas decretadas por las autoridades, un informe reciente de la Comisión de Justicia de la Vida Silvestre determinó que el comercio ilegal de animales salvajes se ha visto gravemente alterado por las restricciones de movimiento y de viaje.

Los ecologistas temen que se produzca un drástico aumento de la caza ilegal si las organizaciones se ven obligadas a despedir a los guardas forestales y a suspender los programas de protección del medioambiente y de control de actividades ilegales. De hecho, los rinocerontes negros del delta del Okavango, en Botsuana, han tenido que ser evacuados porque en marzo los cazadores furtivos mataron al menos a seis.

Dickson Kaelo, director ejecutivo de la Kenya Wildlife Conservancies Association, señala que se han cancelado todas las reservas para actividades fundamentales de este año, como la migración de los ñus en el Masai Mara. Esta cancelación masiva ha provocado que las organizaciones en Kenia que llevan a cabo esta labor tengan que tomar decisiones muy duras relativas al despido de personal.

“Si bien es posible que la caza furtiva de elefantes no aumente debido a la actual prohibición de viajar y al rechazo de este tipo de productos en el sudeste asiático, la demanda de carne de animales salvajes sí aumentará si no hay nadie que supervise el día a día en estas reservas”.

“La caza furtiva de carne de animales salvajes ya existía a pequeña escala incluso antes del brote de coronavirus. Con más kenianos sin trabajo, la carne de animales salvajes obtenida de forma ilegal será más atractiva que la carne vendida por el carnicero con un permiso legal. Si estas organizaciones no pueden pagar a los guardabosques, ¿cómo controlarán eficazmente las actividades ilegales que se llevan a cabo dentro y fuera de las reservas?”

La labor de protección de la fauna y flora silvestres en Kenia ya había sufrido una serie de reveses tras una devastadora invasión de langostas y un virus que azotó al ganado en la zona de la reserva natural de Masai Mara. Kaelo ha indicado que el coronavirus supondrá un nuevo revés para unas organizaciones que necesitan que los lugareños estén concienciados de la importancia de proteger el ecosistema.

 “Los miembros de estas comunidades pueden dejar de creer en la importancia de proteger la fauna y la flora silvestres. Además, las personas que viven cerca de estas reservas naturales  y esperan ansiosos la llegada de turistas para venderles productos tendrán que recurrir a otros trabajos para ganarse la vida, como por ejemplo la agricultura. Esto no hará más que alimentar los interminables conflictos entre el hombre y la naturaleza, ya que a menudo los animales salvajes irrumpen en sus nuevas granjas y las destruyen”.

En Colombia, la organización Panthera, centrada en la protección de los grandes felinos, ha registrado un aumento en la caza furtiva de estos animales. En las últimas semanas, habrían muerto dos jaguares, un ocelote y un puma. Esta organización se enfrenta a serias dificultades para financiar sus actividades esenciales por el retraso y la caída de donaciones.

Los guardabosques están obligados a quedarse en casa. En este sentido, el doctor Esteban Payán, director del programa de protección de jaguares en la región, señala que le preocupa la apropiación ilegal de tierras y los incendios provocados.

“Mi mayor temor una vez superemos esta pandemia es que cuando salgamos al exterior nos encontramos con hectáreas y más hectáreas valladas y cultivadas y que no tengamos forma de saber quiénes son o qué están haciendo. En estos momentos en la Amazonia Colombiana la deforestación es brutal”.

“Me preocupa más que la caza furtiva. ¿Por qué? Por la escala, las dimensiones y la velocidad de la deforestación y los incendios. Esto destruye el hábitat. La destrucción del hábitat arrastra a los jaguares. Tal vez no veas en el suelo el cadáver de un animal que ha sido abatido a tiros pero en realidad la situación es mucho peor ya que o bien se han quedado sin hogar o han muerto calcinados o no tienen nada que comer porque ya no hay presas que cazar”.

Global Fishing Watch ha registrado una caída significativa de las actividades de pesca en todo el mundo. Desde el 11 de marzo y hasta finales de abril, las horas de pesca disminuyeron en más de un 37%, en comparación con los dos últimos años. Sin embargo, la caída del ecoturismo ha afectado la protección de los ecosistemas marinos más preciados del mundo.

La doctora Fanny Douvere, coordinadora del programa marino de la Unesco para 50 sitios del patrimonio mundial, entre los que se incluyen la Gran Barrera de Coral, las islas Galápagos y los fiordos de Noruega Occidental, advierte de las consecuencias de la crisis.

“Deben preocuparnos especialmente los sitios que dependen en gran medida de los ingresos del turismo para financiar algunas de sus operaciones. En las Seychelles, por ejemplo, no sabemos cómo se seguirá con la labor de protección del atolón de Aldabra porque esta labor está financiada en su totalidad por los ingresos del turismo”, ha subrayado.

“Cuando los ingresos del turismo caen de forma drástica, muchos sitios no pueden continuar con la labor de protección, o al menos con gran parte de estas actividades”.

Traducido por Emma Reverter

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