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'España contra el desierto': la batalla por el futuro energético

Albert Aragonès

12 de septiembre de 2026 21:43 h

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Para muchos, hablar de cambio climático es sinónimo de malas noticias y es lógico que sea así. Aún más en los años recientes, cuando España ha vivido episodios agudos de fenómenos que han pasado factura: desde la dana en València hasta la última sequía en Catalunya o los incendios estivales en Madrid y Huelva.

Esta acumulación de malas noticias han alimentado un relato colapsista que, paradójicamente, puede resultar tan paralizante como la negación más burda. Si el desastre es inevitable, ¿para qué actuar? El fatalismo, disfrazado de lucidez, es también una forma de rendición, diría Albert Camus.

Frente a ese doble escollo, el sociólogo Emilio Santiago Muíño (Madrid, 1984) investigador del CSIC especializado en ecología política y ecosocialismo, y el biólogo Héctor Tejero (Madrid, 1981), doctor en Bioquímica y diputado de Más Madrid en la Asamblea, llevan casi una década construyendo, libro a libro, una tercera vía. La iniciaron en ¿Qué hacer en caso de incendio? (Capitán Swing, 2019) y la afinaron en Contra el mito del colapso ecológico (Arpa, 2023). Ahora la despliegan a fondo en España contra el desierto (Arpa & Alfil Editores, 2026), un ensayo que aterriza en las circunstancias concretas de nuestro país las grandes preguntas de la transición ecológica: ¿Es posible descarbonizar sin empobrecernos? ¿Puede la lucha climática ser, además de necesaria, deseable?

La respuesta de los autores es un sí rotundo, aunque no caen en la ingenuidad. No se trata de negar la gravedad de la crisis, que el libro aborda en profundidad, sino de sostener que, por primera vez en dos siglos, la humanidad dispone de una base tecnológica capaz de sacarnos del “paleolítico energético” sin sacrificar el Estado del bienestar. Colocan por tanto el reto no en el plano técnico o científico, sino político. Y aquí es donde nace la utilidad de su obra, ya que la mayoría de la literatura climática camina hacia otros lugares.

La revolución de las fuerzas productivas

El punto de partida de Santiago y Tejero parece una inversión de sentido común: durante décadas, el ecologismo se ha asociado a “vivir con menos”, al conocido pero fallido “decrecimiento”. Los autores sostienen que esa imagen ha quedado obsoleta. La caída en picado del coste de la energía solar, la eólica y las baterías han abierto, dicen, “la llave de la abundancia dentro de los límites planetarios”.

Por primera vez, entonces, la electrificación de la economía permite universalizar niveles de vida reservados hasta ahora a una minoría, sin necesidad de seguir quemando combustibles fósiles. Para aterrizar esa promesa en España, ambos recurren a un acrónimo que funciona como si fuera un mapa de ruta: ALTEA, las iniciales de Agroalimentario, Ladrillo, Turismo, Energía y Automoción, los cinco sectores que concentran buena parte de las emisiones y también de la dependencia exterior del país.

Es en esa vieja España productiva, no solo en los despachos de Bruselas, donde se librará la verdadera batalla climática. Y es ahí donde los autores sitúan su propuesta de fondo: un ecosocialismo democrático que combine una relación distinta con el territorio capaz de devolver a comarcas despobladas un papel productivo en la nueva economía solar. Definen que esto pasa por apostar por la agricultura regenerativa, la electrificación del transporte y la de la industria.

La maldición de Sísifo a la española

España contra el desierto no es un tratado genérico sobre la relación con la energía y los procesos para optimizar su uso más verde. Es principalmente un libro sobre España. Uno de sus capítulos más certeros, “La maldición de Sísifo”, diagnostica los obstáculos sociopolíticos que arrastra el país para acometer esta transformación.

Lo enmarcan en una identidad nacional narrada históricamente desde la derrota y la melancolía, un Estado con menor capacidad fiscal y administrativa que sus vecinos europeos, una clase política atravesada durante décadas por las puertas giratorias del sector energético y un territorio con condicionantes geológicos propios negativos.

A ello se le suma un capítulo imprescindible dedicado a narrar la nueva normalidad que vive España, basándose en datos de la AEMET y haciendo referencia a los múltiples fenómenos adversos que llevamos atravesando los últimos años. Los autores no escatiman en cifras y ese rigor empírico es lo que distingue la obra de buena parte del ensayismo climático.

Empujar sin romper: cómo construir una alianza climática

La teoría política dibuja el núcleo argumental del libro. Apoyándose en referentes como Peter Gourevitch o Peter Hall, Santiago y Tejero recuerdan algo que a veces olvidamos: ninguna política, por acertada que sea técnicamente, se sostiene sin una coalición social que la respalde. “La política requiere política”, resumen citando a Gourevitch, y de ahí se desprende su cita estratégica, que es la de “empujar sin romper”.

Los autores señalan que hace falta construir una mayoría lo bastante amplia como para que no se desintegre en cuanto empiece a incomodar a intereses concretos. De ese principio derivan las cinco reformas que proponen para sostener esa alianza: vivienda asequible, electricidad y climatización para todos los hogares, alimentación justa y de calidad, un nuevo pacto para el mundo rural despoblado y una fiscalidad climática progresiva que financie un Estado capaz de estar a la altura.

Son, en el fondo, políticas de bienestar disfrazadas de políticas climáticas, pensadas para que la transición ecológica se perciba como una mejora tangible en la vida cotidiana de la mayoría. El libro invoca, en este sentido, precedentes históricos como el New Deal estadounidense o el “Pacto de la Vaca” sueco, que fueron grandes acuerdos que unieron a sectores sociales aparentemente distantes en torno a un proyecto común de modernización. De progreso.

Tres narrativas para disputar la hegemonía

Pero el relato, un sustantivo utilizado en abundancia en la política española en los últimos años, también es relevante. No solo basta con legislar o, al menos, intentarlo.

Por eso el libro dedica un capítulo entero a lo que llama las tres narrativas de la coalición climática: la prosperidad ecológica, que habla de vivir mejor; la seguridad climática, que habla de vivir sin miedo y la responsabilidad planetaria, que habla de hacerse cargo del reto para poder vivir en común.

Cada una, sostienen, conecta con un valor distinto de la tríada republicana (igualdad, libertad, fraternidad) y deben usarse para disputar el terreno discursivo a una derecha que, avisan, encuentra en el negacionismo climático y en el libertarismo un combustible ideológico que prende rápido.

La obra, por lo tanto, ofrece también un lenguaje (como si fuera George Lakoff y su “No pienses en un elefante”) para disputar el sentido común. Que esa apuesta convenza dependerá entonces de si la izquierda ecosocialista es capaz de aplicarla con la disciplina que exige, algo que su propio diagnóstico sobre la debilidad organizativa del movimiento climático español pone en duda.

Del Quijote al solarpunk

La imagen del Quijote no podía faltar en una conexión visual elemental. Durante siglos la identidad nacional ha narrado desde la derrota gloriosa de Don Quijote, que se embistió contra molinos que confundía con gigantes. Ahora la tarea es a la inversa, ya que se deben cuidar a los gigantes (los aerogeneradores o las placas solares) que a simple vista parecen solo molinos.

Los autores toman prestada la estética solarpunk, esa “gramática visual de las reconciliaciones improbables” en la que conviven rebaños de ovejas y turbinas eólicas o huertos urbanos y drones, para imaginar una España que deje atrás la melancolía del imperio perdido y mire hacia delante con un tipo de orgullo distinto: el de un país dueño de su propio destino energético.

Se trata de “cruzar el río sintiendo las piedras bajo los pies”, dicen citando a Deng Xiaoping, el exdirigente del Partido Comunista Chino. Avanzar sin certezas absolutas, pero también sin la parálisis de quien espera un mapa perfecto antes de dar el primer paso.

Ofrecen algo poco habitual, casi como una convicción argumentada de que todavía está en nuestra mano intentarlo, y una hoja de ruta concreta, con nombres, cifras y soluciones para que ese intento no se quede únicamente en buenas intenciones.