La portada de mañana
Acceder
Entrevista | Bernie Sanders: “Trump está intentando socavar la democracia”
Crónica | Zapatero reaparece en televisión para contar lo que ya se sabía
Opinión | 'Hitler, Trump y la prioridad nacional de PP y Vox', por Javier Pérez Royo

El peligro de que los incendios alcancen cada vez mayor altitud: un terreno que no ardía y dificulta la extinción

Arde estos días el Ibón de Plan, en el Pirineo aragonés, pero los expertos no se sorprenden. Hace no tanto que un incendio a 2.000 metros de altitud como este se habría considerado una rareza. Hoy no es que pase cada día, pero ya no es novedoso para ellos. El fenómeno se veía venir: ya el año pasado se batieron récords de hectáreas quemadas a más de 1.500 metros.

“El área quemada va a seguir aumentando en los próximos años si no se toman medidas, porque la intensidad de los incendios está aumentando. Las zonas en las que previsiblemente veremos mayores aumentos en el área quemada son montañosas, de gran altitud, que tradicionalmente no se quemaban porque estaban muy húmedas”, explicó al Science Media Centre (SMC) España Víctor Resco de Dios, profesor de Ingeniería Forestal y Cambio Global de la Universidad de Lleida e investigador de Agrotecnio. Y cita Pirineos, el sistema Central o la cordillera Cantábrica como ejemplos.

Esto genera varios problemas, advierten los expertos. A esas altitudes, la presencia de medios terrestres para atacar al fuego es complicada, tanto por el mero acceso, aunque existen las brigadas aerotransportadas, como por su capacidad de moverse por un terreno hostil. El acceso al agua también se complica. Y, como explica Rubén Laina, profesor de la Escuela de la Ingeniería de Montes de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), “si no hay acceso de medios terrestres no puedes gestionar el incendio”.

Además, son zonas que no están acostumbradas a arder, añade Raúl de la Calle Santillana, secretario general del Colegio Oficial de la Ingeniería Forestal: “Tienen una menor experiencia histórica con incendios frecuentes y eso les lleva a ser más vulnerables. Tienen una capacidad de regeneración inferior a la vegetación de otras cotas, son ecosistemas mucho más sensibles: también hay consecuencias en los suelos, suelen ser zonas de cabecera de cuenca que puede afectar a la capacidad de infiltración del agua y su calidad y hay especies muy especializadas en esos hábitats. Por eso son especialmente preocupantes estos incendios”, argumenta.

Acción y omisión

Las causas tampoco son un misterio y tienen un factor común: el ser humano, por acción y por omisión. “A medida que aumente el combustible [en el monte] por el abandono rural, y que ese combustible se seque cada vez más por el cambio climático, nos vamos a encontrar con una mayor probabilidad de desarrollar megaincendios, o incendios extremos, porque en esas zonas es donde hay mayores acumulaciones de combustible”, añadía Resco de Dios.

“No es que antes no pasara”, matiza De la Calle Santillana, “ni es igual en toda España, pero en muchos casos el fuego empieza en zonas inferiores y encuentra condiciones para propagarse que antes no se daban montaña arriba, zonas que históricamente estaban más protegidas porque había una temperatura más baja y humedad y una mayor durabilidad de la nieve”, elabora.

A la mayor sequedad causada por el calentamiento global de origen antrópico se suma también “una mayor continuidad de la vegetación disponible”, motivada en buena medida “por el abandono de pastos y aprovechamiento típicos de estas zonas de cumbre”, continúa.

“En zonas de montaña donde hay una actividad ganadera relevante”, tercia el profesor Laina, “el interés es el pasto, y para que haya pasto se ha quitado el material y el arbolado y luego metían a su ganado, que hacía el mantenimiento del pasto. Una ganadería en extensivo en una determinada zona hace que el arbolado ni el arbusto tengan tiempo de regenerarse. Ahora, como esa actividad de ganadería extensiva se ha perdido, el monte no se limpia”, dice tirando de un verbo que, explica, no le gusta porque tiene connotaciones negativas, pero sirve para trasladar el mensaje.

Primero las personas, luego sus cosas y después el monte

Todo esto, explican Laina y De la Calle, se ve exacerbado por las políticas humanas. “Los dispositivos [de extinción] priorizan las zonas habitadas. La ley 893/2013 lo deja claro: primero las vidas humanas, después los bienes inmuebles e infraestructuras [aquí se incluyen las ganaderías] y después el medio natural. Y los medios quedan secuestrados y los bomberos no pueden atacar el fuego”, cuentan. No es una crítica al sistema, aclaran, pero sí un hecho que tiene afectación sobre el monte.

Sucedió en los incendios de León de 2025, ilustra Laina. “Tuvieron el gran problema porque afectaron a muchos núcleos urbanos muy dispersos, de manera que los servicios de extinción, en vez de estar mirando la cabeza del incendio (la que dice hacia dónde va, cuándo se va a parar, etc.) estaban pendientes de eso”, recuerda. Aquellos fuegos arrasaron con 129.836 hectáreas, la misma cantidad que, de media, se quemaba la década pasada en toda España en un año.

El profesor Laina cree que es necesario que “la población expuesta al riesgo, además de esperar apoyo de los servicios públicos, debería ser consciente y adecuar sus casas, sus jardines, y su cultura de incendios”.

También las administraciones, explica el ingeniero De la Calle, porque la nueva realidad obliga también a repensar los planes de prevención: “Zonas que antes se consideraban relativamente protegidas ahora hay que incluirlas en la planificación”.

“Un monte gestionado da ventanas de oportunidad”

Pero a veces ni siquiera actuar sobre el terreno es suficiente. Lo explicó el lunes Ricardo Jiménez, alcalde de La Mierla (Guadalajara), donde se está produciendo estos días unos de los peores incendios forestales del año: “La Junta ha hecho un esfuerzo grandísimo este invierno [para la prevención de incendios], han hecho cortafuegos, pero no ha sido suficiente”.

“Además de que no podemos actuar en el 56% del territorio [que tiene consideración forestal]”, tercia De la Calle. “Hablamos de actuar en zonas estratégicas, de disminuir la biomasa en zonas concretas. Porque es cierto que cuando llegan incendios voraces extremos es muy difícil pararlos aunque esté el monte gestionado. Pero un monte gestionado da ventanas de oportunidad, y muchos de los incendios que se apagan se debe a esto”.

En los alrededores del Ibón de Plan, a 2.000 metros de altitud en pleno Pirineo, los medios terrestres hacen lo que pueden, que es poco, como admitía el alcalde de la localidad, José Serveto. “Es [un incendio] muy difícil de atacar” porque en el terreno hay “una cortada de precipicios” por la que “caen árboles en llamas desde arriba hacia la parte baja”. El trabajo se hace fundamentalmente con medios aéreos, “pino a pino”. No hay otra manera y la tecnología, opina el ingeniero De la Calle, no resolverá esta cuestión. “Tener más medios no va a hacer más fácil este tipo de extinción”, cierra.