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Represión, soledad y discriminación: la mochila que pesa sobre muchas personas mayores LGTBI

Un viaje del IMSERSO. Después de cenar, un grupo de personas mayores bailan con sus parejas en un hotel de una localidad de Murcia. Todas ellas pueden disfrutar de ese rato de ocio en libertad, salvo dos. También son pareja y deciden ponerse a bailar como el resto, pero no se les permite. ¿La diferencia? Son dos hombres. “Fue tal la presión que recibieron de los compañeros y del hotel que tuvieron que retirarse a su habitación, abrir la ventana para escuchar la música y bailar allí”, relata Juan José Argüello, presidente de la Fundación 26 de Diciembre, a quien los afectados contaron lo ocurrido.

Este caso de discriminación homófoba es un ejemplo de cómo las personas mayores LGTBI sufren a menudo rechazo y dificultades por su orientación sexual o su identidad de género. Problemas que responden a muchas casuísticas, pero que “vienen arrastrados desde la memoria”, apunta Argüello. La dictadura franquista persiguió con dureza a este colectivo y muchos de quienes hoy son mayores vivieron esa represión. “Los gays sufrimos encarcelamiento, las mujeres lesbianas acababan en psiquiátricos y las trans no se contemplaban: al régimen debía explotarle la cabeza”, destaca sobre esa persecución. Una discriminación que ha dejado huella en esa generación: “Eso va configurando un perfil psicológico que yo resumiría como miedo. A ser quien eres y a mostrar ser quien eres”.

Pero la LGTBIfobia que arrastran sobre sus espaldas las personas mayores va más allá del franquismo y de lo institucional. Margarita Llorente, presidenta de la asociación de mujeres mayores lesbianas Cantapaxarina, explica que “con las familias no siempre han ido las cosas bien”. “No hemos sido del todo aceptadas. Yo misma estoy expulsada del WhatsApp familiar porque soy diferente. Tengo un montón de hermanos y la mayoría no me dejaban a mis sobrinos porque les parecía peligroso”, ejemplifica, aunque dentro de esa realidad también hay espacio para el encuentro: “Tengo un sobrino gay al que le pasa un poco parecido y nos hemos convertido en la familia. Nos protegemos”.

Si a esos rechazos se añade el hecho de que la mayoría de las personas LGTBI de esa generación ni se han casado ni han podido tener hijos, se explica en parte por qué en este colectivo se da un mayor aislamiento.

Han sido expulsadas de sus familias, de su ambiente, de sus trabajos, de sus amistades. Han tenido dificultades para desarrollar su afectividad y su sexualidad

“Son personas que nunca han sido queridas”, sintetiza Argüello. “Han sido expulsadas de sus familias, de su ambiente, de sus trabajos, de sus amistades. Han tenido dificultades para desarrollar su afectividad y su sexualidad”, profundiza. La soledad que sufren puede llevarles a veces a conductas dañinas, como es el caso del chemsex, en el que apunta que están entrando “cada vez más personas mayores, porque es un entorno en el que, bajo el efecto de las drogas, son aceptados”.

La discriminación laboral también pesa en la mochila de este colectivo. Llorente la sufrió en primera persona: “He tenido acoso en el trabajo. Se me atacó duramente, entre otras cosas por ser lesbiana, porque yo nunca me oculté. Me tuve que ir a otro centro”, recuerda esta mujer de 75 años.

La LGTBIfobia sufrida también ha provocado que muchas de estas personas desarrollen cierta desconfianza en los servicios públicos. “Temen cómo pueden ser tratados o si van a ser juzgados”, indica el presidente de la Fundación 26 de Diciembre. Esto a veces desemboca en problemas de salud o en que no se puedan beneficiar de “las prestaciones y los avances sociales que ha tenido este país”, precisa.

Todas rechazamos ir a residencias porque son lugares bastante duros

La presidenta de la asociación Cantapaxarina expresa la visión que tienen las mujeres lesbianas de su generación sobre las residencias de mayores: “Todas rechazamos ir porque son lugares bastante duros”. Cree que son espacios “un poco hostiles todavía” en los que les cuesta sentirse seguras. Argüello también describe situaciones de discriminación en las residencias. Menciona el caso de un hombre de 85 años al que expulsaron por tener VIH. Lamenta que estos centros “no contemplan la diversidad”.

Iota es una mujer trans de 49 años que conoce en carne propia la discriminación en los servicios públicos. “Hubo una época en la que estuve en la calle y acudía a albergues de acogida, que eran básicamente masculinos. Si tuviera que estar hoy allí, probablemente tendría bastante miedo. Al rechazo, a agresiones verbales y microagresiones, al maltrato, a tener que estar explicándome…”, expresa desde el espacio que la Fundación 26 de Diciembre tiene en el centro de Madrid, en el que recibe apoyo psicológico y terapia ocupacional.

Juan José Argüello explica que, de todas las problemáticas que sufren las personas mayores LGTBI, en el caso de las personas trans se elevan de manera exponencial: “Tienen una alta vulnerabilidad. Empezando porque, hasta hace poco, su esperanza de vida era muy corta”, en parte por los “tratamientos médicos terribles e inadecuados” que recibieron. “Han sido muy vilipendiadas y agraviadas. Por lo tanto, han llegado a estas edades con graves problemas económicos, sociales y de integración”, señala. Y añade que “incluso dentro de la comunidad LGTBI han sido las personas más abandonadas y ridiculizadas”.

La discriminación hacia las personas LGTBI puede ir a más en un momento en el que la extrema derecha está ganando poder tanto en España como a nivel internacional.

La asociación Cantapaxarina conoce lo que suponen las campañas de la extrema derecha, en su caso a través de la desinformación. Hace poco, presentaron un proyecto de redes de apoyo entre mujeres del colectivo. Desde Vox se difundió un bulo sobre la iniciativa. “Manipularon la información. Salieron diciendo que nos habían regalado viviendas a las lesbianas mayores y se armó la de San Quintín. No era cierto, ni muchísimo menos”, explica la presidenta de la asociación. “Es una pequeña muestra de que estamos expuestas. Mucha gente tenemos miedo, no estamos seguras. Hay socias que no quieren salir públicamente”, lamenta.

Para Iota, la mujer trans que participa en los servicios de la Fundación 26 de Diciembre, el auge de la extrema derecha no es solo una amenaza para el futuro del colectivo, sino un problema ya presente. Alerta del impacto que “ya está teniendo”: “Los mensajes de odio e incluso las agresiones se han intensificado”. A pesar de eso, encuentra espacio para el optimismo: “Creo que es una fase que nos ha tocado vivir y nos duele directamente, pero ha habido fases peores y se han superado. Creo que ya empieza a verse su final. No sé si será mañana o pasado, pero creo que esto, tarde o temprano, pasará”.

Iota lanza este mensaje de esperanza en una sala de la sede de la fundación mientras, en la de al lado, un grupo de personas mayores juega al dominó. Antes han puesto sevillanas. Están en un espacio amplio y colorido que acoge a quienes no siempre son bienvenidos en otros lugares. La entidad nació en 2010 con la intención de crear una residencia especializada en mayores LGTBI. Ese proyecto ha costado, pero ya está en sus últimas fases y esperan que en 2027 pueda entrar en funcionamiento. Más allá de esa iniciativa, la Fundación desarrolla todo tipo de acciones de intervención psicosocial, formación e investigación en Madrid y Galicia, en las que participan unas 800 personas.

Cantapaxarina, por su parte, se centra en tejer redes para facilitar que las mujeres mayores lesbianas rompan su soledad relacionándose entre ellas. Propicia lugares de encuentro en los que coincidir con personas afines y estancias de unas en casas de otras en distintas ciudades. Aunque es una asociación asturiana, promueve estos intercambios en diferentes territorios del país. Con el tiempo les gustaría organizar viviendas colaborativas en las que estas mujeres puedan convivir y acompañarse.

Proyectos como estos dan cobijo a un colectivo que a menudo ha sido expulsado de muchos espacios. Y les ayudan a conocer a otras personas con la que salir del aislamiento. Como dice Iota, todo el mundo puede encontrar quien le acompañe: “Vivir libremente tu propia realidad es muy bonito. Y si la que consideras tu familia o tu gente más cercana no te apoya, búscate otra familia porque seguro que la encontrarás. Al final tu familia es quien te quiere, quien está contigo y quien te apoya. Y la sangre no significa nada”.