¿Qué se está haciendo mal?
Todos los veranos sigo con angustia la evolución de los incendios forestales, cada año más violentos. Soy forestal y entre 1987 y 1993, al frente del ICONA, el máximo responsable de la prevención y extinción para toda España. Pero esta vez el incendio del entorno de San Juan de la Peña me duele aún más, pues está afectando a montes que conozco muy bien, pues estuvieron a mi cargo varios años como ingeniero del Distrito Forestal de Huesca y entre ellos están ardiendo repoblaciones que dirigí personalmente.
Todos los años los ciudadanos nos hacemos la misma pregunta: ¿Qué se está haciendo mal? Los profesionales lo sabemos: Desde hace mucho tiempo venimos fallando en la prevención.
La gestión forestal es la gran olvidada en los Presupuestos. No son inversiones de relumbrón que merezca inaugurar y se realizan donde casi nadie las ve. Además, si se hacen bien apenas dejan huella. En descargo de nuestros responsables políticos, este no es un problema solo aragonés o español, sucede por toda Europa. La madera, principal recurso de nuestros montes, tiene cada vez mayores costes de obtención y escaso valor en el mercado. En cuanto a los valores del paisaje y la vida silvestre, solo los apreciamos cuando los perdemos.
La virulencia creciente de los incendios es la consecuencia inmediata de la modernización del mundo rural y de la actividad agraria: Se han abandonado los campos que no se pueden trabajar con tractor, los pocos ganados que quedan ya no triscan por estos pastos marginales y ya nadie recoge leñas para el hogar. Los campos se cultivan todos los años y se ha abandonado el año y vez que dejaba la mitad de la tierra labrada sin sembrar.
El paisaje vegetal ha cambiado de forma dramática: ahora una alfombra de matorral inflamable se extiende por toda España y el fuego no encuentra apenas obstáculos a su paso. La prevención pasa por rediseñar ese paisaje vegetal para hacerlo más resistente a los incendios. No se trata de limpiar los montes, como se oye decir con demasiada frecuencia, no se limpian porque no están sucios, no son jardines urbanos, están como corresponde a su estado natural. Ese nuevo diseño del paisaje vegetal requiere crear franjas libres de matorral alrededor de las zonas habitadas, pueblos y urbanizaciones, bien limpias cada año, porque el primer objetivo es salvar personas y bienes, y eso compete de lleno a los Ayuntamientos con las ayudas que corresponda. Además, aprovechando barrancos, carreteras, caminos rurales y ribazos, crear franjas cortafuego de anchura suficiente para obstaculizar el avance del incendio, compartimentando el territorio. Bien entendido que no se trata de detener en seco su avance, sino de disponer de puntos de apoyo para facilitar el trabajo del personal de extinción ya sea aplicando quemas controladas, contrafuegos o facilitar el tránsito de vehículos y maquinaria pesada en la extinción.
Solo con la prevención no lograremos nada si no somos capaces de entender que en épocas de riesgo no se puede utilizar el fuego ni maquinaria ni vehículos susceptibles de generar chispas o llamas, porque es el uso imprudente o temerario del fuego el que provoca la práctica totalidad de los incendios. Pirómanos, especuladores del suelo o la madera, de haberlos, cosa poco probable, son causas irrelevantes a pesar de los bulos que vienen circulando desde hace ya muchos años. Los ciudadanos, especialmente quienes viven, trabajan o circulan en torno a los montes, debemos ser conscientes que somos nosotros los culpables de provocar los incendios con nuestro comportamiento irresponsable.
Y un aviso a los negacionistas del cambio climático con responsabilidades de gobierno: esa actitud conducirá a más víctimas y mayores daños.
A los vecinos afectados, especialmente a Alastuey y Larués, pueblos de mi abuela y mi madre, ánimo y consuelo solidario. Gente brava altoaragonesa que siempre ha sabido afrontar los malos tiempos.
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