Brasilia salta por los aires como utopía urbana: el plan original ya no soporta su crecimiento
Las fachadas cubiertas de azulejos portugueses siguieron marcando durante siglos la forma de entender el poder en Brasil. Salvador de Bahía y Río de Janeiro crecieron mirando al Atlántico porque el comercio colonial dependía de los puertos y de la salida rápida de mercancías hacia Europa.
Esa organización dejó una concentración política y económica pegada a la costa, mientras enormes zonas del interior quedaban lejos de las decisiones del Estado. También creó una relación desigual entre las ciudades administrativas y el resto del territorio, ya que buena parte de las infraestructuras, los servicios públicos y las inversiones se dirigían hacia las áreas costeras.
Salvador había sido el primer gran centro político del país y Río tomó después ese papel con una imagen más moderna y ligada al crecimiento industrial. Aun así, las dos capitales seguían arrastrando símbolos y estructuras nacidas durante el dominio portugués. Ese pasado empujó décadas más tarde la búsqueda de una capital levantada lejos del mar.
Lucio Costa dibujó Brasilia con forma de avión
Brasil construyó Brasilia a finales de los años 50 en apenas tres años, según recoge BBC World, con el propósito de desplazar el centro político hacia el interior del país y dejar atrás la importancia histórica de Salvador de Bahía y Río de Janeiro.
El presidente Juscelino Kubitschek impulsó el proyecto en 1956 después de una crisis política que había dividido Brasil. Antônio Carlos Carpintero, profesor de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Brasilia, explicó a BBC Mundo que el plan tenía un sentido “simbólico y militar” porque buscaba ocupar el interior y proteger mejor la capital ante posibles ataques o revoluciones. Kubitschek también quería presentar una imagen de unidad nacional y conectar regiones muy alejadas entre sí.
El urbanista Lucio Costa diseñó el llamado Plano Piloto a partir de una cruz arqueada que desde el cielo acabó pareciendo un avión. En uno de los ejes colocó las zonas residenciales y en el otro situó el eje monumental con los edificios públicos creados por Oscar Niemeyer.
Costa aplicó ideas inspiradas en la arquitectura moderna europea y repartió la ciudad según funciones distintas para vivir, trabajar, circular o pasar el tiempo libre. El jurado internacional que eligió el proyecto en 1957 lo describió como “simple pero muy innovador”. Costa defendía además que la nueva capital debía funcionar como un monumento capaz de ordenar la sociedad de una forma más eficiente.
La expansión real de la ciudad cambió pronto esos planes. Antes incluso de la inauguración oficial ya habían aparecido asentamientos como Candangolândia y Núcleo Bandeirante, donde residían trabajadores y empleados ligados a las obras. Taguatinga nació dos años antes de que Brasilia quedara terminada para alojar a nuevos migrantes.
Sylvia Ficher, especialista en historia de la arquitectura de la Universidad de Brasilia, explicó a BBC Mundo que los responsables del proyecto pensaron de forma “muy poco realista” al imaginar que los obreros abandonarían la zona cuando acabaran las construcciones. La necesidad de dar vivienda a miles de personas empujó después la creación de más ciudades satélite y nuevos barrios periféricos.
Los superbloques de Costa acabaron siendo caros
Los llamados superbloques buscaban reunir edificios rodeados de vegetación y zonas abiertas para facilitar la convivencia vecinal. Costa quería además que altos funcionarios y empleados con menos recursos vivieran cerca unos de otros. La construcción acelerada cambió ese propósito.
Carpintero señaló a BBC Mundo que muchos edificios quedaron más estandarizados y con menos apartamentos, una situación que redujo la diversidad social y aumentó la segregación. Los superbloques terminaron siendo caros por el coste de la construcción y del mantenimiento, de modo que solo una parte reducida del Plano Piloto llegó a desarrollarse por completo.
La división extrema de Brasilia en sectores también generó dificultades cotidianas. Algunas áreas quedaban vacías durante buena parte del día porque cada espacio tenía una función demasiado delimitada. Costa llegó a admitir décadas después que no tenía sentido insistir tanto en esa separación rígida de usos. Ficher resumió el problema con otra frase dirigida a BBC Mundo. “Se pensaba que el control era bueno”.
El coche ocupó desde el principio el centro de la planificación urbana. Brasilia se llenó de autopistas amplias, pasos rápidos y largas avenidas sin semáforos ni cruces tradicionales. Carpintero explicó que la ciudad parecía “una especie de comercial publicitario del automóvil” porque coincidía con el crecimiento de la industria automovilística brasileña.
Ese diseño perjudicó a quienes dependían del transporte público y obligó a muchos peatones a caminar grandes distancias bajo el calor de la meseta central. El crecimiento de la población también provocó más tráfico del esperado y complicó la circulación incluso para los coches.
La expansión periférica rodeó el diseño original de Brasilia
El Plano Piloto tiene hoy poco más de 220.000 habitantes y representa alrededor del 7,3% de la población total del Distrito Federal. El resto vive repartido en 33 regiones administrativas y ciudades satélite que acabaron dando forma a una metrópoli mucho mayor que la imaginada en los años 50.
La UNESCO declaró el Plano Piloto Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad a finales de los 80, una protección que limita muchos cambios urbanísticos. Ficher cree que la ciudad original terminó convertida en una especie de centro histórico rodeado por una expansión imposible de contener. Aun así, Brasilia acabó haciendo justo aquello que Kubitschek perseguía desde el principio: acercar el interior del país al resto de Brasil.