Científicos proponen un megamuro entre Alaska y Rusia para evitar el colapso de la AMOC

Mucho antes de que existieran las fronteras entre Rusia y Estados Unidos, varias rutas de paso unían dos masas continentales que hoy parecen separadas por completo. El estrecho de Bering ocupa ese espacio situado entre Siberia y Alaska y actúa como una franja marítima que conecta el Pacífico con el Ártico.

En algunos puntos apenas supera los 80 kilómetros de anchura y cuenta con pequeñas islas en mitad del recorrido, algo que explica por qué ha sido visto durante siglos como un lugar estratégico para el comercio, la navegación y el movimiento de poblaciones.

En la Antigüedad la situación era muy distinta. Hace millones de años existía allí una conexión terrestre que impedía el intercambio de agua y permitía caminar entre Asia y Norteamérica. Esa franja desapareció con los cambios del nivel del mar, aunque todavía sigue ocupando un lugar importante para entender la historia climática del planeta y los desplazamientos humanos que atravesaron esa región helada.

Jelle Soons y Henk Dijkstra imaginan tres barreras

Un estudio publicado en Science Advances propone recuperar de manera artificial parte de aquella antigua barrera mediante tres presas colocadas a lo largo del estrecho de Bering. Según Live Science, el investigador climático Jelle Soons y el oceanógrafo Henk Dijkstra creen que esa intervención podría ayudar a estabilizar la Circulación Meridional de Retorno del Atlántico, conocida como AMOC.

El trabajo nació después de que Soons escuchara en una conferencia celebrada en Utrecht una exposición sobre el clima del Plioceno Medio y la antigua conexión terrestre que cerraba ese paso marítimo. Esa misma noche empezó a preguntarse si aquella situación podría reproducirse con ingeniería moderna.

La AMOC funciona como una red de corrientes que mueve agua cálida y salada desde las zonas tropicales hacia el norte del Atlántico. Allí libera parte del calor en la atmósfera europea y después devuelve agua fría hacia el sur. Ese mecanismo explica por qué ciudades del norte de Europa mantienen temperaturas menos extremas que otras regiones situadas en latitudes parecidas.

El sistema también influye en la lluvia sobre África y América del Sur, además de afectar a la vida marina y a la circulación oceánica. Si esa corriente llegara a fallar, partes del continente europeo sufrirían inviernos mucho más fríos y la costa noreste de Estados Unidos podría registrar una subida del mar de al menos 50 centímetros.

La propuesta de Soons y Dijkstra parte de que, en la actualidad, entra agua dulce procedente del Pacífico a través del estrecho de Bering y una parte termina llegando al Atlántico Norte después de pasar por el Ártico. Los investigadores creen que bloquear ese intercambio elevaría la salinidad del Atlántico Norte y facilitaría que el agua volviera a hundirse con normalidad.

El proyecto necesitaría tres presas porque dos islas dividen el estrecho en varios tramos. La estructura más larga alcanzaría unos 38 kilómetros. Henk Dijkstra llegó a bromear sobre la propuesta y, según relató la Süddeutsche Zeitung, comentó que otro neerlandés quería construir un gran dique.

Los resultados de las simulaciones no ofrecen una respuesta única. Los modelos muestran que el cierre del estrecho podría ayudar a estabilizar la AMOC cuando el debilitamiento todavía no fuera extremo y las emisiones de dióxido de carbono siguieran en niveles moderados. Sin embargo, el efecto cambia si la circulación ya se encuentra demasiado dañada.

Varios científicos dudan ante una obra gigantesca

En ese caso, las simulaciones apuntan a que la intervención aceleraría el deterioro del sistema. Jonathan Baker, oceanógrafo de la Oficina Meteorológica del Reino Unido, explicó a Live Science que “no se trata de una solución sencilla”. Aixue Hu, del Centro Nacional de Investigación Atmosférica, añadió al mismo medio que el efecto depende mucho de la fuerza previa de la AMOC y de los niveles de CO2.

Las críticas no se limitan a la incertidumbre climática. Marilena Oltmanns declaró a la Süddeutsche Zeitung que el proyecto funciona más como un experimento mental que como una solución lista para aplicarse y señaló que el modelo no reproduce toda la complejidad real de la circulación oceánica. También recordó que una presa no frenaría el deshielo de Groenlandia ni resolvería otros efectos del calentamiento global.

Thomas Haine, de la Universidad Johns Hopkins, comentó a The New York Times que incluso una demostración favorable dejaría muchas razones para considerar la obra una mala opción.

La construcción tampoco sería sencilla. El estudio calcula una profundidad máxima de 59 metros y compara la obra con grandes diques ya existentes en Corea del Sur o Países Bajos. Aun así, el estrecho de Bering presenta corrientes fuertes, hielo marino y una ubicación remota situada entre dos potencias rivales.

Soons reconoció a The New York Times que una infraestructura así sería difícil de retirar una vez terminada. Además, podría alterar la pesca, la fauna marina, las rutas de transporte y la vida de varias comunidades indígenas que dependen de ese paso para comerciar y alimentarse.

El motivo de todo este debate aparece en las previsiones sobre la propia AMOC. Distintas investigaciones indican que la circulación se está debilitando por la llegada de grandes cantidades de agua dulce procedente del deshielo de Groenlandia. Un estudio reciente calcula que la velocidad del sistema podría caer entre un 43% y un 59% antes de 2100.

Soons reconoció a Live Science que “las pruebas apuntan a un colapso, pero es muy incierto”. Por eso los autores insisten en que reducir las emisiones de gases de efecto invernadero sigue siendo la vía más fiable, mientras la enorme barrera imaginada entre Alaska y Siberia continúa siendo una hipótesis nacida en una conversación informal después de una conferencia científica.