El Coliseo escondía mucho más que gladiadores: los romanos acudían a espectáculos que hoy casi nadie recuerda
Algunos condenados preferían quitarse la vida antes de enfrentarse a las ejecuciones públicas del Coliseo, donde el mediodía podía acabar en crucifixiones o ataques de animales salvajes. Las autoridades recurrieron asimismo a mecanismos concebidos para prolongar el suplicio, entre ellos grandes columpios que lanzaban a las víctimas hacia un oso. Aquellas muertes atraían menos espectadores que otros actos del programa, aunque el castigo público seguía integrado en la oferta de entretenimiento.
Vespasiano ordenó levantar el anfiteatro en Roma
Una década antes de que el recinto abriera sus puertas, el emperador Vespasiano ordenó construir el Coliseo en el año 70 d.C., después de una etapa en la que los romanos habían evitado levantar su propio anfiteatro para no imitar la afición griega por el teatro.
El aumento de la popularidad de los duelos de gladiadores terminó modificando esa postura. Una vez terminado, el edificio tampoco acogía juegos todos los días, ya que se reservaban para festivales y otras fiestas. El cumpleaños del emperador podía justificar igualmente la celebración de una de aquellas jornadas.
Con la inauguración del anfiteatro en el año 80 d.C., el emperador Tito, hijo de Vespasiano, puso en marcha 100 días de juegos y llevó al programa recreaciones de batallas navales ante el público que podían servir también en algunas ocasiones para ejecutar a condenados.
Algunas se desarrollaron en la propia arena y otras en la Naumachia Augusti, junto al río Tíber. Gregory Woolf, catedrático Ronald J. Mellor de Historia Antigua en la Universidad de California en Los Ángeles, relaciona aquellas exhibiciones con la voluntad de Tito de demostrar su poder ante la población.
Las jornadas separaban animales, castigos y gladiadores
En la mayoría de los días de espectáculo, el programa quedó organizado por franjas y reservó las mañanas a los animales, mientras el mediodía quedaba destinado a los castigos públicos. La tarde pertenecía a los gladiadores y congregaba a miles de personas que podían esperar durante todo el día hasta la llegada de esos combates. La demanda de violencia aumentó entre los asistentes, y los responsables romanos respondieron preparando funciones cada vez más sangrientas para conservar el interés de la grada.
Las cacerías matinales reunían especies que iban desde leones y elefantes hasta tigres, osos, toros y rinocerontes, obligadas a luchar entre ellas o a realizar trucos cuando rehusaban atacar. El emperador Probo llegó a convertir la arena en un bosque con árboles que escondían a un cazador y a su presa; el cazador solía matar primero al animal, aunque algunas veces era la presa la que terminaba imponiéndose.
Los poetas celebraron a combatientes como Carpóforo, al que atribuyeron la muerte de un oso y un león. Cómodo llegó a entrar desnudo para decapitar avestruces, y parte de los animales abatidos habría terminado servido al público como alimento.
La tarde reservaba los combates más esperados
Los combates de la tarde alcanzaban la mayor expectación y podían prolongarse incluso cuando la grada pedía que terminaran, como ocurrió en el enfrentamiento entre Prisco y Vero. Tito rechazó detener aquella lucha pese a las peticiones de los espectadores, en una ocasión poco habitual dentro de unas veladas donde se vitoreaban la violencia y la muerte. Con el paso de los siglos, nombres como Espículo, Aptoneto, Cómodo y Espartaco quedaron asociados a la cultura gladiatoria, aunque no todos llegaron a luchar dentro del Coliseo.
La versión cinematográfica de Máximo Décimo Meridio convirtió su venganza por la muerte de su esposa y su hijo en un duelo con Cómodo dentro del Coliseo, una trama de ficción histórica construida sobre prácticas que sí formaron parte del anfiteatro romano. Casi dos milenios después de aquellas funciones, millones de turistas recorren sus pasillos y contemplan un espacio cuya función ha pasado del entretenimiento basado en la muerte a la conservación y divulgación de su historia.