Considerada la pionera de la cirugía infantil, participó hace casi 30 años en la primera separación de unas hermanas siamesas
Es considerada todo un hito fundamental en el campo de la medicina, al ser la primera mujer cirujana infantil de España. Aunque nacida en Portugal en 1938 pero de padres gallegos, María Guadalupe Pérez-Lafuente Leiro desafió los prejuicios de una época donde el quirófano era terreno masculino. Con un corazón grande y mente brillante, vio menos obstáculos que otras personas gracias a su determinación inquebrantable. Su imponente figura operando neonatos rompió moldes en una especialidad que apenas comenzaba a abrirse a las mujeres. Fue una pionera absoluta que combinó habilidad técnica con una calidez humana y sabiduría infinitas. De hecho su legado sigue vivo en cada intervención pediátrica moderna realizada por mujeres en nuestro país.
Su vocación se manifestó tempranamente en una niñez repartida entre Portugal y las costas de Villanueva de Arousa. En aquellos años, Guadalupe ya jugaba a curar y operar a sus muñecos, preludio de su exitosa vida médica. Su formación escolar fue internacional, cursando el bachillerato en territorio luso y finalizando sus estudios básicos en Inglaterra. Posteriormente, inició la carrera de medicina en la Universidad de Oporto, trasladándose luego a Santiago de Compostela para licenciarse. En la facultad gallega destacó por su brillantez, logrando graduarse en el año 1966. Este periplo formativo europeo le otorgó una visión cosmopolita y avanzada de la medicina de su tiempo.
Aunque sintió atracción por la psiquiatría infantil, Guadalupe se decantó finalmente por el rigor de la cirugía pediátrica. Fue en el Hospital de Santiago donde realizó el novedoso plan de residencia propuesto en 1962, convirtiéndose así en la primera mujer en finalizar este programa oficial de formación especializada en toda España. Bajo las órdenes de Manuel Moreno de Orbe, aprendió las técnicas quirúrgicas básicas mientras trataba casos complejos. Su formación fue absolutamente selecta, pues el programa inicial solo permitía un número muy reducido de residentes. Esta etapa en Madrid y Santiago forjó sus manos hábiles, cualidad exigida a los grandes cirujanos.
Tras completar su formación, su trayectoria profesional la llevó inicialmente al Hospital Virgen del Rocío en Sevilla como adjunta. Durante tres años ejerció en la capital andaluza, donde comenzó a demostrar su gran destreza en el quirófano. Sin embargo, en esta etapa se topó con los techos de cristal de la discriminación de género. A pesar de tener un mejor currículum, se le negó una jefatura de servicio alegando simplemente que ella era mujer. Ante tal injusticia, Guadalupe decidió marcharse y regresar a su Galicia natal para continuar con su carrera. Aquella decisión firme demostró que su dignidad profesional estaba por encima de cualquier estructura jerárquica sesgada.
En agosto de 1974, Guadalupe aprobó su plaza por oposición en el Hospital Juan Canalejo de A Coruña. Allí desarrolló la mayor parte de su vida profesional hasta su jubilación en 2008, dejando una huella imborrable. Fue pionera en la puesta en marcha de la Unidad de Oncología Pediátrica para tumores sólidos en Galicia. Además, instauró la colocación de catéteres subcutáneos para quimioterapia, un procedimiento novedoso en la sanidad de la zona. Su interés por la innovación la llevó a acoger con entusiasmo la aparición de la cirugía laparoscópica. De hecho, realizó la primera extracción de vesícula biliar por laparoscopia en un niño tras formarse intensamente.
El mayor hito de la medicina coruñesa llegó en diciembre de 1975 con la separación de dos hermanas siamesas. Guadalupe lideró la organización e intervención de este caso histórico, el primero con éxito realizado en toda Galicia. La operación requirió una preparación previa exhaustiva, estudiando casos internacionales y consultando a diversos expertos médicos. Se debatió intensamente si usar dos quirófanos o uno grande con dos mesas, optando por esta última opción. Aunque la comunicación era pequeña, la complejidad logística fue impresionante para la tecnología de la época.
Compromiso social
Más allá de los quirófanos convencionales, la doctora Pérez-Lafuente mostró un compromiso social profundo mediante el voluntariado. Colaboró activamente con la ONG Solidariedade Galega, viajando durante tres veranos a Nicaragua para operar niños desfavorecidos. En condiciones de extrema precariedad, realizó intervenciones quirúrgicas vitales con medios muy rudimentarios en Ocotal. Ella misma recordaba haber tenido que terminar alguna operación usando linternas debido a los frecuentes cortes eléctricos. Estas experiencias la llenaron de felicidad y reforzaron su pasión por ayudar a los más vulnerables del mundo. Para ella, la medicina siempre tuvo un componente humano que superaba la técnica.
Muy apegada a Galicia a pesar de no haber nacido en esa tierra, a lo largo de su carrera, Guadalupe demostró su grandeza a través de resultados médicos. Sus compañeros nunca olvidaron su figura imponente operando neonatos o reconstruyendo paladares con infinita paciencia. Se convirtió en la punta de lanza de una especialidad monopolizada por hombres, abriendo brecha con total sabiduría. Su éxito se basó en combinar la habilidad quirúrgica con un conocimiento del entorno familiar.