Dinamarca vendió las Islas Vírgenes en 1917 y aceptó no reclamar Groenlandia, un pacto que cambió el control del norte
La invocación de la seguridad nacional suele aparecer cuando un país quiere justificar el control de un territorio que considera útil para sus intereses. Estados Unidos ha reactivado ese argumento en 2026 al insistir en Groenlandia, una isla que sigue bajo soberanía de Dinamarca y que se ha colocado en el centro del debate político internacional.
Donald Trump ha defendido esa postura con declaraciones que cuestionan los derechos daneses sobre el territorio y ha afirmado que “el hecho de que un barco suyo llegara a Groenlandia hace 500 años no significa que sean los dueños de la tierra”. Ese tipo de argumentos no se limita a una discusión histórica, sino que apunta a una lógica de control geográfico basada en rutas, recursos y posición estratégica.
Groenlandia ocupa un lugar relevante en el Ártico, donde confluyen intereses militares y económicos, y ese valor explica el interés renovado en un momento de tensiones globales, la misma lógica que llevó a Estados Unidos a asegurar hace más de un siglo un archipiélago caribeño que consideraba vulnerable.
Washington compró un archipiélago caribeño a Dinamarca en 1917
Estados Unidos compró las Islas Vírgenes a Dinamarca en 1917 tras unas negociaciones marcadas por la Primera Guerra Mundial y el temor a Alemania. Según recoge Bloomberg, el acuerdo se cerró por 25 millones de dólares en oro y respondía a un cálculo estratégico sobre el control del Caribe. Ese territorio pasó a llamarse Islas Vírgenes de los Estados Unidos y se convirtió en una pieza relevante dentro del sistema defensivo estadounidense en la región.
El riesgo que preocupaba a Washington tenía que ver con el avance alemán en Europa y la posibilidad de que Dinamarca, que mantenía una posición neutral, acabara siendo invadida. Astrid Andersen, investigadora del Instituto Danés de Estudios Internacionales, explicó a BBC Mundo que “Dinamarca era neutral en la guerra, y el temor en Washington era que Alemania pudiera invadirla y hacerse así con el control de las islas y del puerto de Saint Thomas”. Ese escenario habría permitido a los submarinos alemanes operar desde una base cercana a las rutas marítimas estadounidenses, con capacidad para atacar barcos en el Atlántico y el Caribe.
El acuerdo que cerró la venta incluyó una condición relevante que iba más allá del Caribe. Estados Unidos aceptó no oponerse a que Dinamarca ampliara sus intereses políticos y económicos sobre Groenlandia, lo que supuso un reconocimiento implícito de su soberanía sobre esa isla.
Este punto, documentado también por el U.S. Department of State, formó parte del equilibrio diplomático que permitió cerrar la operación. Washington priorizaba la seguridad en el Caribe y, a cambio, dejaba abierta la vía para que Dinamarca consolidara su posición en el Ártico.
La Primera Guerra Mundial marcó cada decisión estratégica
El contexto de la Primera Guerra Mundial marcó cada paso de ese proceso. Europa vivía una guerra de trincheras que desgastaba a los países implicados, mientras los aliados buscaban que Estados Unidos se implicara en el conflicto. Los ataques de submarinos alemanes contra barcos estadounidenses aumentaron la presión interna.
Ese clima empujó al gobierno de Woodrow Wilson a reforzar su presencia en zonas estratégicas. La apertura del Canal de Panamá en 1914 había elevado aún más la importancia del Caribe, ya que garantizaba una conexión rápida entre océanos y exigía protección constante.
El cambio de soberanía se formalizó el 31 de marzo de 1917 con una ceremonia en la que la bandera estadounidense se izó por primera vez en los edificios oficiales de las islas. En ese mismo acto, una guardia danesa arrió su bandera y la retiró definitivamente. A partir de ese momento, el archipiélago pasó a ser un territorio no incorporado de Estados Unidos, con un estatus distinto al de los estados federales.
La presión de Estados Unidos aceleró las negociaciones con Dinamarca
Las negociaciones que llevaron a ese resultado estuvieron marcadas por una presión constante por parte de Washington. Andersen señaló que el tono de las conversaciones recordaba a planteamientos actuales, con una advertencia implícita de intervención si no se alcanzaba un acuerdo. Estados Unidos dejó claro que prefería una venta pactada, pero no descartaba ocupar las islas para evitar que cayeran en manos alemanas. Esa presión aceleró el proceso y llevó a Dinamarca a aceptar las condiciones.
El acuerdo fue ratificado por ambos países y también por la población danesa mediante un referéndum. Sin embargo, la historiadora Andersen recordó que la población de las islas no participó en esa decisión, lo que dejó fuera a quienes vivían en el territorio afectado. En Dinamarca, la percepción de las islas era distante, ya que muchos ciudadanos no las consideraban parte esencial del país.
La historia colonial y el declive económico influyeron en la venta
La historia previa del archipiélago explica en parte esa distancia. Las llamadas Indias Occidentales Danesas habían pasado por varias potencias europeas antes de quedar bajo control danés en el siglo XVII. La colonia creció con la compra de Saint Croix a Francia en 1733 y vivió cambios importantes como la abolición de la esclavitud en 1848.
Sin embargo, desde el siglo XIX entró en una fase de declive económico que hizo cada vez más costosa su administración para Dinamarca. Tras la compra por Estados Unidos, el territorio quedó bajo administración naval hasta 1931 y, más tarde, se introdujeron cambios legales que dieron mayor autogobierno, con ciudadanía plena reconocida en 1932 y un sistema político propio que evolucionó con el tiempo.