España y Japón atravesaron su etapa más tensa en el siglo XVII: el conflicto que enfrentó a samuráis, misioneros y la Monarquía Hispánica
Los torii que marcan el acceso a numerosos santuarios identifican físicamente uno de los grandes espacios religiosos de Japón desde antes de cruzar su recinto. El sintoísmo y el budismo constituyen las dos tradiciones religiosas principales del país y han coexistido durante siglos, con prácticas que pueden aparecer vinculadas a distintos momentos de la vida cotidiana.
El sintoísmo se articula alrededor de los kami, entidades sagradas relacionadas con la naturaleza, lugares, antepasados y fenómenos, mientras el budismo llegó desde el continente asiático y desarrolló numerosas escuelas. El cristianismo forma una minoría mucho menor, aunque su trayectoria japonesa adquirió una relevancia histórica considerable desde el siglo XVI.
Los misioneros europeos ganaron seguidores entre los señores feudales
La presencia cristiana comenzó a crecer después de la llegada de los misioneros europeos durante el siglo XVI, en una etapa marcada también por los intercambios con Portugal y España. Los jesuitas lograron conversiones entre distintos sectores de la sociedad y algunos daimyÅ aceptaron el bautismo, mientras los gobernantes japoneses contemplaban las relaciones ibéricas desde una doble perspectiva comercial y política.
Las armas de fuego, las mercancías y las rutas marítimas resultaban atractivas para distintos señores feudales, pero la expansión de una religión vinculada con potencias extranjeras despertó progresivamente temores sobre posibles lealtades exteriores.
La Monarquía Hispánica también concedía una importancia esencial a la evangelización dentro de su política asiática, especialmente desde sus posiciones en Filipinas y Nueva España. Una orden de Felipe II dirigida al Consejo de Indias establecía esa prioridad religiosa por encima del beneficio económico y recogía que “tengan por principal cuidado las cosas de conversión y doctrina”.
Durante la unión de las coronas española y portuguesa entre 1580 y 1640, esos intereses religiosos convivieron con una intensa actividad comercial que alcanzaba enclaves como Manila, Macao y los puertos japoneses.
Las autoridades Tokugawa endurecieron la represión del catolicismo
Date Masamune, poderoso daimyÅ interesado en ampliar sus oportunidades comerciales, apoyó en 1613 una expedición encabezada por el samurái Hasekura Tsunenaga y coordinada por el franciscano Luis Sotelo. La Embajada KeichÅ viajó por Nueva España antes de alcanzar España, donde Hasekura fue bautizado como Felipe Francisco de Fachicura, y posteriormente continuó hasta Roma.
La delegación pretendía favorecer el comercio y obtener más misioneros, aunque durante su viaje recibió noticias de que Tokugawa Ieyasu había prohibido el cristianismo y ordenado la expulsión de religiosos extranjeros.
Décadas después, la rebelión de Shimabara de 1637 reforzó la política Tokugawa destinada a restringir la presencia occidental y perseguir el catolicismo clandestino. Las autoridades limitaron severamente los contactos exteriores, mientras pequeñas comunidades de kakure kirishitan conservaron prácticas cristianas fuera de la vida pública durante generaciones.
Esa supervivencia clandestina prolongó una tradición iniciada durante el llamado siglo cristiano japonés, pese a que la religión había perdido la protección y tolerancia disfrutadas en etapas anteriores.
El deterioro había comenzado mucho antes, especialmente después de que el galeón español San Felipe arribara a Shikoku en 1596 tras sufrir una tormenta. Según la versión recogida por el cronista Antonio de Morga, durante las disputas posteriores surgió la idea de que la evangelización podía preparar una futura conquista española, un temor que influyó en Toyotomi Hideyoshi.
En febrero de 1597 fueron ejecutados en Nagasaki seis franciscanos y veinte cristianos japoneses, episodio posteriormente conocido como el martirio de los Veintiséis Mártires de Nagasaki.
Tokugawa Ieyasu amplió la persecución desde 1614
La persecución adquirió una dimensión mucho mayor después de la ordenanza promulgada por Tokugawa Ieyasu en 1614, que expulsó a los sacerdotes católicos y castigó la continuidad de las prácticas cristianas. Pedro Morejón, jesuita que relató las torturas padecidas por Miguel Yxida, recogió su resistencia después de sufrir graves mutilaciones durante la represión.
El investigador japonés Gonoi Takashi contabilizó 950 mártires entre 1614 y 1633, con 128 muertes en 1622 y casi 200 en 1630. Francisco Crespo, jesuita que narró episodios de 1624, también documentó cristianos que acudieron voluntariamente al lugar donde otros fieles estaban siendo ejecutados.
La derrota de la rebelión de Shimabara consolidó unas restricciones exteriores que dejaron al cristianismo fuera de la vida pública japonesa durante generaciones. Las comunidades clandestinas mantuvieron parte de sus creencias hasta la reapertura del país en el siglo XIX, mientras el sintoísmo y el budismo continuaron ocupando el espacio religioso predominante de Japón que había sobrevivido a aquel intenso periodo de contacto con las potencias ibéricas.