Un estudio con ADN antiguo revela el origen común del inglés, el alemán y las lenguas escandinavas

El origen de varias de las lenguas con mayor número de hablantes en Europa podría vincularse a una corriente migratoria ocurrida hace aproximadamente 4.000 años. Un equipo internacional de investigadores ha documentado un movimiento de población hasta ahora desconocido hacia la península escandinava, procedente con probabilidad de territorios cercanos al mar Báltico. Aquellos grupos pudieron ser los introductores del antecesor común más remoto de la familia germánica, tronco lingüístico del que derivan el inglés, el alemán, el neerlandés y las lenguas nórdicas contemporáneas.

El trabajo, recogido por la revista Nature, examina el ADN de más de 4.500 individuos del pasado, integrando 712 muestras genómicas descifradas por primera vez. El equipo multidisciplinar contrastó la información biológica con el registro arqueológico y los estudios lingüísticos para cartografiar los movimientos demográficos que definieron la distribución idiomática de Europa.

Hasta la fecha, la tesis más compartida asociaba su entrada con oleadas migratorias fechadas hace 5.000 años. Por el contrario, los datos recientes sugieren que la dispersión de sus variantes primigenias tuvo lugar mil años más tarde, en torno al segundo milenio antes de nuestra era.

“Las secuencias de ADN no nos dicen directamente qué lengua hablaban las personas. Sin embargo, al combinar el ADN antiguo con las pruebas lingüísticas y arqueológicas, podemos empezar a rastrear cómo se difundieron y transformaron las lenguas a lo largo de miles de años”, detalla Eske Willerslev, coordinador de las investigaciones y docente en el Globe Institute de la Universidad de Copenhague.

Una migración que cambió Escandinavia

Los investigadores detectaron que los recién llegados se expandieron rápidamente por Escandinavia y dejaron una huella en el norte de Europa. Su procedencia y la fecha del desplazamiento coinciden, según los autores, con el escenario en el que cabría esperar la difusión de una forma ancestral del germánico.

Hugh McColl, profesor en el Globe Institute y responsable de una de las publicaciones asociadas, subraya que la comunidad científica mantiene desde hace más de una centuria discusiones sobre la fecha y las rutas de llegada de estos pueblos. La detección de este flujo migratorio aporta datos biológicos concretos al debate, si bien el material genético no basta para certificar de modo inequívoco la lengua exacta de los individuos.

Las investigaciones describen paralelamente otra oleada ocurrida hace cerca de 1.500 años, periodo que antecede por varios siglos al fenómeno vikingo. En esa etapa, contingentes originarios de lo que hoy constituye el norte de Alemania avanzaron hacia las tierras de Dinamarca y el sur de Suecia, llegando a conformar una parte sustancial de los habitantes de la isla de Selandia.

Las muestras genéticas reflejan que un porcentaje notable de la población vikinga en Dinamarca y Suecia compartía linaje directo con aquellos grupos procedentes del sur, emparentados paralelamente con las tribus que intervinieron en la configuración anglosajona de Gran Bretaña. Dicho vínculo genético aportaría coherencia a las similitudes culturales observadas entre ambas regiones.

Nuevas pistas sobre las lenguas celtas

Una línea de trabajo paralela analiza las raíces de los idiomas celtas, reducidos en la actualidad a comunidades de Irlanda, Gales, Escocia y Bretaña, pese a haber dominado gran parte del suelo europeo hace 2.500 años. El ámbito académico ha permanecido dividido durante décadas entre situar su génesis en el litoral atlántico o en el interior de Europa central.

El análisis del ADN, que permite seguir los movimientos y las relaciones entre poblaciones, pero no identifica directamente sus lenguas, apunta a una migración desde Europa central hace unos 3.000 años. Sus integrantes se desplazaron hacia el oeste y alcanzaron territorios que hoy corresponden a Francia, Gran Bretaña, Irlanda y la península ibérica. Para los investigadores, este movimiento ayuda a explicar la expansión de las lenguas celtas y cuestiona la teoría que situaba su origen en la costa atlántica.