Una mancha solar observada en 1947 revela hasta dónde puede llegar el Sol y plantea superllamaradas una vez por siglo

La escala del episodio Carrington sigue funcionando como una vara exigente para medir hasta dónde puede llegar el Sol, porque la erupción de 1859 se estima hoy en torno a X45. La cifra procede de reconstrucciones, ya que entonces no existían instrumentos modernos capaces de medirla, y supera ampliamente el X9.0 registrado el 3 de octubre de 2024, el mayor de este ciclo solar.

Aquella tormenta llevó auroras hasta el Caribe y provocó chispas en oficinas telegráficas, un precedente serio para una estrella que aún guarda cartas por enseñar.

El Sol puede liberar una superllamarada de enorme energía

Una nueva investigación encabezada por Natalie Krivova, científica del Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar (MPS), concluye que el Sol posee capacidad física para generar una superllamarada, una erupción estelar de enorme potencia.

El trabajo, elaborado con participación de la Universidad de Colorado y el Observatorio Solar Nacional de Estados Unidos, se publicó en Philosophical Transactions of the Royal Society A. El equipo llegó a esa conclusión al trasladar relaciones observadas en erupciones modernas hacia las mayores manchas solares conocidas.

La gran candidata apareció en abril de 1947, cuando los astrónomos registraron una mancha que cubría aproximadamente el 0,6% del disco solar y alcanzaba un diámetro unas 40 veces superior al terrestre. Fue una de las mayores observadas desde que existen registros sistemáticos y pudo superar en más del doble la anchura estimada de la asociada al episodio Carrington. No consta que aquella región produjera una superllamarada, aunque su tamaño permite calcular qué energía habría podido liberar.

La región de 1947 alcanzó dimensiones extraordinarias

Las mediciones de NASA entre 2010 y 2016 ofrecieron al equipo la base para relacionar la energía de las erupciones con la extensión de sus regiones activas. Los investigadores analizaron cientos de episodios, incluidos los 300 más intensos empleados por el MPS para establecer esa relación, y estudiaron las cintas brillantes que aparecen cuando el campo magnético se reconfigura. La superficie afectada permitió estimar la capacidad energética de cada episodio.

Los investigadores probaron primero su método con erupciones solares de las que ya conocían cuánta energía habían liberado, entre ellas la registrada el 14 de julio de 2000. Al hacer los cálculos, obtuvieron cifras muy próximas a las observadas en aquel momento.

Después aplicaron el mismo procedimiento a las manchas solares relacionadas con el episodio Carrington de 1859 y los resultados también coincidieron con otras estimaciones realizadas sobre aquel fenómeno.

Estas coincidencias dieron al equipo una base para utilizar el método con la enorme mancha solar de 1947, pese a que entonces no existían instrumentos capaces de realizar mediciones como las actuales.

Una región del tamaño observado en 1947 habría producido típicamente unos 2,31 × 10^33 ergios, aunque determinados escenarios elevan el techo por encima de 1,25 × 10^34 ergios. Ese segundo valor rebasa el umbral de 10^34 ergios utilizado para hablar de superllamaradas.

Krivova resume la implicación física al señalar que “nuestro Sol tiene potencial para producir superllamaradas”. La científica añade que “puede producir manchas solares masivas que, en principio, pueden servir como punto de partida para las ráfagas de radiación más extremas”.

Otras estrellas aportan pistas sobre la frecuencia

Una erupción de gran energía tampoco implica por sí misma una eyección de masa coronal dirigida hacia la Tierra, como mostró una gran región activa en octubre de 2014. Aquel episodio generó ocho erupciones de la clase más alta y ninguna lanzó plasma al espacio interplanetario, porque el campo magnético superior mantuvo el material cerca del Sol. Una eyección extrema orientada hacia la Tierra podría dañar satélites, transformadores y redes eléctricas durante meses.

Las estrellas parecidas al Sol añaden una escala temporal que todavía no puede trasladarse a nuestra estrella, aunque ofrecen una pista estadística sobre estos episodios. Un análisis del MPS sobre 56.450 estrellas semejantes encontró superllamaradas con una frecuencia aproximada de una por siglo.

Sobre esto, Kazunari Shibata, profesor de la Universidad de Kioto, calculó en un modelo de 2024 que acumular la energía necesaria en una región reducida podría requerir unos ocho años.

Los registros antiguos todavía limitan las estimaciones solares

Los registros terrestres tampoco cierran la cuestión sobre la frecuencia solar, aunque los picos de isótopos radiactivos hallados en árboles y hielos antiguos apuntan a bombardeos de partículas de intensidad extrema. Valeriy Vasilyev, científico del MPS, señala que las erupciones de partículas extremas y las llamaradas muy intensas suelen aparecer juntas, pero esa asociación no se produce siempre.

Theodosios Chatzistergos, científico del MPS y coautor del estudio, recuerda además que las manchas llevan unos 400 años registrándose sistemáticamente. Determinar la frecuencia real exigirá reconstruir tormentas antiguas y modelizar mejor la estructura magnética de las regiones activas.