La monja Guda rompió los moldes medievales: firmó su obra y un estudio revela cómo desafió las normas de su época

Héctor Farrés

5 de junio de 2026 15:55 h

La exclusión tuvo un precio que muchas escritoras pagaron con su propio nombre. Durante siglos, publicar como mujer podía cerrar puertas editoriales, reducir la circulación de una obra o provocar que la crítica la juzgara desde prejuicios ajenos a la calidad literaria. Por esa razón, numerosas autoras recurrieron a pseudónimos masculinos o ambiguos para alcanzar lectores y reconocimiento.

George Eliot era en realidad Mary Ann Evans, Currer Bell ocultaba a Charlotte Brontë y Fernán Caballero correspondía a Cecilia Böhl de Faber. Aquellas firmas buscaban sortear barreras sociales que convertían la autoría femenina en un obstáculo añadido. La consecuencia fue una larga historia de escritoras presentes en los libros pero ausentes de la portada con su identidad real.

Un estudio reexamina el Homiliario de Guda

Un estudio publicado en 2026 en la revista Historical Research ha vuelto sobre otro caso singular de presencia femenina en la cultura escrita medieval. La investigación, desarrollada por especialistas de varias universidades y apoyada en análisis paleográficos e históricos junto con espectroscopía Raman, reexamina el llamado Homiliario de Guda, conservado en la Universitätsbibliothek de Frankfurt. El trabajo replantea la cronología del manuscrito y aporta nuevas interpretaciones sobre la mujer que lo copió e iluminó.

Uno de los cambios más relevantes afecta a la fecha de producción del códice. Durante décadas se había situado en la segunda mitad del siglo XII, pero el examen de la escritura apunta a una horquilla situada entre 1175 y 1225, con una elevada probabilidad de que fuera posterior al año 1200.

Los investigadores destacan la marcada angularidad de las letras y varios rasgos asociados a la transición hacia la escritura gótica. Esa revisión cronológica altera el contexto histórico en el que debe entenderse la trayectoria de Guda.

Guda se presentó como pecadora ante el libro

La identidad que la autora construyó dentro del manuscrito ocupa una parte esencial del estudio. Guda se representó con hábito religioso y añadió una inscripción en latín que decía: “Guda, mujer pecadora, escribió y pintó este libro”.

Los investigadores consideran que esa fórmula remite de forma deliberada al Evangelio de Lucas y a la figura de María Magdalena. La relación se refuerza porque el autorretrato aparece en la inicial correspondiente al octavo día de Pentecostés, una festividad que la tradición medieval vinculaba con la presencia de la Magdalena durante el descenso del Espíritu Santo.

Los pigmentos mostraron una obra muy costosa

La investigación también examinó los materiales empleados para crear esa imagen. Mediante espectroscopía Raman realizada en la propia biblioteca de Frankfurt, el equipo identificó bermellón y lapislázuli ultramarino.

Ambos pigmentos figuraban entre los más caros disponibles en la época. El azul procedía de las minas afganas de Sar-e-Sang y recorría más de 6.000 kilómetros a través de rutas comerciales que conectaban Asia y Europa. El acceso de Guda a esos recursos sugiere que gozaba de gran consideración dentro de su entorno religioso o entre posibles patrocinadores.

La nueva fecha reabrió una vieja hipótesis

La nueva datación recupera además una hipótesis antigua. El historiador Leo Baer había planteado en 1921 que Guda podía estar relacionada con las Hermanas Penitentes de Santa María Magdalena, una comunidad femenina establecida en Frankfurt en las primeras décadas del siglo XIII.

La cronología aceptada entonces impedía sostener esa posibilidad, pero el nuevo marco temporal vuelve a abrir el debate. El hábito blanco que aparece en el autorretrato y la insistencia simbólica en María Magdalena encajan con algunos rasgos de esas comunidades dedicadas a la penitencia y la reinserción de mujeres.

El autorretrato convirtió la humildad en autoridad

El manuscrito ofrece, además, una declaración excepcional de autoría. En buena parte de la Europa medieval, los copistas e iluminadores permanecían en el anonimato. Guda hizo lo contrario. Se identificó por su nombre, afirmó que había escrito e ilustrado el volumen y colocó su imagen en uno de los espacios más destacados de toda la obra.

El homiliario cuenta con 271 folios y su elaboración debió de requerir más de un año de trabajo, además de una importante inversión en pergamino y pigmentos.

La aparente contradicción entre llamarse pecadora y exhibir con firmeza su trabajo encuentra una explicación distinta en esta investigación. Los autores sostienen que Guda no estaba rebajando su papel mediante una fórmula de humildad convencional.

Al asociarse con María Magdalena, se presentaba como una mujer transformada por la fe y al mismo tiempo autorizada para transmitir la palabra religiosa. Esa elección convertía el autorretrato en una afirmación de identidad. Ocho siglos después, el manuscrito sigue conservando la voz de una artista que decidió dejar constancia de quién era y de lo que había hecho.