Unas serpientes han desarrollado una huida insólita ante el peligro y escapan girando sobre sí mismas como peonzas

Héctor Farrés

30 de octubre de 2026 10:00 h

0

Las historias de serpientes capaces de convertirse en una rueda ya circulaban en el siglo XIX, mucho antes de que alguien consiguiera fotografiar semejante maniobra. Aquellos relatos hablaban de animales que se desplazaban dando vueltas sobre sí mismos, como si utilizaran su propio cuerpo para echar a rodar.

La bióloga Jessica Tingle, de la Universidad de Brown, reconoce que había atribuido aquellas narraciones a la imaginación de sus autores. Sin embargo, las fotografías publicadas en 2023 de una pequeña serpiente asiática rodando para escapar dieron una nueva perspectiva a esas viejas historias.

Los científicos descubrieron cómo giraban sin perder la orientación

El comportamiento ha recibido ahora una explicación biomecánica gracias a una investigación dirigida por el ecólogo Yosuke Kojima, de la Universidad de Toho, en Japón, y publicada en la revista Current Biology. El equipo estudió tres especies del género Pseudorabdion y comprobó que pueden avanzar mediante volteretas sucesivas sin que la cabeza acompañe por completo la rotación del cuerpo. Esa coordinación permite a los animales desplazarse rápidamente y mantener la mirada orientada hacia la dirección de avance.

La estabilidad de la cabeza, sin embargo, todavía plantea dudas sobre la capacidad de estas serpientes para controlar su trayectoria cuando empiezan a rodar. Según explicó Kojima a ZME Science, los investigadores aún no han comprobado si pueden cambiar voluntariamente de dirección o esquivar obstáculos.

Jake Socha, especialista en biomecánica de Virginia Tech, advierte de que las grabaciones tampoco permiten determinar qué mecanismos sensoriales intervienen. En el bosque, los ejemplares observados solían terminar sus desplazamientos refugiándose bajo objetos cercanos, aunque todavía falta medir si conservan allí la ventaja de velocidad registrada en el laboratorio.

Para cuantificar esa ventaja, los científicos colocaron a las serpientes en una pista de 2,2 metros y grabaron sus movimientos con cámaras situadas arriba y a un lado. Un toque suave bastaba para provocar el desplazamiento. Los trece ejemplares de Pseudorabdion ensayados rodaron, mientras que ninguno de los seis animales del género Calamaria utilizados como comparación lo hizo.

Las velocidades máximas oscilaron entre 1,72 y 3,69 metros por segundo, aproximadamente entre seis y trece kilómetros por hora. En promedio, esos máximos cuadruplicaron los alcanzados por los mismos animales cuando reptaban de forma habitual.

Esa diferencia de velocidad abre otra cuestión, porque un movimiento tan rápido podría exigir un gasto energético considerable o aumentar el riesgo de lesiones. Kojima considera que esos posibles costes ayudarían a explicar por qué otras serpientes no recurren habitualmente a esta forma de escapar. Tingle señala que también podrían intervenir diferencias musculares, óseas o nerviosas, aunque ninguna de esas hipótesis está demostrada. La ausencia de volteretas entre los seis ejemplares de comparación tampoco permite concluir que todas las especies de Calamaria carezcan de esa capacidad.

Las observaciones en Malasia ayudaron a reconstruir cada voltereta

La investigación comenzó a tomar forma después de que un colega describiera a Kojima una observación realizada en Sarawak, Malasia, en 2019. Los científicos recogieron ejemplares en el parque nacional de Kubah y estudiaron once Pseudorabdion saravacense, un P. collaris y un P. longiceps. Son serpientes pequeñas, de entre 11 y 28 centímetros, que suelen permanecer escondidas bajo las hojas del suelo forestal. Esa costumbre complicó su localización, aunque los investigadores pudieron capturarlas antes de que recurrieran a sus acrobacias.

Las grabaciones permitieron finalmente reconstruir una maniobra demasiado veloz para distinguir todos sus pasos a simple vista. Cada serpiente curva el cuerpo formando una C, levanta la cabeza y utiliza la cola para impulsarse hasta despegarse brevemente del suelo. Después proyecta la parte posterior por encima de la cabeza y la apoya alternativamente a izquierda y derecha para iniciar nuevas vueltas. La cabeza permanece elevada y orientada hacia delante, con una estabilidad que incluso mejora cuando aumenta la velocidad. Así, el animal consigue rodar sin necesitar una estructura equivalente al eje de una rueda.