Una nueva revisión desmonta el relato nuclear nazi: Alemania estaba lejos de conseguir siquiera un reactor operativo
La cadena que debía alimentar de agua pesada el proyecto nuclear alemán dejó de ser fiable en 1944, cuando sabotajes aliados y bombardeos paralizaron el suministro procedente de Norsk Hydro, en la Noruega ocupada.
Para el B8 de Haigerloch, que era un reactor nuclear experimental alemán desarrollado durante la Segunda Guerra Mundial, aquello era bastante más que un contratiempo logístico, porque esa instalación era la única fuente disponible de un moderador imprescindible para el diseño. Y las cuentas revisadas ahora dejan poco margen para la épica del último minuto, ya que el experimento necesitaba alrededor de 2,3 veces el agua pesada que llegó a utilizar.
El reactor de Haigerloch necesitaba muchos más materiales
Un estudio publicado en PNAS Nexus concluye que la Alemania nazi estaba muy lejos de disponer de un reactor nuclear operativo al final de la Segunda Guerra Mundial. Patrick J. Park, físico de la Universidad de Columbia, y Timothy W. Koeth, físico de la Universidad de Maryland, calcularon que el B8 tampoco podía alcanzar la criticidad con el uranio disponible. Su análisis cuestiona así la idea de que el programa alemán se quedó a una pequeña distancia de mantener una reacción nuclear en cadena por sí mismo.
La carrera atómica había adquirido importancia militar porque producir material fisible para un arma exigía desarrollar reactores, una competición en la que Estados Unidos sí avanzó mediante el Proyecto Manhattan. Alemania llevaba trabajando en su Uranprojekt desde 1939, un año después del descubrimiento de la fisión nuclear, y Werner Heisenberg participó en ocho experimentos de gran escala sobre la obtención de energía a partir de uranio. Los reveses militares acabaron relegando esa investigación antes de la derrota alemana.
Heisenberg, físico teórico, premio Nobel y diseñador del B8, defendió después de la guerra una lectura mucho más favorable de aquel último intento. En un artículo publicado en Nature en 1947 afirmó que el montaje había quedado apenas por debajo de la reacción autosostenida y atribuyó el fracaso a la falta de una cantidad relativamente pequeña de uranio. La nueva reconstrucción, sin embargo, sitúa las necesidades mínimas entre 1,9 y 2,7 veces el uranio empleado y entre 2,1 y 2,4 veces el agua pesada utilizada, un desfase muy superior al planteado por Heisenberg.
La producción noruega resultaba insuficiente incluso reuniendo todas las reservas
Para revisar aquella versión, Park y Koeth recurrieron a una forma de investigación que describen como arqueología nuclear. Examinaron dos cubos de uranio natural supervivientes del programa alemán y los confrontaron con documentos históricos, informes técnicos, correspondencia y otros archivos.
Como algunas fuentes primarias alemanas no incluían especificaciones químicas, estimaron ciertos parámetros mediante técnicas empleadas en investigaciones anteriores sobre instalaciones nucleares de posguerra. Después construyeron tres modelos de simulación destinados a reproducir las condiciones físicas del B8 y usaron como referencia proyectos contemporáneos, entre ellos el Chicago Pile 3 estadounidense.
Ni siquiera reunir los recursos dispersos entre los distintos grupos alemanes habría resuelto el problema según los cálculos expuestos. Los investigadores advierten de que comparar sobre el papel la demanda total con toda la oferta disponible crea escenarios que exigirían una capacidad de previsión y coordinación prácticamente inalcanzable en condiciones de guerra.
El déficit de agua pesada ilustra esa barrera, pues el B8 habría requerido aproximadamente el doble de toda la producción de Norsk Hydro a lo largo del conflicto, no únicamente una transferencia más eficiente de las existencias disponibles.
Las impurezas del grafito impidieron utilizar otro moderador
El grafito tampoco ofrecía la salida que durante años se contempló al comparar el programa alemán con los diseños estadounidenses. Las existencias accesibles en territorios controlados por Alemania contenían impurezas de boro capaces de absorber demasiados neutrones, de modo que no servían como moderador para llevar el reactor a la criticidad.
El estudio descarta por esa vía tanto un reactor basado en agua pesada como una alternativa basada en grafito. La distancia entre el B8 y un sistema operativo, por tanto, no dependía de encontrar una última remesa de material, sino de restricciones que afectaban a las opciones técnicas disponibles.