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El pequeño pueblo de pasado ballenero y que fue en el que desembarcó Carlos I

Es una delicia para los sentidos, una pintoresca localidad asturiana, situada en el concejo de Villaviciosa, que cautiva por su encanto marinero y su rica historia. Este pequeño pueblo, de nombre Tazones y con un censo que ronda los doscientos cincuenta habitantes, es una de las citas imprescindibles que hay que visitar en el Cantábrico y cuya arquitectura tradicional, con caseríos marineros de madera y gran colorido, y sus calles empedradas, le han valido el título de Conjunto Histórico Artístico del Principado de Asturias desde 1991. Y no solo eso, sino que también aguarda un pasado ballenero y una anécdota muy ligada a nuestra historia.

Y es que buena parte de la fama de Tazones se debe en parte a un evento que, aunque algunos debaten si es historia o leyenda, ha cobrado vida propia e incluso se ha convertido en una tradición festiva. Se trata del inesperado desembarco de Carlos de Habsburgo, quien más tarde sería Carlos I de España y Carlos V del Sacro Imperio Romano-Germánico, el 19 de septiembre de 1517. Este suceso marcó un hito en la historia del pueblo y dejó una huella imborrable en la memoria de sus habitantes, que sienten con orgullo aquel curioso desembarco en la orilla asturiana.

Carlos de Habsburgo era un joven príncipe de diecisiete años, nacido en Gante en el año 1500, y se dirigía a la península para tomar posesión del reino de sus abuelos, los Reyes Católicos, tras la muerte de Fernando el Católico en 1516. Como primogénito varón de Felipe el Hermoso y Juana de Castilla, heredaba dominios que abarcaban desde España hasta el Nuevo Mundo, Italia, Flandes y parte de Alemania, consolidándose como el hombre más poderoso de la Tierra en aquel momento. El viaje del monarca desde Flandes, que comenzó el 8 de septiembre de 1517, tenía como destino previsto las costas de Santander, y se esperaba que durara unos seis días. Sin embargo, los fuertes vientos y una tormenta especialmente violenta desviaron la flota de su rumbo, llevándola lejos de su destino original.

Una breve confusión

Además, un incendio en uno de los barcos provocó su hundimiento y la pérdida de 160 vidas, lo que retrasó la travesía más allá de lo previsto. Ante las persistentes malas condiciones del mar y el viento desfavorable para continuar hacia Santander, los consejeros reales decidieron que Carlos y su séquito debían desembarcar en Tazones. Finalmente, cuando los aproximadamente 40 enormes barcos de la flota real aparecieron frente a la costa de Asturias el 19 de septiembre, los lugareños no estaban advertidos de su llegada y, naturalmente, confundieron la comitiva con un ataque pirata o enemigo, quizás franceses o turcos. Temiendo un asalto aprovechando la falta de un rey en España, se prepararon para defenderse. Sin embargo, la confusión se disipó cuando algunos hombres de la corte descendieron a tierra y se aclaró que se trataba nada más y nada menos que del rey.

El rey y su corte fueron trasladados a tierra en pequeñas barcas a través de la ría de Villaviciosa. La primera noche fue improvisada, y la cena se sirvió sin los lujos habituales, ya que la vajilla y los enseres de cocina aún estaban a bordo de los barcos. Carlos V permaneció cuatro días en Villaviciosa, alojado en la Casa de los Hevia, mientras se organizaban los carromatos y bestias de tiro necesarios para continuar su viaje por tierra hacia el destino previsto, el centro de España. El monarca, harto del mar, decidió proseguir por la costa hacia el este, pasando por Colunga, Ribadesella y Llanes, antes de dirigirse hacia el sur, cruzando el paso del Pozazal en Cantabria, hasta llegar a la meseta. Finalmente, juró como Rey en Valladolid el 9 de febrero de 1518.

De hecho, cada año, los vecinos de Tazones y Villaviciosa conmemoran la llegada de Carlos I con una multitudinaria recreación histórica. Miles de curiosos asisten a la escenificación, donde numerosos lugareños se visten con trajes de época, representando al monarca, a los miembros de su corte y a sus sirvientes. La celebración incluye diversas actividades relacionadas con las artes de pesca, gastronomía, tradiciones, un mercado de época, visitas teatralizadas y una regata de veleros. Se trata de una festividad que ha sido declarada Fiesta de Interés Turístico Regional del Principado de Asturias. Así, el desembarco de Carlos I, accidental o no, continúa siendo el pilar central de la identidad cultural y turística de Tazones, combinando historia, tradición y la belleza de este Conjunto Histórico Artístico.

Además y al margen de este célebre pero inesperado desembarco, la historia de Tazones ya se remontaba a los siglos XIV y XVI, cuando funcionaba como un importante puerto ballenero. Gracias al tráfico marítimo y la pesca de ballenas, el pueblo gozó de una gran relevancia, aunque esta actividad haya quedado atrás, el encanto y la importancia histórica del puerto de Tazones se mantienen. Su puerto fue uno de los muchos de la región que se dedicaron a la captura de cetáceos, convertida en un próspero negocio en los siglos XVI y XVII, si bien practicada ya desde el XIV, según algunos estudiosos de la materia. Se trataba de una actividad artesanal en sus inicios, y que no sólo se desarrollaba en Tazones, sino en el conjunto de la costa cantábrica. Fueron pioneros los vascos, que se iniciaron en este arte al menos en el siglo XIII. Asturianos, cántabros y gallegos comenzaron a cazar ballenas más tarde, a partir del XVI.

Por último y para aquellos que quieran descubrir esta joya del Cantábrico, anoten también otros alicientes de la localidad. Y es que Tazones alberga dos parroquias o barrios, San Roque y San Miguel, declarados Conjuntos Históricos Artísticos por el Principado de Asturias; un faro, en la aldea de Villar, en la llamada Punta del Olivo (o de las Ariceras), a 127 metros sobre el nivel del mar, desde donde se domina el espigón del puerto de la localidad; o un murallón natural en el que se han encontrado numerosas ignitas (huellas de dinosaurios) que pertenecían a dinosaurios bípedos tridáptilos (tres dedos) y cuadrúpedos.