Pianista, filósofa y políglota, esta viajera incansable llegó a renovar su pasaporte cuando tenía 100 años

Alexandra David-Néel representa el paradigma máximo de la libertad y la curiosidad intelectual humana. Y como buena prueba de ello, lo que hizo al final de su intensa vida. Y es que a los cien años de edad, esta mujer excepcional decidió renovar su pasaporte vigente ante el asombro de todos, a lo que ella simplemente respondió que realizaba el trámite por si acaso surgía una aventura. Esta anécdota resume la esencia de una vida dedicada por completo a la exploración y los viajes. Nacida en Francia en 1868, desafió cada convención social impuesta a las mujeres de su época con gran valor. Fue mucho más que una turista, una erudita que habitó los rincones más remotos del continente asiático. 

Su legado trasciende el tiempo como la primera occidental que logró entrar con éxito en la ciudad de Lhasa. Hoy recordamos a la viajera indomable que nunca permitió que la edad frenara sus grandes y eternos sueños. Desde su más tierna infancia, Alexandra mostró signos de un espíritu que no conocía ningún tipo de fronteras. Creció bajo la influencia de un padre revolucionario y una madre de valores extremadamente conservadores y religiosos. Mientras su madre buscaba una vida tranquila, su padre la alentaba a vivir intensamente cada instante de su existencia. A los quince años intentó embarcarse sola hacia Inglaterra, demostrando una valentía poco común para una joven. 

Los libros de Julio Verne y los mapas detallados eran sus tesoros más preciados durante toda su formación. Para ella, el mundo no era un lugar para observar, sino un territorio vasto y misterioso por conquistar. Esa sed de conocimiento la llevó a estudiar filosofías orientales y activismo político desde muy temprana edad. Su formación fue tan diversa como sus destinos, destacando notablemente como una talentosa pianista y compositora. Poseía una voz prodigiosa que la llevó a ser primera soprano en la ópera de Hanói en la Indochina francesa. Sin embargo, su verdadera pasión residía en el estudio profundo de la filosofía y las diversas religiones antiguas. Era una políglota capaz de debatir en sánscrito, pali, tibetano, chino, hindi, inglés y, por supuesto, su francés natal. 

Como filósofa y escritora, defendió fervientemente el feminismo y las ideas de corte anarquista en sus libros. Publicó ensayos como “Elogio a la vida”, donde instaba a seguir siempre el impulso natural de cada individuo. Para Alexandra, la independencia económica era la base fundamental para lograr una verdadera autonomía de la mujer. Combinó su carrera artística con una búsqueda espiritual que la alejaría definitivamente de los escenarios europeos. En 1904 contrajo matrimonio con Philippe Néel, un ingeniero ferroviario que conoció durante su estancia en Túnez. Aunque existía un respeto mutuo, Alexandra pronto comprendió que la vida conyugal tradicional no era para ella. En 1911 partió en lo que debía ser un viaje de dieciocho meses por toda la India y regiones cercanas. Esa travesía se extendió finalmente durante catorce largos años de exploración constante por todo el continente asiático. 

Mantuvo con su marido una relación epistolar profunda que duró hasta el triste fallecimiento de él en 1941. Durante ese tiempo, recorrió países como Nepal, Sikkim, Japón, Corea, China y también las estepas de Mongolia. Fue en el Himalaya donde encontró el llamado espiritual que marcaría definitivamente su destino y su obra. Su inmersión en la cultura tibetana fue total, llegando a ser nombrada lama y reconocida maestra budista. Vivió durante años en cavernas a cuatro mil metros de altitud practicando el ascetismo y la meditación extrema. Allí perfeccionó el “tummo”, una técnica de meditación para generar calor interno en el frío clima de montaña. Su maestro le otorgó el nombre de Lámpara de Sabiduría por su gran conocimiento espiritual y filosófico demostrado. 

En estos retiros estuvo acompañada por Yongden, un joven monje al que adoptó formalmente como su hijo. Juntos estudiaron textos sagrados y meditaron en los monasterios más apartados y misteriosos del mundo conocido. Alexandra no solo observaba el budismo, sino que lo encarnaba a través de rigurosas prácticas y estudios constantes. Esta preparación física y mental fue clave para enfrentar futuros desafíos. De hecho, la gran hazaña de su vida ocurrió en 1924, cuando logró entrar en la mística ciudad prohibida de Lhasa. El lugar estaba vetado para los extranjeros, pero ella urdió un plan audaz junto a su fiel hijo adoptivo. Disfrazados de mendigos, caminaron dos mil kilómetros a través de las peligrosas montañas del gran Himalaya. Se tiñó la piel con ceniza de cacao y el pelo con tinta china para pasar totalmente desapercibida.

Recibida como una heroína

Viajaban de noche y descansaban de día, alimentándose a veces incluso de trozos de cuero de sus botas. Al llegar a la capital, una tormenta de arena providencial les ayudó a cruzar las puertas sin ser detectados. Fue la primera mujer occidental en alcanzar el techo del mundo tras meses de una travesía heroica y penosa. Su persistencia demostró que ninguna barrera política era superior a su férrea voluntad de conocimiento. A su regreso a Europa, fue recibida como una heroína y ocupó las portadas de los principales diarios mundiales. La Sociedad Geográfica de París le otorgó su medalla de honor por sus notables descubrimientos y valentía. Se estableció en Digne-les-Bains, en una casa que bautizó como la Fortaleza de la Meditación para su retiro. 

Allí escribió más de treinta libros detallando sus viajes, estudios religiosos y vivencias personales en Oriente. Su obra “Mi viaje a Lhasa” se convirtió en un éxito internacional traducido a múltiples idiomas por su calidad. Incluso a los 67 años obtuvo su carné de conducir para seguir explorando las regiones de China. Nunca dejó de ser una conferenciante activa que inspiró a generaciones de mujeres a viajar de forma solitaria. Su casa museo hoy conserva la esencia de una mujer que renovó el pensamiento occidental sobre el Tíbet. Pasó sus últimos años estudiando y traduciendo textos antiguos en su refugio de los Alpes de la Alta Provenza. Cuando cumplió cien años, su gesto de renovar el pasaporte conmovió al mundo entero por su vitalidad eterna. Falleció en 1969, apenas un mes antes de cumplir los ciento uno, lista para emprender otro gran viaje. Pidió que sus cenizas fueran arrojadas al río Ganges, regresando así a su amada India de forma espiritual.