Querían copias indefinidas de mamíferos y el ensayo terminó señalando un tope biológico imposible de superar
Un mismo material biológico puede copiarse una y otra vez si se mantiene intacto el contenido de sus células. La clonación de animales parte de esa base, ya que crea copias que repiten el ADN de un individuo, y durante años se asumió que ese proceso podía repetirse indefinidamente si la técnica funcionaba bien.
Cada nueva copia conserva la información genética de la anterior y, en apariencia, no introduce cambios visibles, por eso la idea de una cadena sin final parecía razonable. Sin embargo, al repetir ese procedimiento una y otra vez aparecen fallos que no se corrigen por sí solos, y esos errores acaban acumulándose en cada nueva generación hasta alterar el resultado final.
Un equipo japonés creó 1200 ratones desde uno
Un experimento prolongado mostró que la clonación en cadena de ratones se detiene tras acumular mutaciones que impiden la supervivencia. El trabajo, publicado en Nature Communications, recoge que un equipo japonés logró generar más de 1.200 animales a partir de un único individuo inicial, pero ese proceso se frenó al llegar a la generación 58.
Según los datos del estudio, las copias comenzaron a fallar con el paso de los años hasta que ningún ejemplar logró vivir tras nacer. Ese límite aparece incluso cuando las primeras generaciones parecían estables.
El equipo dirigido por Teruhiko Wakayama, de la Universidad de Yamanashi, inició en 2005 una secuencia continua de clonación en ratones. Cada grupo de animales se utilizaba como base para producir el siguiente, y ese ciclo se repetía varias veces al año cuando los ejemplares alcanzaban unos tres meses. Con ese ritmo, los investigadores encadenaron generaciones sucesivas durante dos décadas, acumulando más de 30.000 intentos hasta alcanzar las 57 generaciones completas antes del colapso final.
El método replicó la técnica usada con Dolly
El método aplicado seguía el mismo esquema que permitió crear la oveja Dolly en 1997, cuando se obtuvo el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta. Consiste en extraer el núcleo de una célula que contiene el ADN de un animal donante e introducirlo en un óvulo al que se le ha retirado su propio material genético. A partir de ahí, el embrión se desarrolla con la información del donante original, lo que produce individuos que comparten ese mismo código genético.
Los primeros resultados reforzaron la idea de continuidad, ya que durante unas 25 generaciones los ratones nacían con aspecto normal y sin diferencias apreciables. En ese punto apareció un cambio claro, ya que comenzaron a detectarse alteraciones en el material genético que no desaparecían en las siguientes copias. Esas alteraciones se acumulaban en cada nueva generación y reducían las probabilidades de supervivencia de los animales que nacían.
Antes de ese cambio, la tasa de éxito había mejorado con el paso de los años. En las primeras fases se situaba en torno al 7%, pero llegó a superar el 15% en algunos momentos, lo que reforzó la idea de que el proceso podía continuar durante mucho más tiempo. Esa mejora llevó a pensar que la clonación en cadena podría mantenerse sin límite, al menos mientras las condiciones de laboratorio se mantuvieran estables.
La última generación murió poco después de nacer
El estudio también observó que la reproducción sexual cambia el resultado cuando entra en juego. Algunas ratonas clonadas de generaciones avanzadas se aparearon con machos y dieron lugar a crías sanas, con menos alteraciones en su ADN que las detectadas en los clones. Ese comportamiento encaja con la teoría del trinquete de Muller, descrita por Hermann Joseph Muller, que indica que en los linajes sin reproducción sexual las mutaciones dañinas se acumulan generación tras generación hasta provocar un colapso.
A lo largo de todo el experimento se obtuvieron 1.200 ratones a partir de un único animal inicial, lo que permitió observar el proceso completo de acumulación de cambios genéticos. Esa cantidad de individuos hizo posible comparar distintas generaciones y medir cómo variaban las probabilidades de éxito con el paso del tiempo y el número de repeticiones del mismo procedimiento.
El final llegó en la generación 58, cuando todos los animales murieron poco después de nacer. En la generación anterior apenas sobrevivió el 0,6% de los ejemplares, y el análisis genético mostró que los clones acumulaban tres veces más mutaciones que los ratones nacidos por reproducción sexual.
Algunos presentaban placentas de mayor tamaño y otros habían perdido una copia del cromosoma X. Wakayama explicó a la AFP que “las crías no presentaban ninguna anomalía visible y las causas de la muerte son desconocidas”, y añadió que “creíamos que podríamos crear un número infinito de clones”.