Los restos de esta villa romana, descubierta en Badajoz de manera casual, indican que era un complejo dedicado a la producción de vino y aceite
El descubrimiento casual en marzo de 1984 de la villa romana de Torre Águila, situada en la pedanía de Barbaño, provincia de Badajoz, supuso un hito para la arqueología. Durante las labores de nivelación de terrenos para el regadío agrícola, las máquinas pesadas tropezaron con estructuras históricas enterradas, lo que inicialmente ocasionó la destrucción parcial de las termas de la primera época por falta de conocimiento de los operarios. La pronta intervención de los técnicos y el inicio de las excavaciones sistemáticas a cargo del arqueólogo Germán Rodríguez evitaron una pérdida mayor y revelaron la inmensa riqueza de este conjunto rural de las Vegas Bajas del Guadiana.
La oportuna protección de estas fértiles tierras permitió desenterrar este referente arqueológico habitado durante varios siglos. Ubicada estratégicamente a unos 300 metros del río Guadiana y a 190 metros sobre el nivel del mar, la villa de Torre Águila gozaba de un entorno sumamente favorable. Este asentamiento rural se edificó en una zona ligeramente elevada para protegerse de las crecidas periódicas del río y muy próxima a las calzadas romanas principales que conectaban la capital provincial de Lusitania, Augusta Emérita, con Lisboa. El clima mediterráneo y la fertilidad excepcional de estas tierras propiciaron un paisaje antiguo caracterizado por el cultivo intensivo de olivos, viñedos y cereales.
Esta riqueza agrícola fue el motor fundamental para el desarrollo económico y la subsistencia de las diversas generaciones de pobladores, consolidando a la villa como un gran centro de producción. La villa de Torre Águila funcionó como un gran centro de autoabastecimiento rural donde llegaron a convivir entre 500 y 700 personas encargadas de diversas tareas de mantenimiento. El complejo albergaba talleres de cerámica, vidrio, cuidado de la granja y, de manera muy especial, una infraestructura dedicada por completo a la producción de aceite y vino. Esta zona industrial, que incluye dos prensas de aceite y un lagar completo para el pisado y procesado de la uva, es el único complejo romano de esta naturaleza que se conserva completo en el mundo.
El funcionamiento ininterrumpido de esta almazara y lagar desde el siglo II demuestra el alto nivel de tecnificación y la clara orientación comercial de la finca, capaz de procesar y distribuir estos recursos a gran escala. A lo largo de sus más de siete siglos de ocupación ininterrumpida, desde el siglo I hasta el IX d.C., la villa pasó por tres fases constructivas fundamentales que reflejan los cambios sociales de la época. En la primera etapa, durante los siglos I y II, la vivienda fue ocupada por una familia de origen italiano que dejó muestras de su refinado gusto, como vajillas noritálicas y una interesante bodega subterránea para el almacenamiento de granos y alimentos protegida de roedores.
En la segunda fase, del siglo II al III, los dueños realizaron profundas reformas arquitectónicas para ampliar la vivienda señorial, transformándola en una gran villa rústica de dimensiones monumentales. Es en este período de esplendor económico cuando se edifican las dependencias industriales de la almazara y el lagar de vino. Entre las joyas arquitectónicas de la segunda fase destaca una singular habitación estival o triclinio subterráneo, única en la península junto a la de Mérida, diseñada para resguardar al propietario y a su familia del calor estival de las Vegas Bajas. Esta estancia se conserva completa con su techo original y dispone de un ventanuco semicircular que la ilumina, además de unas escaleras con escalones tan estrechos que obligaban a las personas a descender de lado.
La villa contaba además con un impresionante complejo termal privado que incluía un sistema de calefacción por suelo denominado hipocausto, una sala de agua caliente o caldarium, una de agua templada o tepidarium y un baño de vapor o laconium. El tamaño de estas termas privadas sugiere que las instalaciones eran un punto de encuentro y de negocios.
Más termas y una necrópolis
La tercera fase, fechada a partir del siglo IV d.C., coincide con la denominada crisis del imperio, momento en el que el señor trasladó su residencia habitual a la villa rural, dotándola de una suntuosidad monumental. De este período tardorromano destaca la majestuosa sala octogonal, una estancia privada forrada de mármoles de gran valor y destinada al uso exclusivo de la familia del propietario. También se construyeron unas segundas termas monumentales con vestidor o apoditerium y un gran sistema de calefacción, además de un templo religioso que posteriormente daría origen a una extensa necrópolis. Los estudios forenses de las tumbas excavadas han revelado valiosa información sobre la esperanza de vida de la época, destacando inscripciones de longevidad excepcional como las de Maxsomma y el señor Dulcisus.
El declive llegó con las epidemias y las invasiones árabes de los siglos VI y VII, provocando el abandono definitivo de la villa y la posterior destrucción de sus ricos mármoles para ser transformados en cal. Desde las primeras excavaciones se han recuperado unas once mil piezas arqueológicas que incluyen herramientas agrícolas, lucernas y la célebre fíbula aquiliforme visigoda de bronce dorado. Actualmente, la Asociación de Amigos y el Ayuntamiento de Barbaño aúnan esfuerzos para la conservación de este yacimiento excepcional, promoviendo visitas guiadas y celebrando anualmente el animado Festival Romano Amnis Callis.