¿Y si las acrópolis griegas nunca fueron refugios ni palacios? Un estudio sacude la versión aceptada
Las tormentas explicaban muchas desgracias cuando los fenómenos naturales parecían depender de voluntades invisibles. La furia de los dioses se interpretaba como una respuesta a errores, faltas o desafíos humanos, de manera que el miedo formaba parte de la vida cotidiana y condicionaba decisiones, rituales y comportamientos.
Sequías, enfermedades o derrotas podían entenderse como señales de castigo, mientras que la protección divina se buscaba mediante ofrendas y ceremonias. Ese temor ayudaba a dar sentido a acontecimientos difíciles de controlar y también influyó en la forma en que las comunidades entendían algunos de sus lugares más importantes.
Robin Rönnlund cuestiona varias ideas sobre las acrópolis
Una investigación de Robin Rönnlund, investigador de la Universidad de Gotemburgo, cuestiona algunas de las ideas más extendidas sobre las acrópolis de la Antigua Grecia. Según informa La Brújula Verde a partir de este trabajo, el análisis sistemático de las referencias antiguas desde Homero hasta el siglo II d. C. concluye que muchos planteamientos aceptados durante décadas carecen de respaldo documental suficiente y ofrecen una imagen simplificada de estos espacios.
Uno de los primeros aspectos revisados es el propio significado de la palabra. Rönnlund señala que el término no equivalía exactamente a ciudad alta, como suele afirmarse, sino que se acercaba más a la noción de una polis situada en el borde o separada del resto. Homero ya empleaba la palabra en la Odisea al referirse a Troya. Además, los antiguos griegos conservaban el recuerdo de un sentido más antiguo de polis relacionado con una fortaleza o un recinto fortificado. En Atenas, de hecho, la Acrópolis fue conocida durante mucho tiempo simplemente como la Fortaleza.
La investigación también pone en duda una narración muy repetida por la historiografía del siglo XX. Durante años se defendió que las acrópolis habían sido residencias de reyes prehistóricos que, con la llegada de sistemas políticos más abiertos, dejaron paso a santuarios religiosos o refugios para la población. Sin embargo, el estudio concluye que esa evolución lineal carece de pruebas arqueológicas y textuales sólidas.
Según el investigador sueco, buena parte de esa interpretación nació de una lectura discutible de Aristóteles. El filósofo describía de forma teórica qué tipo de fortificaciones podían resultar adecuadas para distintos regímenes políticos. Con el tiempo, algunos académicos transformaron aquellas reflexiones abstractas en una reconstrucción histórica de las polis griegas. El resultado fue un modelo general aplicado incluso a Atenas, pese a que el propio caso ateniense presentaba características excepcionales que nada tenían que ver con el resto.
Aristóteles inspiró una lectura que acabó extendiéndose
Los textos antiguos examinados por Rönnlund apuntan hacia funciones muy distintas. Un total de 66 pasajes relacionan las acrópolis con la residencia de tiranos. La asociación llegó a ser tan frecuente que acabó convirtiéndose en un recurso literario. Junto a esa imagen aparece otra todavía más repetida: la presencia de guarniciones extranjeras. Desde el siglo V a. C. y con especial intensidad durante el periodo helenístico, potencias dominantes instalaron tropas en estos recintos para vigilar a las ciudades sometidas. Polibio describió esa situación como un sistema de control ejercido desde las alturas, mientras que Isócrates y Demóstenes denunciaron la utilización política de esas posiciones fortificadas.
Otro de los tópicos revisados afecta a la religión. El estudio reconoce la existencia de cultos en diversas acrópolis, pero considera exagerada la idea de que albergaran siempre los principales santuarios urbanos. Fuera de Atenas, las pruebas son mucho más limitadas. Rönnlund localizó referencias a 49 cultos, aunque una gran parte procede de Pausanias, autor que escribió siglos después de la época de mayor actividad de muchas de estas instalaciones. Al reducir el análisis a las fuentes anteriores, la documentación resulta bastante más escasa.
La imagen de la acrópolis como refugio masivo para la población durante los ataques tampoco sale bien parada. Los relatos conservados muestran que los habitantes solían buscar protección dentro de las murallas de la ciudad baja o escapar al campo. Los ejemplos de civiles refugiados en las alturas son excepcionales. Además, el tamaño de muchas acrópolis identificadas por la arqueología indica que habrían tenido dificultades para albergar a grandes grupos de personas.
La última parte de la investigación se centra en la evolución simbólica del término. Durante la época clásica podía utilizarse como una expresión de prestigio y excelencia. Con el paso de los siglos, esa valoración cambió. La experiencia de la dominación militar y de los gobiernos autoritarios hizo que muchas acrópolis quedaran asociadas a la opresión. Epicteto reflejó esa transformación cuando escribió: “¿Cómo se destruye una acrópolis? No con hierro ni con fuego, sino con principios”. En otro pasaje añadió: “Tenemos que expulsar a los tiranos que están dentro”.
El estudio también identifica al menos 21 acrópolis con nombres propios, como Acrocorinto, Cadmea, Larisa u Ortygia, algunos ligados a relatos fundacionales protagonizados por figuras llegadas de otros lugares. A partir de 133 emplazamientos citados en las fuentes antiguas, Rönnlund propone una definición basada en elementos comunes y no en un modelo único.
Su conclusión es que las acrópolis fueron espacios importantes para los griegos, aunque mucho más variados y cambiantes de lo que se había supuesto durante décadas, una diferencia que obliga a revisar cómo se interpretan estos enclaves en la actualidad.