De Betanzos a Ribadeo: una ruta por las Rías Altas para conocer la otra costa gallega
Cuando se habla de viajar por la costa gallega, muchas veces son las Rías Baixas las que protagonizan la conversación. Son conocidas, fáciles de identificar y también las más explotadas, pues son las que más visitantes reciben cada verano. Pero si buscas otra forma de recorrer Galicia, mira al norte. Allí te espera una costa de rías abiertas, acantilados, pueblos marineros y carreteras que obligan a viajar despacio. Las Rías Altas no compiten con el sur ni buscan parecerse a él, simplemente ofrecen una experiencia distinta.
Delimitar las Rías Altas no siempre es sencillo. Hay rutas que incluyen también la Costa da Morte, pero en este viaje vamos a centrarnos en dos zonas que concentran buena parte de la esencia del norte gallego: la Costa Ártabra y la Mariña Lucense, entre Betanzos y Ribadeo. La Costa da Morte se queda fuera, no por falta de argumentos, sino precisamente porque merece un viaje independiente. Y aunque para muchos viajeros A Coruña será el punto natural de llegada en tren o avión, aquí la usaremos como puerta de entrada y no como parada principal.
Aunque la silueta de la Torre de Hércules marque el comienzo geográfico y logístico para muchos viajeros, nuestro recorrido empieza realmente unos kilómetros más allá, en la ría de Betanzos. Desde allí iremos enlazando algunas de las paradas más interesantes del norte gallego: el casco histórico de Betanzos, las Fragas do Eume, Ferrol y su ría, Cedeira, Santo André de Teixido, Cabo Ortegal, Ortigueira, Estaca de Bares, Viveiro y Ribadeo. Un recorrido para entender en primera persona cómo son las Rías Altas gallegas.
Costa Ártabra: entre villas históricas y bosques atlánticos
La primera parada del viaje es Betanzos. Situada al fondo de la ría y atravesada por los ríos Mandeo y Mendo, fue una de las antiguas capitales del Reino de Galicia y conserva uno de los conjuntos históricos más interesantes de esta parte del norte gallego. Merece la pena entrar sin prisa en el casco antiguo para recorrer plazas y calles estrechas. También es una buena ocasión para conocer el parque de O Pasatempo, un lugar difícil de clasificar que mezcla jardín histórico, arquitectura y referencias traídas por la emigración gallega. Y sí, para muchos visitantes será inevitable aprovechar la parada para probar la tortilla que ha dado fama gastronómica a la localidad.
Desde Betanzos la carretera sigue el trazado de la ría hasta llegar a Pontedeume, una villa que suele hacer de puerta de entrada a uno de los grandes espacios naturales del norte gallego: las Fragas do Eume. El casco histórico de Pontedeume merece una vuelta tranquila antes de desviarse hacia el interior, donde el paisaje cambia por completo. Durante unas horas el viaje deja atrás el océano para entrar en uno de los bosques atlánticos mejor conservados de Europa. Senderos entre vegetación densa, puentes, desniveles suaves y lugares como el monasterio de Caaveiro convierten esta parada en una de las más distintas del recorrido.
El siguiente tramo conduce hacia Ferrol. Durante años la ciudad quedó fuera de muchos itinerarios turísticos, pero sigue siendo una parada interesante para entender la relación histórica entre Galicia y el mar. Su pasado naval aparece en lugares como el barrio de A Magdalena, con su trazado propio de la Ilustración y sus galerías acristaladas, pero también en el paisaje de fortificaciones que rodea la ría, como el Castelo de San Felipe.
Dejando atrás Ferrol comienza uno de los cambios más evidentes del recorrido. Aparecen playas abiertas, más viento y una costa cada vez más expuesta al océano. Doniños, Valdoviño o Santa Comba son algunas de las paradas más conocidas y ayudan a entender por qué esta parte del litoral gallego se ha convertido en referencia para quienes buscan naturaleza y surf más que playa urbana. En Santa Comba, además, el pequeño islote con su ermita añade una imagen muy reconocible del paisaje costero gallego, siempre pendiente de las mareas.
La llegada a Cedeira marca uno de los momentos más agradecidos del viaje. Esta villa marinera conserva un tamaño manejable incluso en verano y funciona muy bien como base para explorar los alrededores. El paseo junto al puerto, las fachadas con galerías y el ambiente tranquilo invitan a bajar el ritmo antes de afrontar uno de los tramos más espectaculares del recorrido.
Desde aquí la carretera se dirige hacia Santo André de Teixido. El camino forma parte de la experiencia, con curvas, miradores y vistas continuas sobre el litoral. El santuario, situado entre acantilados y mirando al Atlántico, lleva siglos ligado a peregrinaciones y tradiciones populares que siguen muy presentes. Pero dejando a un lado la parte religiosa, el entorno justifica la visita.
Muy cerca aparecen algunos de los paisajes más conocidos de las Rías Altas. Los miradores de la sierra de A Capelada permiten contemplar la costa desde la altura y acercarse a los acantilados de Vixía de Herbeira, considerados entre los más altos de Europa continental. No hace falta hacer grandes rutas para disfrutarlos, muchas veces basta con parar, caminar unos minutos y observar cómo cambia el paisaje con la niebla, el viento o la luz.
La ruta continúa hasta Cabo Ortegal, otro de los puntos imprescindibles del norte gallego. El faro es la referencia visual, pero el interés está también en el entorno y en las vistas hacia los Aguillóns, las formaciones rocosas que emergen frente a la costa. Un poco más adelante aparece Ortigueira, con una de las rías más amplias de Galicia, la playa de Morouzos y un ambiente tranquilo donde querrás olvidar las prisas.
Mariña Lucense: de camino a la desembocadura del Eo
A partir de Ortigueira el paisaje empieza a cambiar poco a poco. La costa sigue siendo protagonista, pero aparecen más playas (más largas), pueblos abiertos al Cantábrico y la sensación de estar llegando a una Galicia distinta.
Uno de los lugares que mejor representan ese cambio es Estaca de Bares. Además de ser el punto más septentrional de la península ibérica, es una parada que suele impresionar por el entorno. Aquí el viaje ya no gira tanto alrededor de pueblos o monumentos como del propio paisaje. El faro, los acantilados y la sensación de estar en uno de los extremos del mapa hacen que merezca detenerse más allá de la foto rápida.
Muy cerca aparece O Barqueiro, una de esas localidades que mantienen una escala pequeña incluso en temporada alta. El puente sobre la ría, el puerto y las casas mirando al agua hacen que sea una parada sencilla pero agradable, donde apetece pasear.
Siguiendo hacia el este se llega a Viveiro, una de las grandes paradas del recorrido y probablemente una de las localidades más completas de las Rías Altas. La ciudad conserva un centro histórico con origen medieval y mantiene una relación muy estrecha con el mar. Merece la pena recorrer las puertas históricas que todavía se conservan, pasear por el casco urbano y acercarse hasta el puerto de Celeiro para ver el movimiento pesquero que sigue marcando el día a día de la zona. Si el tiempo acompaña, las playas cercanas permiten alargar la parada unas horas más.
En este tramo también aparecen algunos desvíos interesantes. Uno de los más conocidos es Fuciño do Porco, una ruta corta que avanza sobre pasarelas junto al mar y que se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles de la costa lucense. Más allá de las fotos, el recorrido merece la pena por las vistas sobre los acantilados. Cerca de aquí también se puede hacer una parada en Sargadelos o desviarse hacia San Martiño de Mondoñedo para añadir un contexto más histórico al viaje.
La recta final conduce hacia Ribadeo. Antes de llegar conviene hacer una parada en la playa de As Catedrais, probablemente el lugar más conocido de las Rías Altas. Sus arcos y formaciones rocosas explican buena parte de su fama, aunque para disfrutarla merece la pena revisar las mareas y, sobre todo, tener en cuenta que en temporada alta es necesario reservar la visita.
Y finalmente llegamos a Ribadeo. La villa combina puerto, casco histórico y herencia indiana en un final de ruta perfecto para despedirse del viaje. Pasear por sus calles o acercarse hasta el entorno del faro de Illa Pancha permite cerrar el recorrido por todo lo alto.