Conocer a Gaudí en el centenario de su muerte: la obsesión de Gaudí por los dragones
Con motivo del centenario de la muerte de Antoni Gaudí, llega esta serie para recorrer, paso a paso, las distintas etapas de su trayectoria como arquitecto. Más allá del mito y del souvenir, estas piezas buscan entender cómo evolucionó su manera de pensar, de construir y de mirar el mundo, y cómo cada periodo de su vida dejó una huella reconocible en su arquitectura y en la ciudad de Barcelona.
Hay símbolos que se repiten tanto que dejan de parecer casuales. En Barcelona, uno de ellos es el dragón. Aparece en fachadas, rejas, lámparas, picaportes y cornisas, como si la ciudad entera compartiera un imaginario común. Y aunque no todos los dragones son de Gaudí, sí es Antoni Gaudí quien lleva esta figura a un terreno nuevo: el del símbolo arquitectónico total, cargado de mitología, religión y política cultural.
Dragones por toda la ciudad: un símbolo compartido
La fascinación por los dragones no empieza con Gaudí. Barcelona ya estaba llena de ellos cuando él comenzó a construir. Basta pasear por las Ramblas para toparse con el dragón chino de la Casa Bruno Cuadros, una antigua paragüería reformada en 1883 por Josep Vilaseca. O acercarse a la plaza de Sant Jaume, donde el Palau de la Generalitat exhibe desde 1872 una escultura de Sant Jordi matando al dragón, obra de Andreu Aleu.
El modernismo encontró en esta criatura un símbolo perfecto. Según los estudios del historiador Joan Bassegoda, los arquitectos de la época se sintieron atraídos por su carga mitológica y por su capacidad para unir neogótico y exotismo. Josep Puig i Cadafalch lo incorporó en la Casa de les Punxes, con un gran mosaico que representa a Sant Jordi junto al lema “Sant Patró de Catalunya, torneu-nos la llibertat”. También en la Casa Amatller, donde los dragones aparecen integrados en la escultura decorativa de la fachada.
Lluís Domènech i Montaner fue todavía más explícito al levantar el Castell dels Tres Dragons para la Exposición Universal de 1888, tomando el nombre de una popular obra teatral y convirtiendo el dragón en emblema urbano. Pero ninguno de ellos llevó el símbolo tan lejos como Gaudí.
Gaudí y el dragón como lenguaje propio
En la obra de Gaudí, el dragón deja de ser un adorno. Pasa a ser relato, estructura y concepto. Especialmente en los proyectos vinculados a su gran mecenas, Eusebi Güell, donde el simbolismo conecta directamente con la Renaixença catalana, la mitología clásica y la religión.
En los Pabellones Güell, el famoso dragón de hierro forjado que protege la entrada no es una criatura genérica. Es Ladón, el guardián del Jardín de las Hespérides, según el poema L’Atlàntida de Jacint Verdaguer, dedicado al marqués de Comillas. Hércules lo vence para robar las manzanas doradas, y Gaudí traslada ese mito a una reja que funciona como frontera simbólica entre lo profano y lo sagrado.
En el Parc Güell, el dragón adopta otra identidad: la de Pitón, la serpiente del oráculo de Delfos, convertida en protectora de las aguas subterráneas tras morir a manos de Apolo. No es una elección inocente. El dragón se sitúa justo sobre los depósitos de agua que Gaudí diseñó para el parque y dialoga con las columnas dóricas de la Sala Hipóstila, estableciendo un vínculo directo entre arquitectura, mitología griega y función hidráulica.
Aquí el dragón no solo protege: sostiene un sistema.
Casa Batlló: un edificio convertido en dragón
Pero es en la Casa Batlló donde Gaudí lleva su obsesión al límite. Ya no se trata de colocar un dragón en el edificio. El edificio es el dragón.
La azotea adopta la forma del lomo del animal, recubierto de cerámica vidriada que simula escamas en tonos cambiantes. La fachada ondulante parece un cuerpo en tensión, y la cruz que la corona actúa como una espada clavada en la espalda de la bestia. Gaudí convierte la casa en una interpretación arquitectónica de la leyenda de Sant Jordi, una de las narraciones fundacionales del imaginario catalán.
La sangre derramada, la lucha, la victoria, la salvación de la princesa: todo está ahí, pero traducido a piedra, vidrio y cerámica. No hay escultura figurativa explícita. No hace falta. El relato se entiende caminando, levantando la vista, recorriendo la piel del edificio.
Mucho más que una obsesión estética
Hablar de la obsesión de Gaudí por los dragones no es hablar de una manía decorativa. Es hablar de cómo entendía la arquitectura como un lenguaje simbólico total, capaz de unir mitología clásica, cristianismo, identidad catalana y soluciones técnicas en una sola forma construida.
En manos de Gaudí, el dragón deja de ser una criatura fantástica para convertirse en una herramienta conceptual. Protege, delimita, explica, narra. Y, sobre todo, conecta la ciudad con un imaginario que va mucho más allá de la postal.
Quizá por eso, más de un siglo después, los dragones de Gaudí siguen vigilando Barcelona. No como guardianes de piedra, sino como recordatorio de que, para él, la arquitectura nunca fue solo cuestión de edificios. Era también —y sobre todo— una forma de contar historias.