Figuras escondidas entre raíces, troncos y piedras forman parte de esta mágica ruta que acaba en el hórreo más grande de Asturias
En el concejo asturiano de Amieva, la frondosa garganta esculpida por el arroyo del Beyu alberga uno de los itinerarios senderistas más singulares de Asturias. Esta pequeña senda, que discurre entre Santillán y Pen, transforma un agradable paseo de montaña en una grata inmersión dentro del folclore tradicional y la geografía del Principado. A lo largo de tres kilómetros de ascenso flanqueados por laderas rocosas y un frondoso bosque autóctono, el trayecto invita a observar y disfrutar. La combinación de un terreno accidentado, la humedad constante del desfiladero y la vegetación centenaria crea la atmósfera idónea para un recorrido donde la naturaleza cobra vida, desembocando en el hórreo más grande de la región.
La singularidad de la llamada Ruta del Beyu Pen reside en la perfecta integración entre el medio natural y el arte popular, fruto de una intervención artística ideada por el creador gijonés Julián Bravo y recuperada por el Ayuntamiento de Amieva. Lejos de alterar el entorno con infraestructuras artificiosas o esculturas ajenas al bosque, el proyecto aprovecha las caprichosas formas de la propia naturaleza para revelar a los personajes de la mitología astur de manera sutil. A través de sugerentes siluetas moldeadas por el paso del tiempo en troncos retorcidos, raíces expuestas, rocas calizas y mantos de musgo, el artista aplicó delicadas pinceladas de color que ayudan a descifrar los contornos ocultos. La propuesta se plantea como un juego de visión interna que exige activar la imaginación.
El itinerario comienza en las inmediaciones de Santillán, donde los senderistas cruzan el río Sella a través de una pasarela o puente colgante para conectar con el histórico Camín de la Reina, una antigua calzada de origen romano. Tras dejar atrás el área recreativa de Trambesagües, la senda se desvía a la derecha para adentrarse de lleno en la estrechura del Beyu, término asturiano que designa un desfiladero o garganta profunda por la que se precipita el arroyo. El camino pedregoso avanza en continua subida a la vera del agua, rodeado por una majestuosa masa forestal compuesta por castaños, robles y avellanos autóctonos. Durante la época de lluvias, el río incrementa su cauce y forma espectaculares cascadas que resuenan contra los paredones de piedra, intensificando el frescor.
A medida que el caminante se adentra en la espesura del bosque, van haciendo su aparición los míticos pobladores del imaginario asturiano, integrados de forma sorprendente en el paisaje kárstico. Junto al arroyo se adivina la figura del Cuélebre, la serpiente alada encargada de custodiar tesoros y fuentes encantadas, mientras que en las paredes rocosas se perfila la silueta del Busgosu, el ser semihumano cubierto de musgo que protege los bosques. El Nuberu, señor de las tormentas y los rayos, se encarna en la madera ennegrecida de un viejo castaño, al tiempo que las Xanas, hermosas ninfas de las aguas, parecen habitar en las cavidades del trayecto. Entre la sombra de los árboles se esconden también la astuta Bruxa, el bromista Diañu Burlón y la temida Llavandera.
Además de su innegable atractivo mitológico, el sendero conserva valiosas muestras de la arquitectura popular y del aprovechamiento tradicional de los recursos forestales. En las inmediaciones del robledal de Trambesagües y a lo largo de la garganta es posible observar varias cuerries o cuerres, pequeñas estructuras circulares levantadas con muros de piedra seca que los campesinos utilizaban antiguamente para almacenar las castañas y avellanas recolectadas, protegiéndolas así del apetito de los animales silvestres. Asimismo, la proximidad del Centro de Interpretación del Karst y Hábitat Rupestre en la zona de La Meruya permite comprender la compleja geología kárstica que caracteriza al concejo de Amieva, donde el agua ha ido tallando cavidades y formas rocosas caprichosas.
Un tesoro para acabar
Tras completar el ascenso por la foz, el bosque se abre paulatinamente para dar paso a la aldea de Pen, situada a casi 400 metros de altitud cerca de la silueta de Peña Dulce. Esta pequeña localidad destaca por albergar un conjunto etnográfico excepcional que ha sabido preservar la esencia de la arquitectura tradicional asturiana. Entre sus joyas arquitectónicas sobresale de forma insigne la panera conocida por estar catalogada como el hórreo más grande de Asturias, una imponente estructura de madera que se sostiene sobre 14 pegollos o pilares piramidales de piedra y madera. La visión de este monumental granero elevado, rodeado por prados y caseríos antiguos, constituye la recompensa perfecta para el esfuerzo realizado durante la caminata.
El paseo por las estrechas callejuelas de Pen revela otros tesoros de gran valor histórico, entre los que destaca la Casa Peri, una edificación que tiene su origen en una torre defensiva de la Baja Edad Media y que conserva un notable artesonado en su interior. En la misma aldea se encuentra la Casa Fondón, una casona de grandes dimensiones dotada de una hermosa galería tallada y un antiguo reloj de sol grabado en su fachada, así como la modesta ermita dedicada a San Roque. Desde los miradores naturales del pueblo se contempla una panorámica majestuosa de los Picos de Europa, completando una inolvidable experiencia donde la fantasía del bosque encantado se funde con la historia viva de la montaña asturiana.