La iglesia de Madrid que desafió todas las reglas en los años 60 y que hoy es una referencia de la arquitectura contemporánea

Madrid reúne edificios de épocas muy diferentes que reflejan la evolución de la ciudad, cuyos cambios se pueden observar también a través de sus iglesias medievales, parroquias barrocas o edificios levantados durante el crecimiento urbano del siglo XX y que conviven dentro del mismo paisaje urbano. Entre todas ellas hay algunas construcciones que, cuando se levantaron, llamaron la atención por apartarse drásticamente de los modelos habituales de la arquitectura religiosa.

Durante los años 60, en plena expansión de nuevos barrios residenciales, algunos proyectos comenzaron a explorar formas distintas de diseñar estos espacios litúrgicos. Arquitectos e ingenieros empezaron a plantear templos que no seguían el esquema tradicional de nave longitudinal y altar al fondo. La intención era reorganizar el interior para favorecer la participación de los fieles y aprovechar las posibilidades que ofrecían las nuevas técnicas de construcción.

En ese contexto se levantó en el barrio de Chamartín la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, un edificio que en su momento generó sorpresa por su diseño y que con el tiempo ha terminado convirtiéndose en una de las referencias de la arquitectura contemporánea en Madrid. Situado en la calle Puerto Rico, el templo forma parte del barrio de Hispanoamérica y desde su inauguración ha funcionado como parroquia de esta zona de la capital.

Un templo que cambió la forma de concebir el espacio religioso

La iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe fue construida entre 1962 y 1965 en un momento en el que esta parte de Chamartín experimentaba un importante crecimiento residencial. El proyecto reunió a profesionales vinculados a la arquitectura y a la ingeniería estructural: los arquitectos Enrique de la Mora y Palomar y José Ramón Azpiazu, junto con los ingenieros José Antonio Torroja y Félix Candela. La obra supuso además la primera construcción realizada en España por el arquitecto mexicano Enrique de la Mora.

El edificio también es conocido como la Iglesia de los Mexicanos. Desde su construcción destacó por su planteamiento arquitectónico, que se apartaba de la imagen habitual de los templos católicos. En lugar de reproducir modelos históricos, los autores apostaron por una organización espacial diferente que situaba el altar en el centro del edificio. La estructura se organiza a partir de una planta octogonal inscrita en una circunferencia de aproximadamente 53 metros de diámetro.

Esta decisión rompió con el esquema longitudinal típico de muchas iglesias. Todo el interior se articula alrededor del presbiterio, lo que permite que los fieles se sitúen alrededor del altar. La nave adopta así una disposición similar a la de un anfiteatro, con los asistentes distribuidos en torno al espacio donde se celebra la liturgia. Esta organización buscaba mejorar la visibilidad del altar y reforzar la relación entre los asistentes y el centro de la celebración. Al mismo tiempo, el edificio prescinde de columnas o apoyos intermedios dentro de la nave principal. El espacio se sostiene sobre cuatro grandes pilares centrales que soportan el peso de la cubierta, lo que permite mantener el interior completamente despejado.

Otro de los elementos más reconocibles del conjunto es su cubierta. Está formada por ocho paraboloides hiperbólicos de hormigón armado que se unen mediante nervios estructurales. Estas superficies curvas se apoyan en los pilares principales y en otros soportes situados en el perímetro del edificio. La solución estructural permitió cubrir un espacio amplio sin necesidad de utilizar muros o columnas que interrumpieran la visión del interior.

El uso de este tipo de estructuras de hormigón formaba parte de las investigaciones que varios ingenieros desarrollaban en aquel momento para cubrir grandes superficies con materiales relativamente ligeros. En el caso de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, esta solución fue clave para definir su aspecto exterior y convertir el edificio en una obra singular dentro de la arquitectura religiosa moderna.

De la sorpresa inicial a su consolidación actual

Cuando el templo se inauguró a mediados de los años 60, su apariencia generó sorpresa entre parte de la población. El volumen del edificio, la forma de la cubierta y la ausencia de elementos decorativos tradicionales contrastaban con la imagen que muchos asociaban a las iglesias. Durante años fue considerado un ejemplo poco convencional dentro del paisaje urbano madrileño.

Con el paso del tiempo, esa percepción fue cambiando. A medida que la arquitectura del siglo XX comenzó a estudiarse con mayor atención, el edificio empezó a valorarse dentro del movimiento moderno. Lo que inicialmente había generado incomprensión terminó consolidándose como uno de los ejemplos más singulares de ese periodo en Madrid.

Más de medio siglo después de su construcción, la parroquia sigue funcionando como centro religioso del barrio. Las celebraciones litúrgicas se desarrollan habitualmente en la cripta, salvo en algunos oficios que tienen lugar en el espacio principal del templo. El horario ordinario incluye misas de martes a viernes a las 13.00 y a las 19.00, los sábados a las 19.00 y los domingos a las 12.00, 13.00 y 20.00. Además, los domingos por la mañana se celebra una misa destinada a niñas y niños.

Durante los meses de verano el calendario de celebraciones se modifica con un horario distinto, en el que las misas de entre semana pasan a celebrarse a las 13.00 y a las 20.00. Estas actividades forman parte de la vida cotidiana de la parroquia, que continúa funcionando como espacio de encuentro para los vecinos del entorno. A lo largo de los años, el edificio ha pasado de ser una construcción difícil de encajar en los modelos tradicionales de la arquitectura religiosa a ser considerado hoy uno de los ejemplos singulares de arquitectura moderna en Madrid.