Esta isla del Mediterráneo tiene cerca de 1.500 yacimientos arqueológicos y un paisaje histórico: fortalezas y talayots junto al mar

Cuando uno piensa en Menorca, lo primero que se evoca es la calma del Mediterráneo, el aperitivo, sus calas de cristal; otros, quizás, la asocien directamente con sus hermanas más populares, Ibiza y Mallorca; pocos se imaginan su riqueza arqueológica e histórica. Menorca conserva grandes huellas de cada civilización que la ha habitado. Con más de 1.500 yacimientos en apenas 702 kilómetros cuadrados y 280 monumentos nombrados Patrimonio de la Humanidad, es la zona con mayor densidad arqueológica del planeta.

Por Menorca han pasado todos: desde los primeros pobladores de la prehistoria hasta las sociedades romana, musulmana y británica. Pero sus rasgos más distintivos son los vestigios de la cultura talayótica, declarada Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2023. Se trata de una civilización que llegó a las Islas Baleares hace aproximadamente 4.000 años, y que las habitó hasta el año 123 antes de Cristo, cuando los romanos los conquistaron.

En lo que se conoce como la 'Menorca Talayótica' se pueden observar los pasos hacia la evolución de una civilización que se extendió por aproximadamente dos milenios. Desde sus inicios como recolectores y ganaderos hasta su periodo de sedentarismo y dominio en diferentes enclaves alrededor de la isla.

Los primeros habitantes de Menorca vivían como seminómadas. Posiblemente, habitaban cavernas y se movían acorde con las demandas alimenticias de su ganado. Se estima que este periodo duró desde el 2100 a.C., hasta el 1600 a.C., conforme nuevas olas migratorias llegaban a la isla.

De esta etapa histórica datan los primeros indicios de siembra de cereales, trueques, y posteriormente, de actividades mineras y metalúrgicas. En cuanto a las viviendas, se empiezan a construir las primeras estructuras en forma de nave invertida, que dan origen al nombre de naveta.

Más adelante, en el periodo entre los años 1050 a.C. y 850 a.C., las navetas comenzaron a utilizarse más para realizar enterramientos que para viviendas. La población optaba por agruparse en comunidades más grandes. De esta época destacan la famosa Naveta des Tudons o las navetas de Rafal Rubí.

Los talayots son la estructura que le da el nombre a la cultura talayótica. Torres de rocas utilizadas como puntos de vigilancia y defensa construidas en su mayoría entre los años 850 a.C. y 550 a.C. Alrededor de la isla se pueden encontrar más de 300: los hay aislados o dentro de sus poblados; en mejor o peor estado de conservación. Entre ellos resaltan los de Torelló, Trepucó y Cornia Nou.

Durante su última etapa, la sociedad talayótica vivió su máximo apogeo. Su economía se basaba principalmente en la ganadería y la pesca, sin dejar de lado la agricultura. Las tendencias arquitectónicas de aquel lapso restaron protagonismo a los talayots para concentrarse en levantar recintos de taula: estructuras de carácter religioso en el corazón de sus poblados. Algunas de las construcciones más estéticas que dejó esta cultura son de esta naturaleza. Los más conocidos son las taulas de los yacimientos en Torralba d’en Salort o Trepucó.

Con la conquista romana de 123 a. C. se fue cerrando la gran edad de los talayots, esas torres de piedra que durante siglos ordenaron la defensa y la vida comunitaria de la isla. La cultura talayótica, que la UNESCO sitúa entre la Edad del Bronce y la del Hierro, dejó entonces paso a un nuevo tiempo.

Romanos, musulmanes e ingleses dejaron cada uno su capa reconocible sobre la isla. Roma integró Menorca en su imperio mediterráneo tras conquistarla. Del periodo islámico, que duró más de cuatro siglos, no quedan grandes monumentos; más bien huellas más sutiles, como topónimos y sistemas de regadío. Por su parte, el imperio británico, que dominó la isla por largos años, se puede ver reflejado en su arquitectura más moderna, en su cultura y hasta en la lengua.

Piedra y mar

Menorca integra su riquísima cultura e historia en un entorno natural de ensueño. La simbiosis entre piedra y mar se puede entender recorriendo el Camí de Cavalls, ese sendero histórico que circunda la isla y que actúa como conector entre las calas vírgenes y el legado arquitectónico de las diferentes culturas que han habitado la isla.

Recorriendo este camino, el viajero puede perderse en la biodiversidad que le ha valido el título a Menorca de Reserva de la Biosfera. Más allá del evidente magnetismo de sus aguas de cristal, Menorca brilla también en sus pinares verdes, en sus pueblos blancos o en su gastronomía marinera. Es una isla para viajar sin prisa: caminándola, sintiéndola, sumergiéndose en ella.

A pesar de su increíble historia y su tremenda fuerza natural, a Menorca, se la sigue relegando a un discreto segundo plano, con mucha menos exposición turística que Ibiza y Mallorca, que juntas superan los 16,6 millones de visitantes al año, frente a los cerca de 1,7 millones que recibe su hermana menor. Esto permite a sus visitantes un entorno mucho más limpio, rodeado de naturaleza virgen y perfecta para explorar.