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Feliz cumpleaños, mi queridísimo Federico

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Lorca

Siempre te recuerdo en agosto, pero este año quería hacerlo por tu nacimiento porque tenemos el deber de festejar que llegara al mundo alguien con tú. El deber de recordar a las personas buenas que es, al fin y al cabo, lo que tú siempre fuiste.

Debes saber que a los pocos meses de escribirte el año pasado, la cantante “granaina” Lara Bello me pidió leer nuestras cartas compartidas en uno de sus espectáculos en Nueva York… ¿Entiendes lo que te digo? ¡¡Tres andaluces unidos, juntos, en tu Nueva York!! También te digo que las tazas que hice de ti siguen dando la vuelta al mundo. Están por Nueva York, Cuba, Suiza, Polonia… ¡y hasta en la mismísima Patagonia!

Después ya sabes lo que pasó. Que dejé de ser yo un tiempo. Ni siquiera leerte me ayudaba. ¿Sabes lo que me dio más miedo? Que incluso se esfumaron mis sueños, mi casi único patrimonio, sin saber si el tiempo me los devolvería. Y yo los necesitaba, como tú también le decías a tus padres. Recordaba cuando le confesabas a Benjamín Palencia que vivías una de las crisis más fuertes, y que no creías en nadie, que no te gustaba nadie. O cuando decías a José A. Rubio que estabas lleno de desesperanza. Tú bien sabes lo que te digo. Ese dolor punzante que se clava hasta el fondo y que, por más que metes los dedillos para arrancarlo, no lo alcanzas. Saber que habías pasado por lo mismo, en cierta forma, me aliviaba.

Tú bien sabes que me he agarrado a Barcelona como tú lo hiciste a Nueva York. Como a quien, en mitad de un naufragio, le lanzan un salvavidas y es su única esperanza. Y, en cierta manera, que aquel fuera mi destino, entre muchos otros, era como si nunca me abandonaras. Es cierto que hay días, sobre todo al principio, donde me duele un poco. Echo de menos nuestra tierra, Andalucía y nuestra Málaga, y ese lenguaje propio que solo nosotros sabemos; sin que nadie me mire por encima del hombro o me haga sentir inferior (como aquel “perro andaluz”), y todo por ni siquiera comprender la belleza y riqueza de donde venimos.

Pero también quiero a la Barcelona que me ha acogido y reconocido, que me ha dado más futuro, donde he encontrado gente que me ha reconstruido con el cariño que necesitaba. También la estimo porque tú querías a esta tierra, cuando te declarabas “catalanista furibundo” o escribiste en el libro de invitados en El Canari de la Garriga: “Presidiario en potencia. Visca Catalunya lliure!”. Qué cosas tenías, Federico… Qué lanzado eras para la época.

Me gusta perderme por Barcelona, desde el Tibidabo hasta la Barceloneta y ver nuestro mismo mar, el barrio Gótico, la catedral del Mar… A menudo me refugio en la plaza de San Felipe Neri, después de sortear un camino de calles que parecen olvidadas. Allí puedo palpar las paredes agujereadas de una iglesia bombardeada durante la guerra civil, donde murieron 42 personas, con 20 niños. Aquellas heridas en la piedra y el silencio de la plaza me conmueven y estremecen. Es como si, de alguna forma, me conectara con los que os fuisteis sin remedio.

No te comento nada de España, en general, porque sé que te dañaría. Sigue anclada en ese pasado de dolor y naftalina, sigue riéndose de sus hijos en la cara, sigue relegando a las víctimas, perpetuando las injusticias y desamparando a quien lo necesita. Estamos en un punto, como decías, donde parece que solo somos pececillos unidos con una cadena a un solo punto, sin conciencia.

Decías a Adriano del Valle que “todo lo que nos rodea está lleno de almas que pasaron”. Y yo creo que te sentí en la primera obra de teatro que he visto en Barcelona. Por supuesto, esa primera obra, fue sobre ti. La dirige Pep Tosar. Yo te veía allí, sentado en las butacas del teatro Romea, mientras en el escenario un actor con tu trajecito bailaba entre chopos, aparecía tu sobrina Vicenta, o Dalí y Buñuel hablaban de ti. Y ese momento fue como una catarsis. Recordé cómo te dañaron. Lo difícil que es recuperarse de los amigos que nunca te piden perdón, ni reconocen sus errores, de los que traicionan a voluntad. Tú, que definías a las amistades como “lapas que se plantan silenciosamente en el corazón”. De esto he aprendido que lo bueno es dormir o morir con la conciencia tranquila, de no haber dañado ni maltratado a nadie, de no haber traicionado ni ser desleal. En parte, porque crecí con tus valores, que me hacen vivir sin rencor. De hecho, este año, dos amigos me pidieron perdón por cosas del pasado y me llenó de una paz tremenda. Últimamente soy muy feliz, Federico. He tenido tantos contratiempos hasta ahora que, a veces, me da miedo sentirme así. Como uno de esos presentimientos que alertabas. Como si fuese algo que ya no me correspondiese.

He salido, como tú, porque me entregué a escribir poesía para echar el dolor hacia fuera. Curarme y reconocerme en cada verso. Y también porque he conocido a mujeres inmensas de sororidad. Te gusta como suena, ¿verdad? Es una palabra nueva. Te encantaría usarla. Significa solidaridad entre mujeres. Son esas compañeras que te abren los ojos, que te dan poder sin mentir ni traicionar. Tú siempre confiaste en las mujeres de tu vida, y en aquellas que desafiaban. Como cuando os cogisteis del brazo Maruja Mallo, Margarita Manso, tú y Dalí, y pasásteis por la Puerta del Sol sin los sombreros, soportando los abucheos.

Ya estoy segura de la razón que siempre me llevaba a elegirte: porque en tu obra hablabas de nosotras. Porque tú supiste dar voz a las mujeres que estaban calladas y mutiladas de alma. Porque todas tus protagonistas quieren arrancarse la opresión para ser dueñas de su libertad y su cuerpo. Expusiste cómo el patriarcado las ahogaba en lagunas de marginación social. Y mostraste, incluso en Bernarda, cómo la propia mujer era capaz de reproducir un rol masculino de sometimiento y sumisión. Hablaste sin tapujos de sus deseos, de amar a contracorriente, de la pasión, de sus frustraciones, de la angustia del qué dirán, de la deshonra, de su lucha por la dignidad, de lo estéril… De todas aquellas mujeres valientes que se salían de la norma de ser buenas hijas, madres, esposas y beatas. Ningún hombre, salvo tú, lo reflejó igual. Veo a mis compañeras y al resto de las mujeres del mundo, y tengo el convencimiento de que aún existen muchas Adela, Mariana, Yerma, o doña Rositas, asfixiadas entre paredes como cárceles, sin poder gritar lo que padecen.

Justo ahora te escribo desde el avión y siempre, cuando miro desde la ventanilla, pienso que siendo el ser humano tan poca cosa, tan diminutos, más pequeños que un árbol o una montaña, cómo podemos tener tanta capacidad de hacer el mal. Cuando el avión pasa por Graná, y veo los campos de chopos y la sierra, dominante y hechicera, intento adivinar desde arriba dónde puedes estar. Dónde… Esa eterna pregunta sin respuesta.  Yo necesito saberlo. Necesito tener ese sitio al que volver, como un anclaje, donde sepa que tú has existido y que estás, en cierta forma, aún aquí.

Hay una serie de televisión, de los hermanos Olivares, donde una persona viaja al pasado, y se encuentra contigo en La Residencia de Estudiantes. Tú adivinas que viene del futuro. Pero justo en la despedida, te mira con la desolación e impotencia de saber que no puede impedir que te asesinen, y te da un abrazo enorme, conteniendo el enojo. Prometo que, si yo hubiese podido, te hubiera abrazado también tan fuerte hasta intentar retenerte… pero, ¿de qué hubiese servido atarte, a ti, un alma libre, un hombre entregado a los suyos?

En la obra de Pep Tosar todos los que hablan de ti señalan que, de no haber cogido ese tren de Madrid a Granada, hubieras vivido… Hubieras festejado todos los cumpleaños que te han arrancaron, hubieses escrito todas las obras de teatro que te faltaban, hubieses cumplido tus sueños.... El actor que te da vida en el escenario, al final, se fusiona con una foto de ti en un tren, y termináis siendo uno. Y entonces tú taconeas, rápido, con angustia, con una explosión de rabia, pataleando frente al destino. Hasta que, con tres golpes de tacón, simulas el sonido de los disparos. Y con un silencio roto enmudece tu vida y, en parte, la nuestra. Cuánta injusticia, lorquito… ¡Cuánto nos perdimos de ti! ¿Y qué nos queda? Solo tu recuerdo.

A pesar del dolor…
Feliz cumpleaños, querido.
Feliz cumpleaños, siempre.
Para que nunca te vayas de nuestra memoria, que es la única forma de vida que aún podemos darte.

Un abrazo muy cariñoso de tu (ya) mejor,

Ana

Pd: Hace ya un calorazo que ni imaginas. Hoy voy a intentar pasarme por tu fiesta de cumpleaños en Fuente Vaqueros… Ay, si estuvieses allí, te llevaría el almíbar de fresa que te encantaba del Monasterio de Santo Domingo y uno de aquellos platos que disfrutabas en Cadaqués. Te retiraría un ratito de tu piano (mira que te gusta) y te regalaría un paseo por el campo, con aquellas acequias pensativas que adorabas, hasta llegar al bosque de chopos. Los mismos que, en tu reencuentro, te gritarían como antaño: “Federicoooo”. Y el eco te haría eterno, mezclado con el sonido del mecido de las hojas. Y yo te sostendría entre mis manos, como aquel patito asustado en el te convertías cuando te hacías pequeño… Y entre aquella pausa, donde te abrazaría, me calmarías y me asegurarías, con una rotundidad absoluta, que podemos recuperar nuestro sueño. Porque el sueño va sobre el tiempo, flotando como un velero, flotando como un velero...

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