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Vid silvestre contra el cambio climático

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Cada día asistimos en los medios de comunicación al debate del recorrido futuro que puede tener el cambio climático y de la mayor o menor responsabilidad del hombre en este proceso. Recuerdo el comentario de un querido colega que en cierta ocasión me manifestó que la huella del hombre en la naturaleza quedaría como parte de un estrato más en la serie temporal de facies geológicas, ya que el hombre, cuando fuera “demasiado molesto”, sería eliminado como lo fueron en su momento los dinosaurios.

No obstante, y mientras esa profecía se hace o no realidad, lo cierto es que desde la invención de la máquina de vapor por Watt en 1769 la intervención del hombre en los procesos naturales viene siendo relevante, hasta el punto de que ya se propone denominar a la presente era geológica como “Antroposceno”. Se puede debatir sobre si el cambio climático es un proceso cíclico en las “edades de la tierra” o si es provocado por el hombre y, en consecuencia, posible de revertir, pero mientras tanto existen ya claros indicadores de que el cambio, inducido a no por los humanos, está ocurriendo y, en consecuencia, se hace necesario tomar medidas preventivas para paliar las probables adversidades venideras.

La viticultura es una de las principales industrias mundiales. El clima ejerce, probablemente, el efecto más decisivo en la capacidad de una zona para producir uva y vino de calidad. Desde inicios del siglo XX la temperatura media del planeta ha aumentado 0.9oC y alrededor de dos tercios de este ascenso ocurre desde 1960. Para el ciclo vegetativo de la vid el aumento ha sido de aproximadamente 1.7 oC. La vid se desarrolla en un rango muy estrecho de temperatura, alrededor de 10oC, aunque hay variedades, como Pinot Noir, donde variaciones de ±2 oC pueden afectar su cultivo.

Alteraciones metereológicas

Las precipitaciones anuales y estacionales son muy variables, con episodios de sequía estival más pronunciados, que originan unas zonas más secas y otras más húmedas. Además, el número de días de heladas es menor. Todo ello adelanta y acorta el ciclo fenológico de la vid. Asimismo, estos cambios agravan enfermedades ya existentes e inducen nuevas afecciones para el viñedo a las que se unen la erosión y los cambios de fertilidad del suelo. Estas alteraciones afectan también al vino, ya que pequeños cambios estacionales marcan la diferencia entre un vino pobre, bueno o excelente. Temperaturas superiores a las habituales originan sobremaduración del fruto, baja acidez, altos contenidos en azúcar y alcohol y aromas alterados.

En consecuencia, regiones consideradas de baja calidad para la vid se tornarían productoras, mientras que otras, tradicionalmente vitícolas, quedarían marginales para la viticultura.  

Una de las estrategias para paliar esta situación es la obtención de variedades o portainjertos más tolerantes a estos efectos. Las poblaciones silvestres de vid, Vitis vinifera L. subespecie sylvestris, se consideran el antecesor dioico, es decir con flores masculinas y femeninas, de las variedades de cultivo hermafroditas, Vitis vinifera L. subespecie sativa aparecidas por mutación y seleccionadas por el hombre. La vid silvestre se considera especie amenazada desde 1997 según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) debido, en gran parte, al fuerte desarrollo agrícola y urbano, junto a la proliferación de obras públicas.

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La vid silvestre, como planta no seleccionada por el hombre para la viticultura aún conserva una importante diversidad genética global, por lo que puede conferir a las variedades de cultivo una mayor tolerancia frente a estreses bióticos y abióticos. El grupo de Propagación y Nutrición Vegetal del IRNAS-CSIC ha seleccionado material vegetal muy tolerante a suelos excesivamente calizos a partir de individuos de una población cordobesa de vid silvestre desarrollada sobre un suelo hipercálcico en su hábitat natural.

Asimismo, en prospecciones llevadas a cabo junto a miembros de la Universidad de Sevilla, se ha localizado una nueva población de vid silvestre a orillas del Río Agrio, en la cuenca del Guadiamar que baja de la zona minera de Aznalcóllar afectada por el vertido tóxico del año 1998 y, por consiguiente, desarrollada en un suelo cargado de metales pesados, entre ellos cobre. Plantas de esta población han demostrado alta tolerancia al sulfato de cobre con lo estarían mejor adaptadas a suelos con niveles excesivos de cobre procedente de su uso tradicional como fungicida en enfermedades características de la vid como el mildiu. Plantas de otra población cordobesa presentan mayor tolerancia a suelos salinos frente a portainjertos considerados muy tolerantes en regiones vitivinícolas de California y Australia.

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