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ARAGÓN

CULTURA (1) - Poder y devaluación de la cultura

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Abramos los ojos y veremos cultura. En el trazado de las calles y la arquitectura de los edificios; en las huertas y los bosques; en las relaciones sexuales y familiares; en las guarderías y en la universidad; en las formas de hospitalidad, en la investigación artística y en el botellón; en las bodas, los tanatorios, las cocinas, gimnasios y en el fútbol, igual que en el trato a los animales. Y también –pero no sólo- en las librerías, los museos, los conciertos y en las salas de espectáculos.

Sin embargo, la cultura está minimizada en los programas de los partidos políticos y considerada, a veces, un florero para decorar. ¿Cuántos minutos han hablado de cultura los candidatos en nuestras repetidas elecciones? ¿Qué se entiende por “cultura” en los ministerios, las concejalías y las consejerías autonómicas? ¿Y en los medios de comunicación que le dedican páginas, casi siempre como sinónimo de espectáculo o entretenimiento?

Resulta difícil definirla porque significa cosas diferentes para un antropólogo, un físico, un político o un agente teatral. Pero, a través del lenguaje cotidiano, de la ciencia, la filosofía y las artes, configuramos nuestra percepción de todo lo que nos rodea, definimos lo que existe y el misterio, lo correcto y lo incorrecto. Ellos condicionan nuestra conducta y nuestras relaciones con los demás.

Pues los humanos somos seres culturales; no sólo dependemos de nuestros genes, sino que nos conforma el contexto familiar y social. Un contexto que nosotros mismos vamos transformando. Cualquiera que sea capaz de transmitir algo que otros ignoraban, o no percibían, o valoraban de forma diferente, está haciendo cultura; cualquier persona que actúe según normas o transgrediéndolas, o que teja relaciones con otra persona por medio de un universo simbólico, está utilizando y creando cultura.

La ciencia, la tecnología, las artes y la enseñanza no son más que partes de la cultura de un tiempo o de sus modos de transmisión. Solo que, debido precisamente a su especificidad, tienen presupuestos, instituciones y leyes propias.

Pero su autonomía no debe ocultar su mutua dependencia. Por ello son de destacar todos los proyectos que ponen en contacto a los alumnos con otros creadores de cultura en exposiciones, performances, conciertos, danza, etc. o que introducen formas de expresión y de creación en los centros de enseñanza. Así como quienes ponen a los alumnos en contacto con el trabajo o realizando actividades sociales.

Estas conexiones son transversales entre todos los dominios de la vida y de la política. Pero también verticales: las áreas de cultura de un ayuntamiento no siempre está bien trabadas con las de una Diputación, un gobierno autonómico, el Estado y las organizaciones internacionales. Lo cierto es que cuando las instituciones cooperan, se multiplican los resultados.

Trasmitir cultura no es adoctrinar, sino proporcionar nuevas posibilidades de vivir y de decidir; es decir, de ampliar la libertad y la riqueza de nuestras relaciones.

*Este es el primero de los cuatro artículos que publicaremos sobre Cultura, realizados por Gentes de Apoyo y Opinión (GAO)

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