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El deseo errante y sus infinitos rastros

'El tren delantero', la última novela de Emilio González Déniz, lleva al lector desde Gran Canaria, a África y a Europa, en un ejercicio natural y no forzado de deslocalización

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El tren delantero

El tren delantero

Me esperaba todo menos esto, de la última novela de Emilio González Déniz, El tren delantero. Y, bienvenida sea la sorpresa, pues me he encontrado con un texto palimpsesto, extremadamente fluido, a veces inmaterial en su ilación, pero lo suficientemente hilado para ostentar ese continuo textual que marca la escritura madura del novelista, que él es. Y, también, bienvenida sorpresa, la insistente “errancia” de su trama, que no es una, sino varias en constante interrelación, y que nos lleva desde Gran Canaria, a África y a Europa, en un ejercicio natural y no forzado de deslocalización. El tren delantero, siendo una obra accesible a muchos lectores (sus células narrativas son relatos directos), es, asimismo, una novela intertextual, una creación literaria per se. Literatura, ante todo, y géneros, después. Y, como toda buena literatura, confunde y mezcla géneros; no sucumbe a ellos. Qué difícil es escapar del yugo del género, una vez que éste nos ha regalado su seductor vestuario, su cauce seguro, su público fiel, su editor fijo. Los que lo intentan, son valientes, porque lo otro, es tener que estar dispuesto a atravesar el desierto cada vez que se imprime un libro.

Una bella mujer, viuda reciente de un empresario ibérico a la vieja usanza, que le es infiel (cómo no), y cuyo nombre porta el mistérico recuerdo del fuego vestal, Vesta Lasarre, da rienda suelta, finalmente, a su deseo. Ella ha sido, y es, la traductora de una escritora erótica francesa de relatos rosa-sexual que armonizan con su apellido, el de Madame Palourde. El deseo, se había arrinconado en su vida, pero una vez libre y pudiente, deja que esté la llevé a todas partes y a todos los contextos sexuales imaginables (con hombres y mujeres). Dos tramas-estructura se entreveran desde principio a fin de la novela, el de los cuentos narrados por ella de Madame Palourde, y de los relatos que surgen de las vivencias eróticas de su nuevo azar. El deseo, como fuerza fantasmática, es el infinito leitmotiv, y no el sexo consumado y descrito en multitud de párrafos húmedos (gracias autor). Emilio González Déniz evita su literalización, trazando elipses en torno al momento concreto de la consumación.

Relatos de muy diversa índole, van incidiendo en las memorias de Vesta Lasarre. Algunos, son neo-románticos y mantienen la llama del amor puro y absoluto, como el romance del militar y la adolescente africana, en Las fronteras de la muerte, que ocupa todo un capítulo, y es en realidad un cuento inserto en el todo; otros, recuerdan las trágicas y cómicas peripecias de los europeos en el Sahel, como El tren delantero que narra un ínterin pasional con tremenda desilusión y da título a la novela; Yo soy la divina satiriza con ternura y humor la aparición de una ancianísima Greta Grabo en Nueva York; El príncipe azul invierte el orden del cliché al presentarnos a un príncipe de verdad que enamora a una dependienta; Las mujeres de Frank hacen un guiño a la novela pos-gótica, y, La muerte es un momento reelabora un cuento anterior del autor que gira sobre la fatalidad de las citas madrileñas con el reloj todavía en hora de Canarias.

La imagen del glamour sexual y las pasiones del celuloide de Hollywood, así como las grandes estrellas, invaden la novela, y el lenguaje estereotipado del glamour amoroso de la época del blanco y negro, sus gestos, sus dramáticas apariciones en escena, puntean como intertexto, más bien como un hipertexto, la trama narrativa. Y, el estereotipo y lo estereotípico, son claves importantes para navegar por el maremagno literario, por esta colcha de parches unidos que El tren delantero. El autor no sólo reproduce reflejos de los estereotipos de la gran cultura glamour de Hollywood, sino estereotipos más complejos y difusos, que signan las conductas sentimentales y sexuales de Europa; los machismos, las potencias viriles, las entregas y docilidad femenina, o su envés, la voracidad sexual (mujer “normal” o ninfómana, otro cliché sexista). Lo hace, deslizando a su protagonista hacia esa clase de confrontación y contexto pasional, sin olvidar mostrar su libido real que la caracteriza, como la curiosidad de hacer el amor con una mujer y conocer el sexo de su sexo. La pasión y el sexo, como se desprende de otros relatos de esta novela fluvial-narrativa, tiene variantes nacionales y políticos, que llevarán a sus amantes a hacer el amor envueltos en la libertaria Tricolor de la República. Parodias y sátiras, viñetas humorísticas, amour fou, idilio, relato sadiano, mas, sin estridencias y con estilo sereno.

Y, en un libro de tal naturaleza, no podía faltar una musa, que es en este caso, la poeta Teresa Iturriaga, cuyo ánimo y aliento fue fundamental para la escritura del libro, que sin ella “no existiría tal como es”. Agradecimiento que comparte espacio liminar con una cita de Tennessee Williams. No está nada mal.

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