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El tatuaje de Penélope, la nueva novela de Francisco Quevedo

Representa la superación de ese estático mundo generador del dulzor de la tierra, su repudio y su destrucción simbólica

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El tatuaje de Penélope

El tatuaje de Penélope

Con El dulzor de la tierra Paco Quevedo, profesor de la ULPGC y escritor, ganaba el Premio Benito Pérez Armas y proyectaba ya con nitidez y cierto efecto de claustrofobia intencionada el ámbito social y vivencial de su literatura, la sociedad grancanaria en el último tercio del siglo veinte. Agudo observador social, trazaba en esa novela la complejidad de las interrelaciones de la alta y pequeña burguesía, anclándola en las generaciones históricas que las sustentaban, y exploraba en ella, sin sobresaltados, mediante un tiempo narrativo pausado y estilísticamente muy bien encapsulado, los deseos, los amores y los logros aparentes de los triunfadores programadores. En esa obra, la élite con sus numerosos defectos, mentiras y estrategias de apariencia se debatía en un dialogo  que a ojos del lector surgía como una suerte de inercia que por inherente ley física se desplazaba hacia adelante sin experimentar en este transcurso lineal ninguna transformación digna de relevancia, ninguna regeneración de valores. El dulzor era el olor que producía  este universo de jerarquías inerciales, basadas en diferencias y sometimientos conservadores y sus oportunos correlatos de aceptación y resignación. Nada ni nadie acababa de invertir este dulce y asfixiante status quo, cuyo dinámica oculta proseguía inalterada, arrasando tranquilamente con cualquier tentativa de rebeldía y diluyéndola en “el dulzor de la tierra”.

La actual y última novela de Francisco Quevedo, El tatuaje de Pénelope representa, siempre desde un canon de rigurosa observación y recreación social (que incluye la caracterización certera de personajes tipo y también singulares), la superación de ese estático mundo generador del dulzor de la tierra, su repudio y su destrucción simbólica, mediante toda clase de subterfugios, burlas y quebrantamientos que conducen a un teatro final de dantesca dimensión. El autor, y estos son logros de contención escritural y de madurez subjetiva, no traspasa la mesura y ese casi indefinible comedimiento que arrastramos (sin desearlo, seguramente) los canarios, salvo en la magnitud de la extraña y surrealizante venganza simbólica que a modo del cine de David Lynch cierra la obra.

La trama gira en torno a Raúl, un ingeniero de Telefónica, millonariamente prejubilado justo durante la crisis del 2008 (aludida a través de textos reales intercalados), que una vez instalado en el fabuloso apartamento doble de sus padres de la Avenida Marítima, cae en una profunda depresión. Tal es su desidia que abandona completamente el orden y la higiene, deformándose físicamente y convirtiéndose en un ser asocial. Ante el inminente desahucio por parte de los Servicios Sociales que le prepara la comunidad de vecinos, su hermana contrata a una joven peluquera como limpiadora-cuidadora, la tal Penélope, una chica lista que derrocha energía e iniciativa, con una madre inválida a cuestas y una desesperación laboral tópica en Canarias para los jóvenes (recuerden que somos, después de la Isla de Reunión, la zona europea con mayor desempleo joven). Penélope pone fin al paralizante desorden y suciedad que aquejaban al guapo ingeniero, un niño de la mejor y más adinerada sociedad local, y lo devuelve a la vida hasta tal punto que recupera las habilidades sociales y su antigua y excelente forma física.

Podríamos pensar que este rescate impresionante de un burgués deprimido y cincuentón a manos de una joven extrovertida de clase trabajadora desembocaría en una bella historia de amor, invirtiendo o modulando el modelo de Pigmalión. Pero no es así. Penélope es la puerta y el umbral a otro mundo social, la líder de una pandilla peculiar de ex toxicómanos, exiliados argentinos, jardineras nigerianas. La recuperación de Raúl pronto desata las alarmas. Los temores son justificados, incluso traspasados. Raúl se enamorara de una hermosa nigeriana viuda, con un niño, llegada en patera a la isla, y formará parte del Grupo La Cucaracha, cohesionado por Penélope y así bautizado en honor a Kafka. Esta subtrama simbólica, el terror de La metamorfosis de Kafka (citada intertextualmente) actúa como símil del miedo oligárquico a la pérdida de identidad y a que este escenario se represente mediante la horrible criatura rey del asco colectivo. Encontramos, pues, a burgueses, a jóvenes humildes y a marginales, junto a restos generacionales del franquismo (como doña Claudia mantenida por su hija prostituta), en una mirada más avanzada y crítica hacia el totum revolutum que es nuestra sociedad insular, tan diversa y cosmopolita como la más, aunque concentrada en un ratio de 1000 habitantes por kilómetro en sus ciudades.

Esta actualidad la contrarresta el escritor con un orden interior textual un tanto clásico que conscientemente estratifica en capítulos de rimbombantes títulos. Las estrategias literarias y estilísticas de Paco Quevedo se acercan a un punto de no retorno. Pronto le plantearan una pluralidad que exigirá romper con modos y métodos autorales que ya se han disuelto en el panorama narrativo de Europa, y que encierran los peligros del costumbrismo como sistema literario.

El tatuaje de Penélope. Francisco J. Quevedo García

Ed: Canariasebook. CAM.PDS. Editores S.L.

2016. 295pps

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