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Agujeros de bala

En la actualidad todo se explica, todo es analizado al milímetro. Si no se ve no existe. Y eso acaba siendo un problema en lo artístico, y también en lo vital.

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Fotograma de El Padrino

Fotograma de 'El Padrino'.

El otro día estaba viendo en la tele una película francesa (nada demasiado reseñable, chica misteriosa, chico gracioso, historia ramplona, agradable pero sin vocación de trascendencia) y me vi sorprendido por una elipsis brutal. Quiero decir, que me sorprendió a mí, no que fuera sorprendente en su contexto, donde cualquiera con un poco de sentido narrativo hubiera visto que la evolución de los personajes exigía este recurso narrativo. Decía que me sorprendió, que me dejó impactado. Tanto que me paré a reflexionar. Por qué, qué tuvo de particular ese cambio, ese avance argumental, esos espacios en blanco que yo mismo debía rellenar. Y me di cuenta, al cabo de un rato (nunca he sido demasiado rápido). Ya no se hacen esas cosas. No, ahora nos lo cuentan todo. Y así nos va.

Poco antes había leído la última novela de un afamado académico de la lengua (y, en este caso, la expresión no es oxímoron). Allí aparecía otro ejemplo magnífico de elipsis, solo que el escritor, tan listo él, se encargaba de anunciar al lector que estaba en mitad de la misma (jueguecitos metaliterarios mal resueltos, líbrame de ellos, por favor), desgraciando la propia esencia del artefacto, que radica en la sutileza, en, precisamente, estar sin que nadie lo note hasta que, oh magia, ha pasado todo. Pero como a veces hay que ir de intenso por la vida, mucho más si te sientas todos los jueves en tan egregio sillón, pues ocurren estas cosas tan desagradables. Para todos. Creo. O no.

No es que las elipsis sean elegantes, no es que sean absolutamente fundamentales para el desarrollo de cualquier obra narrativa con un mínimo de ambición. No es que algunos de los mejores planos que jamás se hayan filmado efectivamente jamás se hayan filmado, y fueran tan solo sugeridos por el pulso maestro, sugerente, del director. No es eso, o no es solo eso. Aunque con eso ya tendríamos suficiente.

El problema es de conceptos, creo. El problema es que nos hemos acostumbrado a que nos lo den todo hecho. Vean, si no me creen, la sobreabundancia de series televisivas, ese "nuevo" género de ficción que tan de moda está y que tanto (y tan bueno, en ocasiones) ha hecho por algunas historias. Pero no por todas. La cosa es que nos hemos acomodado a que para contar adecuadamente un argumento sean necesarias docenas de episodios. Tantas que, para algunos, hoy sería inconcebible, por ejemplo, condensar la trilogía de 'El Padrino' en las escasas diez horas de metraje. No, necesitaríamos varias temporadas para mostrarlo todo, para cerrar todos los cabos sueltos, para saber hasta el último movimiento del más intrascendente personaje secundario.

En el fondo de lo que hablamos es de una progresiva simplificación de cualquier actividad como consecuencia (o causa, depende del punto de vista) del adocenamiento del potencial consumidor.

Y eso no es así, no tiene que serlo, no debemos acostumbrarnos a que lo sea. Buena parte de la grandeza de esa trilogía (o de otras obras enormes de cualquier manifestación narrativa) radica, precisamente, en las elipsis. En la contención, en el sugerir más que mostrar. En otras palabras, en el obligar al espectador (o lector) a completar con sus propias experiencias, con su propio bagaje cultural y sus ideas particulares, aquello que el creador ha dejado esbozado no "temiendo" que lo anterior ocurra sino, precisamente, buscando esa interactuación. Es una manera constructivista de entender el Arte, algo tan radicalmente moderno que lo inventó un ciego llamado Homero hace 2.500 años…

¿Para morir en la actualidad? Hoy no hay novela de menos de 500 páginas, no hay película que baje de las dos horas (incluso aquellas que, por lo intrascendente de su historia, podrían ventilarse en noventa minutos o menos) y lo de las series es ya una epidemia absoluta. La práctica desaparición de las elipsis tiene una consecuencia doble: de un lado empobrece la experiencia artística, por cuanto la homogeneiza hasta hacerla unidireccional; de otro contribuye a crear una nueva mirada en el lector (o espectador) que siempre va a buscar que se lo expliquen todo, porque eso es lo que le están imponiendo. En otras palabras, aborrega.

Hace poco, y con motivo de los atentados que hubo en París, muchos medios de comunicación españoles mandaron allí a sus pesos pesados (y el adjetivo es, aquí, sinónimo de plúmbeos) a cubrir (¿?) la actualidad sobre el terreno. En tierras francesas los hubo que hicieron el ridículo mostrando siempre un poco más de lo que era necesario para comprender la situación, con evidente mal gusto y rozando, en ocasiones, el amarillismo más despreciable. Un síntoma del país, se dijo entonces, de nuestro gusto por lo morboso.

Y sí… pero quizá no solo. A lo mejor lo que pasa es que hemos llegado a un momento en que nos tienen que enseñar los agujeros de las balas en la pared porque, sencillamente, somos incapaces de rellenar los silencios que la misma realidad deja en el mundo hasta conseguir una imagen completa (aun dentro de su inexistencia) del todo. O, en otras palabras, que lo que no vemos no existe, no solo porque no lo veamos sino porque tampoco sabemos evocarlo. Y este es un camino que una vez se emprende es muy complicado abandonar.

En el fondo de lo que se habla es de una progresiva simplificación de cualquier actividad como consecuencia (o causa, depende del punto de vista) del adocenamiento del potencial consumidor. Del acriticismo que se deriva de la asunción pasiva de cualquier estímulo exterior. De la desaparición de la elipsis, ahora sí, como símbolo. Y final.

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