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Humanidades

Me preocupa la insistencia con los idiomas, convertidos en simple coartada para defender una forma de entender la enseñanza que, entre formar personas y formar trabajadores, opta decididamente por lo segundo.

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Libros en inglés

Tengo un dominio más bien pobre –y estoy siendo muy generoso conmigo mismo– del idioma inglés. A diferencia de lo que suele sucederme cada noche electoral, aquí al menos veo que estoy con la mayoría: según el CIS, apenas un 25% de los españoles dice poder hablar y escribir en la lengua de Shakespeare. Teniendo en cuenta lo mucho que mentimos sobre esta cuestión en el currículum, es probable que incluso sea alguno menos. La lectura que se hace del dato suele adquirir tintes apocalípticos, sobre todo cuando se compara nuestro escaso don de lenguas con la destreza que demuestran los naturales del norte de Europa. Las siete plagas se ciernen sobre nosotros, condenan a las empresas y nos conducen a la irrelevancia laboral. No seré yo quien lo discuta, pero sospecho que a veces el árbol de los idiomas no nos deja ver el bosque de nuestro desconocimiento.

Déjenme que les cuente mi caso. En algo más de veinte años de –vuelvo a ser generoso conmigo mismo– carrera profesional, ha habido un par de ocasiones en las que hubiera salido mejor librado de haber podido expresarme en inglés con alguna soltura. En cambio, casi cada día lamento no tener una mayor destreza en el manejo del castellano: me bloqueo frente al teclado, doy mil vueltas a una frase buscando la forma mejor de decir las cosas, despejando adjetivos o persiguiendo sinónimos.

Todo esto que les digo tiene que ver con las humanidades tan maltratadas cada vez que el Gobierno de turno decide cambiar algo en el sistema educativo. Es significativo que esa sea la única coincidencia en un campo tan poco dado a los consensos como ese.

No quieran saber cuánto tiempo he empleado en llegar hasta aquí, que temo que va a ser bastante menos de lo que me costará llevar este artículo hasta su final. Pensarán ustedes que mi oficio me obliga a conocer mi idioma antes que los ajenos, y tendrán razón. Pero si me lo dicen, y les animo a ello, creo que serían los primeros en hacerlo. Sin embargo, llevo una vida escuchando que lo más importante para un periodista es saber inglés.

Y no se trata solo del castellano. Mi trabajo es un puzzle que se forma con piezas tomadas de aquí y de allá, de lecturas, de referencias a algo que alguien dijo alguna vez, de ideas que puedan ayudarme a echar un vistazo al mundo, y a contar lo que se ve. Lo que quiero decir es que no me parece sencillo establecer qué conocimientos tienen una mejor aplicación práctica, y que esta es una cuestión que suele resolverse con demasiada ligereza. Todo eso de lo que hablaba más arriba tiene que ver con las humanidades, tan maltratadas cada vez que el Gobierno de turno decide cambiar algo en el sistema educativo. Es significativo que esa sea la única coincidencia en un campo tan poco dado a los consensos como ese. De ahí que me preocupe la insistencia con los idiomas, convertidos en simple coartada para defender una forma de entender la enseñanza que, entre formar personas y formar trabajadores, opta decididamente por lo segundo. Ya sabemos con qué resultado: España es uno de los países con más parados del mundo. Y nadie sabe inglés.

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