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Marrakech

Como decía Mark Twain, "viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente".

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Plaza de Jemaá El Fna, en la ciudad de Marrakech.

Plaza de Jemaá El Fna, en la ciudad de Marrakech. | Viajar Ahora

Desde hace algún tiempo sostengo que la llegada de Ryanair ha sido lo mejor que le ha pasado a Cantabria desde los tiempos de los romanos. Aquella guerra cruel, que terminó con las tribus diezmadas por los llanos y la muerte de todos los hombres en edad militar fue el precio de la ciudadanía y el Derecho, que aún hoy en día se estudia en nuestras facultades.

Pero volvamos a los aviones. El reciente anuncio de que Santander tendrá dos vuelos semanales a Marrakech, a partir del mes de octubre, venía a convencerme de que el low-cost ha abierto a los cántabros modernos la puerta del mundo, después de siglos de aislamiento que aún perduran en otras comunicaciones.

Con el AVE olvidado y nuestros vecinos vascos recibiendo la alta velocidad en sus tres capitales, la vía férrea es una quimera por más que nos ofrezcan trenes que te dejarán en la capital del reino -catenaria mediante- en apenas ¡tres horas de viaje! Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad...

Así que nos queda el consuelo de asomarnos al mundo con la ayuda de nuestros amigos irlandeses, gracias a los cuales, muchos cántabros hemos podido disfrutar de los tesoros de la Ciudad Eterna, nos hemos lanzado a las rebajas de Londres o hemos alucinado con la postmodernidad berlinesa.

Como decía Mark Twain, "viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente", de modo que, incomodidades aparte, la riqueza que se obtiene conociendo a otros hombres, probando otra comida y escuchando las campanas de otro pueblo, es un verdadero tesoro vital.

Por eso, esta nueva ventana que se nos abre al reino de Marruecos representa una gran oportunidad de experimentar una ciudad fascinante en la que aún sobreviven tradiciones tan antiguas como los aguadores, las pintoras de henna o los contadores de cuentos, que se reúnen en torno a la famosa Djemaa el Fna, una de las plazas más asombrosas del mundo.

Las mezquitas, los palacios, la medina, los cafés o la legendaria Mamounia -el hotel favorito del mismísimo Winston Churchill- forman un universo de contrastes que ahora quedará al alcance de los cántabros en condiciones mucho más razonables de lo que hasta ahora constituía un viaje más largo, con sus desesperantes escalas y sobre todo, mucho más costoso. 

Pero sobre todo, es una magnífica oportunidad para conocer otra manera de vivir, para observar el mundo con otra perspectiva y para conectar con nuestros vecinos del otro lado del Estrecho, tan diferentes de nosotros en muchas de sus costumbres como similares en el mutuo deseo de vivir en paz y prosperar.

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