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Mónica Bellucci y las diosas de ayer

Marilyn susurraba que los diamantes son los mejores amigos de una chica, los ojos tristes de Charlotte Rampling congelaban el aire y Ava Gardner paseaba con un torero. Doy las gracias a Mónica Bellucci por devolverme su recuerdo.

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Los duques de Cambridge se unen a Daniel Craig en el estreno de "Spectre"

Los protagonistras de 'Spectre', la última entrega de James Bond. | EFE

Me llevé una soberana alegría cuando vi hace poco la aparición de la actriz italiana Mónica Bellucci en la última película de 007, 'Spectre'. Los motivos fueron muchos, y entre ellos, desde luego, por delante de todo está su talento. Pero me gustaría destacar otros dos: el primero, poner el foco sobre la belleza de las mujeres maduras; el segundo, devolverme el recuerdo de aquellas estrellas de ayer, -o de antes de ayer, mejor dicho- que se preocupaban mucho menos de la talla que de la profundidad de su mirada.

Algunos críticos subrayaron como una novedad asombrosa, como un guiño al pasado, el hecho de colocar en el reparto de la película a una mujer de 51 años en el papel de chica Bond. Para mí no hay guiño ninguno, sino el reconocimiento de una evidencia: no es preciso mirar el DNI o la talla de su vestido para constatar que una mujer es atractiva. Es evidente que la belleza femenina no precisa de mi aprobación, ni de la de ningún hombre, pero desde mi humilde perspectiva, la hermosura de Bellucci es mucho más que la suma de unos rasgos bonitos, unas formas rotundas y una elegancia innata. Porque todo ello está aderezado con la sal y la pimienta de la edad; el aceite y el vinagre de sus victorias y sus derrotas; los aciertos y los errores que, a la fuerza, le ha tenido que trasmitir medio siglo de vida.

Pero es que, además, la adorable actriz italiana me trajo a la memoria a las divas de antaño, aquellas mujeres de rompe y rasga que le daban mucha menos importancia a los kilos que a la sonrisa. Mucho antes de que Miley Cyrus intentase pervertirnos desde un escenario con gestos más procaces que excitantes, Marylin Monroe ya nos susurraba con una voz equívocamente angelical que los diamantes son los mejores amigos de una chica.

No hay nada de malo en la sonrisa de Angelina Jolie o en los ojos azules de Jennifer Aniston, pero cuando Sofía Loren se giraba en redondo y te taladraba con su mirada napolitana, el mundo temblaba bajo tus pies. Y no era cuestión de peso ni de talla, no; porque cuando veías la sonrisa triste de Charlotte Rampling, el aire se congelaba y temblaba el pulsde la persona más cabal.

Luego estaba el animal más bello del mundo, Ava Gardner, que, dejaba al personal estupefacto y a Sinatra con dos palmos de narices en el Flamingo, mientras recorría la noche madrileña cogida del brazo de un torero. Quién puede culpar a Dominguín por salir corriendo, después, a contarlo.

Son tiempos de ángeles perfectos con alas blancas, de supermodelos que se alimentan de vasos de agua, de medidas armónicas, de sílfides que se desmayan delante de un buen bistec. Por eso añoro aún más la melena de Verónica Lake tapándole casi el ojo derecho o a Rita Hayworth agitando un guante por encina de su cabeza mientras una pierna de marfil asoma de su vestido de raso negro.

Sé que soy un antiguo, que todas estas mujeres ya habían pasado de moda -cuando no a mejor vida- en mi propia juventud, pero aquellas fueron las diosas que enamoraron a unas cuantas generaciones. Y no eran rubias de cabeza hueca, ni lánguidas ninfas sin sombra. Por eso, cuando vi la escena en la que Bellucci concluye su aparición en la película, esa en la que la actriz italiana le susurra a Daniel Craig: "No te vayas, James…", mi sangre se convirtió en horchata aguada. La mía y la de todos los que estábamos en la sala.

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