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Portavoces

Todos quieren ser portavoces, porque trasladar las palabras es una manera de gobernarlas y dejarlas en manos de tu rival no es una opción.

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María José Sáenz de Buruaga e Ignacio Diego.

María José Sáenz de Buruaga e Ignacio Diego.

“Ustedes hagan la ley, que yo haré el reglamento”. Esta cita es de Álvaro Figueroa y Torres, el primer Conde de Romanones y la he recordado porque ilustra perfectamente la importancia extraordinaria que cobra conocer a fondo los verdaderos resortes del poder e identificar las herramientas que son más útiles para detentarlo.

En la edición de este domingo de eldiario.es se recogían unas declaraciones del actual portavoz del Partido Popular en las que aludía al propio Reglamento del Parlamento de Cantabria, según el cual -afirma Van den Eynde- no es posible sustituirle en ese cargo “porque no es competencia del Comité Ejecutivo”.

Esta discusión viene a embarullar aún más -si cabe- la situación del Partido Popular de Cantabria, después de que algunos seguidores de Ignacio Diego llevasen ante la justicia el proceso electoral que colocó a María José Sáenz de Buruaga en la presidencia regional del partido, una de cuyas primeras medidas ha sido reclamar para sí la portavocía parlamentaria.

Ocupar la portavocía parlamentaria no es un asunto baladí, ya que, en líneas generales, representa la posición del partido ante cualquier asunto, al menos desde el punto de vista de la comunicación. Y como la comunicación es una forma de poder, discuten los sectores enfrentados dentro del partido por ejercerlo. Llevado este tema hasta el extremo, hay quien sostiene que gobernar no es más que una manera de comunicar. Y si atendemos la fórmula sería muy interesante hacer pasar por ella a algunos gobernantes, colocando en un extremo a Mariano Rajoy como la infracomunicación y en el otro a Miguel Ángel Revilla como la superextracomunicación.

"La portavocía del grupo parlamentario es un caramelo demasiado goloso como para dejarlo en manos rivales"

En Latinoamérica está muy extendido el término “vocero” para referirse a un portavoz y tienen ambas denominaciones igual significado. Pero la magia de las palabras es interminable y abarca tanto la ortografía, la morfología o la semántica e incluso el sonido con el que se pronuncia. Prueben a decir en voz baja “portavoz” y les sonará siempre suave; pero digan ahora “vocero” en el mismo tono y ya verán el resultado.

En todo caso, el que porta la voz viene a ser, también, de alguna forma, el dueño de la misma y por eso es un caramelo demasiado goloso para dejarlo en manos de tus enemigos, es decir -según Winston Churchill- aquellos que se sientan justo detrás de ti, porque los que están enfrente solamente son los rivales.

En fin, en los próximos días veremos si con leyes o reglamentos, si con empujones o palmaditas en la espalda y si con juicios o con acuerdos extrajudiciales, se aclara el panorama de un partido dividido hasta sus últimas consecuencias y probablemente en el momento más bajo desde que Hormaechea se llevó de allí un saco de votos a la extinta UPCA.

La palabra siempre ha ocupado un papel determinante en la vida humana, desde el principio de los tiempos. Repasen la cantidad de expresiones que nos hablan de su importancia: dar la palabra, ceder la palabra, empeñar la palabra… Todas ellas nos recuerdan que se trata de algo valioso y su uso una responsabilidad importante.

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