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Semana laica

No creo que sea tan importante cuándo son las vacaciones escolares como cuál es la  mejor manera de aprender.

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La escola Sadako, en Barcelona, integrada en la red de Escuelas Changemaker de Ashoka.

EFE

No creo que pueda juzgarse nada, en un sentido u otro, hasta que lo hayamos experimentado, de modo que es demasiado pronto para anticiparse a las consecuencias que traerá consigo el nuevo calendario escolar de Cantabria, que ha suprimido las vacaciones de Semana Santa.

Puesto que vivimos en un estado que se declara aconfesional, nada se puede reprochar a las autoridades educativas desde ese punto de vista, aunque las tradiciones son las tradiciones y habrá que ver cómo se adaptan los estudiantes, pero sobre todo los padres, a las nuevas circunstancias.

Si damos por bueno que las fechas vacacionales sirven como período de descanso, para recargar las pilas y volver a la tarea con ánimos renovados, parecía sensato hacer un alto entre marzo y abril para romper la eternidad que va desde las navidades hasta el verano. Dejando de lado otros 'clásicos', como las procesiones y los atascos, la Semana Santa venía a ser un respiro indispensable para que estudiantes y profesores se preparasen para afrontar la recta final del curso.

De todas formas, he percibido que el verdadero caballo de batalla no está tanto en la supresión de esas vacaciones –al fin y al cabo, los padres rara vez disponen de tantos días libres, como en el mantenimiento de las jornadas intensivas de junio y septiembre. Aquí las asociaciones de padres sí se han manifestado rotundamente en contra y han apelado a la conciliación familiar sin encontrar la comprensión de las autoridades.

La experiencia nos dice que es imposible contentar a todo el mundo, pero llama la atención que la conciliación sea una de las banderas que izan los socialistas cuando se ponen en campaña, mientras en este caso han quedado en un segundo plano. Afortunadamente yo ya tengo lejos los tiempos en los que me las veía moradas para compatibilizar mi trabajo con las vacaciones de mis hijos, pero entiendo que la educación es un tema demasiado serio como para no intentar innovar y dejar las cosas ancladas en "lo que se hizo toda la vida".

De todas formas, no deberíamos quedarnos mirando los árboles sin atender al bosque del modelo educativo, que es el auténtico quid de la cuestión. No creo que sea tan importante cuándo son las vacaciones como cuál es la  mejor manera de aprender y ahí me temo que sí necesitamos mucha reflexión.

¿De verdad los niños se preparan adecuadamente para afrontar su futuro? ¿Adquieren realmente las competencias y habilidades que, el día de mañana, les permitirán ejercer una profesión? ¿Salen adecuadamente preparados para enfrentarse a lo que les espera más adelante?

Yo pienso que no, y ahí es donde los agentes implicados en este asunto deben concentrase en buscar soluciones eficaces e innovadoras. El debate debe centrarse en buscar un sistema educativo fiable y consensuado, para no cambiar hasta los recreos cada vez que se voltean los sillones del Parlamento.

La ventaja competitiva de una sociedad, decía Walter Isaacson, no procede de lo bien que se enseñe en sus escuelas la multiplicación y las tablas periódicas, sino de lo bien que se sepa estimular la imaginación y la creatividad.

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