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Sutil elogio de la sencillez

Seguro que lo han visto muchas veces, la figura enjuta portando un enorme palo. Pero esconde, en realidad, la elaboración tranquila y precisa de las cosas de verdad.

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Cabaña pasiega en La Concha. Miera (Cantabria)

Cabaña pasiega en La Concha (Miera) Jesús Hermosa

Una de las cosas buenas que tiene el otoño en Cantabria es que huele a castañas. No es la única (los bosques se encaprichan disfrazándose de mil colores, y cualquier camino amanece tamizado con hojitas secas que crujen mientras las pisas como si fueran palabras a medio decir), pero sí una de las principales. Lo pensaba el otro día mientras comía, calor entre los dedos, uno de estos frutos en la magosta de… bueno, qué más da, en una de las muchas que hay por aquí y por allá. Qué jodida perfección escondida en la sencillez, eso cavilaba, muy serio, poniendo rostro de estar reflexionando sobre algo realmente importante. Qué jodida sencillez, brasas y un fruto humilde. Y luego, casi el milagro.

Lo de las cosas aparentemente simples es siempre asunto con dobles sentidos. Si ya hasta el mismo Borges (que era tan buen escritor como fenomenal snob) dijo que jamás el género humano conseguiría mezcla tan perfecta como la del café y la leche, algo nos debe poner sobre aviso. Que a lo mejor lo que parece sencillo no lo es tanto. Que, quizá, cada mixtura, cada receta, esconde una alquimia insondable. Que, claro, lo que semeja diáfano no tiene siempre que serlo.

Me acuerdo, por ejemplo, del palanco pasiego. A mí me encanta subir a Lunada, porque es enorme, es grandilocuente como una fanfarria de Verdi, pero en silencio, tranquila. Y el río corre por el lecho del valle, modificado su curso por la mano del hombre, y allí, a la izquierda, surgen los restos de ese Resbaladero que tiene una historia tan alucinante detrás que, mejor, la dejamos para otro día. Y, además, el puerto es largo, pero con poca pendiente, y uno puede fijarse en todas estas cosas y algunas otras sin que le falte el resuello… o no mucho, vamos. Subía, digo, por allí no hace mucho, y me crucé con un hombre, de ya cierta edad, que llevaba en la mano su palanco, ese palo largo que es casi carácter fundamental en el paisaje visual del pasiego y la pasieguería. Para cruzar pequeños arroyos, para hacer más fácil el acceso a lugares complicados. Solo un palo. ¿Solo?

Para conseguir un buen palanco hay que aplicar un saber adquirido, un transitar por siglos de empirismo, de tradiciones mezcladas con supersticiones mezcladas, a su vez, con la observación paciente, pausada, de la propia naturaleza. ¿Sencillez? Nada más lejos. Advertencia para urbanitas: lo que es “de pueblo” no siempre es simple.

Veamos. Un palanco debe de contar con adecuada tiez y mogura, respectivamente flexibilidad y resistencia. En otras palabras, que se combe sin llegar a romperse. Y para ello, huelga decirlo, no vale cualquier madera. En realidad este palanco siempre, siempre, se hace con avellano blanco, uno que tenga la piel fina y haya enraizado en zona soleada y pindia. Los árboles que medran en lugares umbríos y húmedos no valen: crecen más rápido y su madera es de peor calidad, más quebradiza…

Lo anterior es solo un ejemplo. Donde muchos solamente ven un trozo de madera, uno como otros, sin nada destacable a primera vista, en realidad hay un trabajo delicado y amoroso que cubre muchos meses y es deudor de siglos. Y no por ello deja de ser sencillo. Pero sí, por favor, deja de ser simple.

Una vez seleccionado hay que proceder a la corta. Pero, evidentemente, no nos vale cualquier fecha. No, habrá que hacerlo en luna adecuada, durante los meses de diciembre o enero. Y luego tendremos que dejarlo secar durante una semana, y más tarde quemarlo al humo de helechos verdes y, mientras está caliente, enderezarlo hasta lograr que sea completamente recto. Este es el punto más importante y delicado de todo el proceso, tanto que en las cabañas pasiegas solía haber un banco con pinas especial para hacerlo bien. Más tarde, cuando tenga la forma que deseamos, debemos suspenderlo, alcayata mediante, en el aire durante un mes.

¿Sí? ¿Me siguen? Cuando pasan esos treinta días se baja el palo y se le practica en la parte superior un pequeño, finísimo, agujero hacia el corazón, lo más profundo posible, donde se irá vertiendo gota a gota aceite hasta lograr que rezume tras haber empapado todas las fibras de la madera. Luego echaremos el “casi palancoal pajar para que envejezca un tiempo variable, y lo frotaremos con arena del río para que su superficie brille. Cuando consideremos que ha madurado lo suficiente herramos la base con un clavo y una pieza de metal. Terminado.

Lo anterior es solo un ejemplo. Donde muchos solamente ven un trozo de madera, uno como otros, sin nada destacable a primera vista, en realidad hay un trabajo delicado y amoroso que cubre muchos meses y es deudor de siglos. Y no por ello deja de ser sencillo. Pero sí, por favor, deja de ser simple.

Los hay que desprecian esas cosas, las cosas sencillas, por considerarlas inocentes, vulgares, demasiado espontáneas, igual que los hay que desprecian el respirar pausado de los pueblos por creerlo detenido en el tiempo. Es una enfermedad profundamente urbana, como la contaminación, las prisas o los best sellers. Y no. Piensen en el café con leche que decía Borges. O en el palanco, en su delicada creación artesana y, sí, artística. Y coman una castaña asada, coman, que ahora es época. Eso sí, no se olviden de dejar siempre la última para la bruja, no vaya a ser que se les cuele por esas ventanas desprovistas de ruda y les chafe el año…

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