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Las luces no se encienden solo por Navidad

La tolerancia de ciertas cosas y comportamientos es un apoyo a la discriminación de la mujer y también a la violencia contra ella, pasiva, pero violencia.

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La luz siempre nos produce una sensación de sosiego, nos hipnotiza atrayendo con una promesa de hallar algo más grande y más bonito de lo que divisamos. Es una celebración de algo especial, algo que deseamos compartir con nuestros seres más queridos, un momento de felicidad... Pero no siempre es así.

"¿Ya están las luces de Navidad?", me preguntó mi hija mayor mientras pasamos en coche por Ojaiz, el conocido barrio de Santander. Esa zona y otras parecidas en España, muy bien integradas en las ciudades, cuentan con esta peculiar 'decoración navideña' permanente.

Por un instante me puse a pensar en qué le digo, ya sin hacer nada saldría un chiste barato. Pero al final le conté la verdad. Mi hija no entendía cómo se puede vender sexo y por qué una mujer decide hacerlo. "¿No es mejor vender cualquier otra cosa? ¿De veras estas mujeres no sienten asco o vergüenza?". No sé qué es lo que sienten, francamente, pero me imagino los porqués de esta decisión aparentemente voluntaria de prestar unos servicios por los cuales algunos hombres 'buenos' les pagan algún dinero y otros no tan buenos simplemente se aprovechan de la materia prima femenina. Me pregunto, por qué toleramos esto. ¿Nos conviene o porque siempre ha sido así y no vamos a ser nosotros quien rompa con la 'tradición'?

La tolerancia de ciertas cosas y comportamientos es un apoyo a la discriminación de la mujer y también a la violencia contra ella, pasiva, pero violencia. Acabamos de celebrar el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, conocido aquí con el nombre más genérico del Día Internacional contra la Violencia de Género. ¿Alguna mejora? Seguramente lo de concienciarnos sobre el rol de la mujer en a la sociedad es un ejercicio a largo plazo, pero, vaya, asombra y duele ver tantas y tantas reacciones claramente machistas en el siglo XXI en un país europeo desarrollado como es España.

No voy a decir nada nuevo sobre la posición de la mujer en los ámbitos laboral, familiar o social. Los hechos, más o menos sonoros, solo confirman nuestra inmadurez y poco sentido común que aplicamos en esta materia echando la culpa al sistema educativo y al mismo tiempo reconociendo que es nuestro único salvavidas.

Pero dentro del sector de educación también están las mujeres. ¿Son diferentes de las otras mujeres o cuentan con algún tipo de inmunidad? Veamos. ¿Cuántas profesoras-mujeres han sufrido o sufren alguna agresión verbal y no verbal o falta al respeto en los centros educativos, sean colegios, institutos o universidades? ¿Es la misma proporción de agresiones hacia los profesores-hombres? Diría que no, porque hacer un desplante a una mujer es más fácil que a un hombre y lanzar una mirada retadora, como mínimo, cuando una profesora corrige a un alumno en clase, también.

Creo que no nos paramos a pensar en estos detalles, porque, precisamente, son detalles. Como, por ejemplo, la reciente noticia sobre el despido fulminante a un padre que solicitó la reducción de su jornada laboral para atender a su bebé. Seguramente porque normalmente son las madres quienes suelen hacer estas cosas, sufriendo o no de las consecuencias de dicha solicitud, pero para eso son las mujeres y madres.

¿Y qué me dicen de los comentarios de algunos niños practicando deporte, como "no apunto este resultado porque una niña no puede ganar a un niño" o "¿cómo te dejas ganar por una niña?". Pero se nos olvida que los niños repiten lo que ven y oyen en casa. Estamos en un círculo vicioso: perdonamos a la generación más vieja porque fue educada en aquellos valores y ya es tarde intentar cambiar algo, y sin embargo, la dejamos que eduque a los más jóvenes. ¿Cómo? Pues, en los mismos valores, porque es lo que sabe.

Debemos de ser suicidas o cínicos: bien porque no nos importa ni el presente ni el futuro, o bien porque no tenemos ni pizca de voluntad de cambiar las cosas en serio. En público acordamos algo que en realidad sentimos tan lejano, tan teórico y tan artificial que no nos convence ni a nosotros mismos por mucho que lo digamos.

En vez de gastar el dinero y el tiempo en palabras que se lleva el viento, habría que gastarlo en los programas educativos serios, empezando por la formación de los propios educadores y de las familias. La diferencia está en que no sería un gasto sino una inversión segura por una nación mejor, más abierta y más sensata. No nacemos discriminando ni odiando, lo aprendemos de los que nos rodean, de lo permisivos que están siendo con nosotros y de los silencios que son cómplices de la violencia contra la mujer por el mero hecho de ser mujer.    

Entonces, ¿por qué encender las luces por algo tan letal y reír una gracia tan perversa? Creo que si aun seguimos con ganas de ver el resplandor de la luz artificial, que sea en las carreteras que buena falta nos hace cuando el sol se esconde. A lo mejor, así se nos indicará mejor el camino a seguir hacia soluciones. Y ya puestos, en Navidad también que es la tradición.         

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