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La realidad desacreditada

Ya no distinguimos qué es verdadero y qué es falso, incluso si nos ponen delante una imagen, que antes valía más que mil palabras, basta con que nos digan que ha sido manipulada para que dudemos de ella.

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Bellezas. | Paula Arranz

Bellezas. | Paula Arranz

Al hilo de la reciente Semana Santa, las banderas a media asta y la megabomba de Donald Trump, viene bien recordar la cita bíblica de Mateo 6:3 donde dice “que la mano izquierda no sepa lo que hace la mano derecha”, pero no aplicado a la limosna sino al hecho de que mientras el gobierno está de vacaciones cantando saetas su ejército de consejeros trabaja a jornada completa para implementar en nuestro país el vergonzoso ‘diccionario universal de la infamia’ que hace poco nos castigó con el término posverdad y ahora nos agrede con el ‘relato’.

Si bien la posverdad es una máscara burda de la mentira, un sinónimo tosco fácil de comprender, el ‘relato’ ha incorporado una nueva acepción muy sutil que lo convierte en una herramienta peligrosa. Cuando antes significaba: Narración, cuento; conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho (RAE), ahora también significa: constructo de la mente para dar sentido a una experiencia. En teoría ‘cuento’, entendido como relato de ficción, ya recoge esa posibilidad, pero en la práctica la nueva acepción le añade una duda razonable y viene a decir que todo relato puede ser pura ficción, lo cual no es cierto. Si por ejemplo a mí me atropella un coche, en el hospital puedo contar varias versiones de ese hecho y más tarde escribir un relato donde un personaje es atropellado, pero si me caigo por las escaleras y digo que he sido atropellado ni los médicos ni el lector del relato tendrán un atropello como origen o base de la narración. No me creerán o no les resultará convincente mi relato porque estoy mintiendo, ya que no he sido atropellado: ni mis fracturas ni mi memoria avalarán mis palabras. Un hecho no deja de serlo por una mala narración, ni un buen relato fabrica hechos.

Sin embargo la ciencia no está de acuerdo. Hasta finales del siglo pasado creíamos que un in-dividuo no se podía dividir, de ahí su nombre, pero como nos explica Y. N. Harari en ‘Homo deus’ diversos experimentos científicos nos han hecho dudar de esa certeza. Pensábamos que nuestros dos hemisferios cerebrales, al estar albergados en un mismo cerebro, trabajaban juntos para entender la realidad, pero no siempre es así. El hemisferio derecho, no verbal, se encarga de recoger la experiencia y el izquierdo, verbal, nos la cuenta. Hay un yo de la experiencia y un yo narrativo. En algunos tipos de epilepsia o en personas que han sufrido una apoplejía y se produce la desconexión entre ambos hemisferios, el Nobel de Fisiología y Medicina Roger Wolcott Sperry y su alumno Michael S. Gazzaniga comprobaron que los relatos que cuentan estos pacientes son con frecuencia fantasías sin relación alguna con la realidad. En casos extremos todos lo hacemos, por ejemplo después de una agresión violenta, y la justicia tiene problemas cuando una víctima reconoce a su agresor aun existiendo pruebas irrefutables de que se encontraba a mil kilómetros del lugar de los hechos.

Lo peor de todo, es que la perversión de la palabra va a continuar adelante y después de la posverdad y el relato le toca a la democracia y al libre albedrío, porque no son nada convenientes ni rentables

La ciencia nos ha puesto en tela de juicio en los últimos tiempos y si ya era grave que neurocientíficos como Martin Conway afirmaran que nos inventamos parte de nuestros recuerdos o nos atribuimos experiencias ajenas, flaco favor nos hacen ahora al decirnos que todo lo que contamos es dudable, un ficción conveniente, una falacia que manejamos a nuestra conveniencia. De este modo la realidad queda desacreditada y para invalidarla basta con esgrimir la palabra relato en su nueva acepción, con el respaldo de la ciencia. Así Donald Trump puede bombardear Siria sin necesidad de pruebas, ya que diga lo que diga al-Ásad será su ‘relato’, o la Ministra Cospedal poner las banderas a media asta identificando tradición con ley porque lo contrario es el ‘relato’ de la izquierda atea, aunque tengamos, de hecho, una Constitución aconfesional. Aquello de ‘Me queda la palabra’ de Blas de Otero ha pasado a la historia.

El origen del problema habría que buscarlo en la irrupción de Internet y en el uso masivo de las redes sociales. Tuvo que ser muy traumático para el Poder comprobar que el control de la información se le iba de las manos y ante la imposibilidad de recuperarlo su primera reacción fue negar la fiabilidad de la red. Recordemos que al principio todo lo que aparecía en Internet se tachaba de acientífico, fantasioso y sin base alguna. Sin embargo la red se consolidó, hubo una incorporación masiva de diccionarios, textos científicos y filosóficos, y al final los mismos periódicos se trasladaron a la realidad virtual, de modo que al Poder no le quedó otro remedio que negar la realidad real. Una maniobra genial, hay que reconocerlo. Ahora ya no distinguimos qué es verdadero y qué es falso, qué ha sucedido y qué ha sido inventado, incluso si nos ponen delante una imagen, que antes valía más que mil palabras, basta con que nos digan que ha sido manipulada para que dudemos de ella. Hasta hay chiflados que creen que vivimos en Matrix, que ya es decir.

Lo peor de todo, es que la perversión de la palabra va a continuar adelante y después de la posverdad y el relato le toca a la democracia y al libre albedrío, porque no son nada convenientes ni rentables. ¿Acaso tienen libre albedrío los ignorantes que han votado a Trump? Hay estudios sociológicos que lo niegan. ¿Acaso los países que se llaman demócratas lo son de hecho? Mi banco opina que no.

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