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No somos tontos, que sabemos lo que queremos

No es fácil entender el flamenco y mucho menos desde el norte. Hace unos días tuvimos una ocasión espléndida de acercarnos a él de la mano de un grande. Pero el concierto de Antonio Carmona no cuajó. No se lo tenemos en cuenta, porque nos ha dado mucho, pero nos debe una, maestro.

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Me despierto esta mañana y empieza de nuevo el día. Me gusta el flamenco, pero desde luego, llegar a sentirlo no ha sido una travesía nada fácil. No lo es en el norte, y mucho menos para el hijo de un montañés de Escalante y una vasca –más santanderina que yo- pero nacida en el mismo Bilbao. Sin embargo, con el tiempo, dos factores consiguieron que naciese mi admiración hacia este arte.

El primero, sin duda, ha sido la sana costumbre que he adquirido, de un tiempo a esta parte, de viajar a Andalucía con cierta asiduidad. Respirar esa atmósfera me ha transmitido el contexto que necesitaba para entender, siquiera en la superficie, lo que significa el flamenco para esos ancianos que charlan animadamente a la sombra de una alameda, para esas mujeres que bajan por un laberinto de calles blancas camino de la plaza, o para esos niños que juegan en un patio, la tarde de un lunes de noviembre después del colegio. El segundo factor fue Ketama, quizá más importante aún que el anterior, ya que este grupo construyó el puente perfecto para acercar el flamenco a mí y a muchos otros españoles desde la fusión, desde el mestizaje.

Voy en busca del Camborio, que se lo fuma en narguila. Así que cuando me enteré de que Antonio Carmona venía a Santander a dar un concierto, no pude sino entusiasmarme, como hicieron bastantes otros cántabros y unos cuantos de los turistas que nos visitan estos días. El módico precio animaba y el modesto escenario era lo de menos; incluso había de fondo una buena causa, ya que la recaudación estaba destinada a Cáritas.

Válgame Dios, dónde estuvo el error… Porque aunque todo apuntaba a una noche inolvidable, las cosas se torcieron desde el principio. Conozco bien los problemas de organizar un evento, no es nada fácil. Donde todo va como la seda, de pronto surgen los más absurdos imprevistos y por mucho que creas que tienes las cosas controladas, siempre aparecen complicaciones. Pero no es buena idea –por ejemplo- empezar con media hora de retraso, ya que el público se merece un respeto y no solo porque ha pagado su entrada sino por simple y llana empatía.

A caramelo me saben tus besos, a canela y menta, cautivo me siento. Con más de 26 grados a las diez y media de una noche más ibicenca o marbellí que santanderina, el ambiente era ideal para escuchar música cálida y bailar al ritmo de las palmas y la caja, compartiendo el mágico hechizo flamenco.

“Ketama construyó el puente perfecto para acercar el flamenco desde la fusión y el mestizaje, pero Antonio Carmona aún nos debe una”.

Se amarra el pelo, se amarra el pelo, se amarra el pelo. Bueno no, eso no, Carmona sigue con el pelo suelto y su gitana melena al viento, aunque esa barba que se ha dejado le quita frescura y le da un aire fúnebre y patibulario. Un error estético que se le pasó por alto a su asesor de imagen. Aunque no fue el más grave. La elección del repertorio, por ejemplo, no fue el adecuado para conducir al clímax a un público no entregado pero sí muy bien dispuesto. Por otro lado, el respaldo de un sonido pésimo y una banda que estorbó más que ayudó, nos dejaron a todos con la miel en los labios.

Tu dices sí, yo digo no, y qué mas da si es tu dios o mi dios. En realidad es difícil identificar exactamente lo que falló. Supongo que sería un cúmulo de pequeños detalles. Una serie de catastróficas desdichas, como Lemony Snicket en aquella película de Jim Carrey. Me pasa a mi algunos días escribiendo o a usted en la fábrica o a usted en el taxi… Para solucionarlo, a los profesionales solo nos queda una solución: la autocrítica. Si somos capaces de admitir humildemente el día en que no damos la talla, no tardaremos en encontrar los recursos para recuperar el nivel.

Se dejaba llevar, se dejaba llevar. Al menos no deslució nuestro paisano David Barrull, voluntarioso y trabajador, que puso lo suyo para gustar, porque el arte no es solo una cuestión de talento. Inspiración y transpiración es la clave del éxito, decía Edison, aunque no estoy del todo de acuerdo en las proporciones de la mezcla que sugería el sabio inventor: apenas uno por ciento del primer ingrediente y noventa y nueve por ciento del segundo. El joven Barrull puso mucho de las dos cosas, así que –si persevera y se sacrifica- está en el camino de labrarse un nombre en el complicado mundo de la farándula.

Vente pa Santander, primo. No, no termina de restarle puntos el fiasco de la otra noche al gran Carmona. Un mal día lo tenemos todos y el arte no es una rutina ejecutable con oficio, no es lo mismo. Pero nos debe una y él lo sabe. El granadino comentó, durante el concierto, dos cosas con las que estoy completamente de acuerdo. La primera fue reconocer que echa de menos Ketama. Sin duda; le hace falta a él y nos hace falta a sus admiradores. La segunda fue negar la leyenda de que el flamenco no gusta en el norte. Cierto, maestro, nos gusta lo bueno, porque no somos tontos… y sabemos lo que queremos.

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